Los relatos se vampirizan unos a otros y luego procuran vivir con aliento propio todo lo que puedan. Esa manía parasitaria la comparten una película y  una serie de televisión, muy famosas, que chuparon de una novela corta de un autor uruguayo desconocido por las grandes masas y por los premios de relumbrón. Se trata de El lugar, de Mario Levrero, publicada por primera vez en el año 1982. Los títulos de la película y de la serie los digo al final, en caso de que algún despistado no se entere durante la lectura.

1.

En El lugar, el protagonista y narrador despierta dentro de un sistema hostil, del que no conoce nada. Ignora por qué está allí, o cómo ha llegado a ese lugar, si tiene una salida o siquiera una entrada. Igual que nosotros, los ciudadanos encerrados en un sistema que no hemos elegido, el protagonista solo puede intentar hallar un sentido a su destino accidental si logra escapar de ese laberinto maldito al que ha llegado, un espacio que, al principio, consiste exclusivamente en una habitación con una puerta que conduce a otra habitación, idéntica a la anterior, y esta a otra habitación, y así sucesivamente, en una especie de círculo espacial sin doblez, como un anillo de Moebius. Aunque, la verdad, esta última imagen es falsa, pues el  protagonista desconoce, y con él sus lectores, cuál es la lógica o el mecanismo de ese lugar: al fin y al cabo, ese misterio, ese vacío (estás dentro, pero no sabes cómo salir, o si existe tal salida) es precisamente el que provoca la angustia del protagonista y de todo el relato: la imposibilidad de salir de una prisión de la que ni siquiera queda la esperanza de escapar. Las alusiones a Kafka son obvias, pues muchas de sus parábolas giran en torno a la encerrona y la perdición, donde las razones del delito que hemos cometido, como en El proceso, no tienen por qué darse. De igual forma, en El lugar, el protagonista no sabe qué ha hecho para merecer ese destino; solo queda andar, caminar, buscar una salida, un reverso de la trama.

En la película deudora de El lugar, varios personajes, que no se conocen entre sí, despiertan también, sin saber cómo han llegado allí, a un lugar angustioso, una habitación cuadrada, sin ventanas,  con varias puertas que conducen a su vez a sucesivas habitaciones, todas idénticas, asépticas, sin rasgos que las individualicen. Un truco fatal  eleva el drama: la muerte espera detrás de una de las cuatro puertas de cada habitación. Una trampa mortal mata a quienes escogen la puerta equivocada. ¿Les suena ya la película?

Por último, en la archiconocida serie de televisión, un nutrido grupo de personas despiertan (otra vez el sueño, como puerta al otro lado) en una isla. Aparentemiente, han tenido un accidente de avión y han sobrevivido. Al  inspeccionar el lugar, descubren coincidencias extrañas, pistas abiertas, datos enigmáticos que les llevan a pensar que no han llegado allí por azar. Quieren saber entonces quién les ha mandado a ese lugar y por qué, quién dirige sus vidas. La cantidad de tramas y de hilos narrativos que desata la serie es enorme, y la intriga se desborda, rastrea el pasado de los propios personajes, yendo mucho más allá del misterio del lugar.

2.

En los tres relatos de los que estamos hablando, las líneas entre el sueño y la realidad se diluyen, y nunca se sabe en qué territorio hemos entrado. La gracia, la fuerza narrativa se encuentra, sin embargo, en no desvelarlo nunca, en la sugerencia de un sueño del que nunca se despierta. Si todos los personajes acceden al otro lado gracias al  despertar, del mismo modo nunca se despierta  a otra realidad que borre o cuestione a la anterior. Como en La metamorfosis de Kafka, es el despertar (“después de un intranquilo sueño”) el que nos conduce a la pesadilla, y no al revés. De nuevo, carecemos de salida.  Y la probable inverosimilitud (esto no hay quien se lo crea) no se vuelve un lastre o un defecto narrativo, sino que se convierte de hecho en un resorte para el drama, en un dispositivo para acrecentar la angustia y el misterio y las ganas de encontrar un sentido. Por esa razón, la base principal de los relatos del lugar es precisamente la trama, pues ésta es la que tensiona a los personajes, la que los hace moverse y buscar la salida o el sentido. Lo contrario, unos personajes perdidos en un lugar angustioso, sin una intriga que les devuelva la esperanza, es lo más parecido a Godot que se me ocurre. En vez de la fuga, la espera perpetua; en vez de la búsqueda, la resignación.

3.

No hay salida. Nunca sabremos si se puede escapar  o no, desconocemos la respuesta, al igual que los protagonistas de nuestros relatos. La consolación del que conoce ha desaparecido, incluso para el que lee una historia con la palabra final. Somos partícipes de la angustia del relato, porque a nosotros tampoco se nos concede una explicación, una salida, la resolución de un enigma, incapaces de salirnos del lugar en el que hemos entrado. En El lugar de Levrero, como escribe al final el narrador, solo queda la continuidad entre ese mundo y el suyo propio, junto con preguntas sin respuesta. En el final de la película, por su parte, vemos a un personaje, deslumbrado por una luz blanquísima, en camino hacia no se sabe dónde. En cuanto a la serie de televisión, (y hablo de oídas, pues no he visto aún su final)  parece, por las opiniones vertidas, que no resuelve todos los enigmas, que mantiene el misterio. Como corresponde, en definitiva.

Al final, los relatos del lugar evitan las soluciones fáciles y apaciguadoras. De alguna forma, a esos lugares, solo se puede entrar, no se puede salir. No hay vuelta atrás.  Los relatos terminan, tienen un límite temporal, ciertamente, pero los lugares permanecen y trascienden el marco de la lectura, piden seguir viviendo en la imaginación, por decirlo de alguna forma. Van más allá de la novela de Levrero, de la película Cube (1997) de Vincenzo Natali, y de la serie Lost (2004-2010), creada por J. J. Abrams. Igual que las leyendas sobre el peyote, las puertas de la percepción se abren para no cerrarse nunca más.

 

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