Hay dos o tres planos que merecen salvarse: Santos Trinidad (José Coronado) caminando por un vertedero con los rascacielos de Chamartín de fondo. La mano derecha con un revólver colgando boca abajo de uno de sus dedos.

Tal vez alguno más.

Pero queda claro que de la película No habrá paz para los malvados (2011), de Enrique Urbizu, ganadora de la reciente edición de Los Premios Goya, lo peor es lo que se ve y lo que se cuenta.

El protagonista está hecho a golpes de topicazo: un bebedor, que se toma los cubatas sin respirar; un amargado, que no abandona el ceño fruncido en ningún momento; un perdedor, al que “no quiere nadie”; un solitario, que se cura solo sus propias heridas. Aunque había que construir un personaje que llevara la condena dentro, al que le queman sus culpas pasadas, el efecto es tan repetido y forzado y machacón, que sale un monigote poco humano, más pasado de rosca que creíble.

No se sabe en ningún momento si no funciona el cásting o la dirección de actores, porque salvo José Coronado, todos están hieráticos o sobreactuados, como si se les notara que tienen un micrófono que pende sobre sus cabezas. En particular, molesta la jueza y su entorno de mujeres eficientes, a las que no se les ve una pizca de naturalidad.

De igual forma, la puesta en escena es tan austera y tan costumbrista y con tan poca imaginación, que el resultado es más propio de un telefilm barato, de un episodio de la serie de televisión El comisario. Suena a ensañamiento, pero es atinadamente descriptivo. Decepciona, digo, el escaso riesgo formal que se ha tomado el director en rodar la película.

Y, en fin, el guión, si uno puede abstraerse de los actores forzados y la puesta en escena acartonada, es inteligente en su planteamiento de la intriga y en el avance de la acción. Sin embargo, se pierde detrás de unos personajes que no dejan de deambular por Madrid, coche arriba, coche abajo, para terminar resolviéndose en una escena que recuerda a otra de La caja 507. Muy hábil, por cierto, el montaje de las acciones paralelas que se desarrollan en la película, junto con las elipsis y los saltos narrativos. Ahora, eso pertenece al otro lado de la película.

Pues al final, después de todo, lo mejor de No habrá paz para los malvados es lo que no se ve y lo que no se cuenta.

Me entusiasma, me emociona la construcción esbozada y nunca completa acerca del pasado del personaje. Ese día en que Santos Trinidad disparó a un compañero entra en el territorio de la elucubración. No sabemos quién dice la mentira y por qué. Ni siquiera llegamos a saber qué sucedió realmente. Y esa escena nunca vista es precisamente el peso del protagonista, hasta el punto de que le conduce sus pasos, desde el principio al final de la película. Es impresionante, repito, cómo se puede levantar una narración entera sobre un secreto.

Una película mediocre que, a mi juicio, se salva por un acierto narrativo tan enorme que, de algún modo, produce otra historia en la cabeza del espectador. Y mucho tiempo después de que la narración convencional haya terminado, la otra, la película invisible, la que nunca se rodó, permanece.