Para César Aira

  1. De cada libro sólo se podrán imprimir un número limitado de ejemplares. Ni el autor ni el editor tendrían derecho a sucesivas reimpresiones. Cuantas menos copias tenga, mayor será su precio de venta al público. El libro, una vez adquirido, podrá revenderse al precio que el comprador considere.
  2. El texto podrá ser manuscrito o impreso de forma mecánica. La literatura no tiene aura porque repele la individualidad, el objeto sagrado o el fetichismo de la copia única. Su valor radica en su contenido, nunca en su soporte. De tal forma que el libro alcanzará su valor (una suerte de aura intangible, solo mental) por el ansia de sus lectores, quienes intentarán leerlo a toda costa, peregrinarán en busca de las copias existentes, leerán con fervor maniático, si no pueden acceder al libro, los resúmenes o los comentarios de los que ya lo han leído y procurarán imaginarse el texto original.
  3. Si el libro supera su condición natural, esto es, un objeto efímero, pasajero y caduco, como una fruta o un graffiti, entonces merecerá lectores y, por tanto, un lugar o lugares donde pueda leerse. Sin embargo, esta instrucción no tiene por qué cumplirse, es una mera recomendación. Los propietarios de los libros existentes podrán decidir siempre qué hacer con ellos: reciclarlos, quemarlos, guardarlos en el desván, otorgarlos a una biblioteca pública. Puede suceder que se conozca la supervivencia de un solo ejemplar de un libro valioso y que su propietario escoja a quienes concede el privilegio de su lectura.
  4. Existe la posibilidad de que se pierda la pista de los ejemplares de un cierto libro. El autor debe aceptar tal destino. No accederá a la reimpresión de su texto original, el cual, si quiere cumplir las reglas profundas de la literatura, debería destruir. Si el libro vive, una copia terminará emergiendo de los lectores que tuvo.
  5. ¿Cómo se podrían detener las copias manuscritas, hechas a mano o fotocopias o escaneadas, de los libros originales? Imposible. Dicho proceso será inevitable si alcanza popularidad. Algunos piensan que, para evitarlo, los ejemplares del libro deben estar controladas en todo momento por el autor o por una institución; dicen que, acaso, con una docena de ejemplares bastaría. Los lectores no se buscan, aparecen.
  6. El escritor viviría no del número de copias vendidas, ni de las innumerables tareas ímprobas asociadas a su presunto talento. Sería remunerado por la audacia de su texto, por la cual merecerá ser leído o conservado, aunque el precio de su libro sea muy superior al impuesto por la vigente industria editorial. Por esa razón, muchos autores reducirán las páginas de sus libros, que constarán de quince, veinte, a lo sumo cuarenta. Algunos autores, de hecho, vivirán a cuerpo de rey gracias a un puñado de lectores, quienes seguirán sus libros como devotos coleccionistas, sabedores del valor y de la posible rentabilidad en un futuro.

NOTAS

  1. Quienes acusan a estas instrucciones de aristocratismo cultural o de elitismo banal o de refuerzo del capitalismo simbólico a base de transacciones comerciales, olvidan que el objetivo es salvar a la literatura. El propósito radica en crear condiciones nuevas para que los escritores puedan vivir de escribir en busca de caminos desconocidos, no de repetirlos o reandarlos hasta el agotamiento. Es probable que un efecto adverso de estas instrucciones sea la aparición de la figura del marchante de libros o del galerista de libros, como sucede en el equívoco territorio del arte, con la consiguiente especulación y subasta de artistas hinchados como globos de helio. Sin embargo, el intento de convertir la literatura en valor de cambio nos obligaría a mirarla con otros ojos, mucho más voraces y críticos.
  2. Asimismo, la pregunta no sería de qué forma salvarían estas instrucciones a la literatura, pues acaso conducen al cabo del tiempo al mercado financiero en que está subsumido el arte. La cuestión estriba en devolver a la literatura su carácter transgresor, una pérdida de la que ya ni siquiera se lamenta.
  3. La literatura no es sagrada, y se vuelve irrespirable cuando no permite el juego de las blasfemias.

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