Cuando comienzas a escribir ficción, te hinchas de imaginación y recuerdo (o al menos eso esperas), y luego más tarde descubres que esas páginas emborronadas deben procurar placer al lector, sea uno o ciento: la literatura es algo más serio que el moldeo de una figura escondida en la mente; es la pelea contra toda una tradición y  una forma de ser o de decir.
En mi caso, en mis intentos de abordar la ficción, me he topado con dos preguntas aún no resueltas, dos interrogantes que no sé adónde me conducen. La primera es muy fácil: ¿y para qué añadir más páginas a la literatura?, ¿qué puede uno aportar o decir que no se haya escrito, qué son los textos de un principiante en un océano de libros, que no cesa de crecer y de inundar las librerías, esos rincones en vías de extinción? Uno escribe, supuestamente, con el fin de jugar, de entretenerse, por el placer de dar forma un texto (yo lo obtengo  terminando artículos), pero también con el deseo de aportar algo nuevo, algo distinto, un pedazo de tierra aún no conquistada o no suficientemente pisada. Está claro que escribir ficción invoca a un tipo de lector, un lector desconocido y real que, en algún lugar, sin conocer de nada al autor, juzgará sus textos por el placer que le despierten. Ese modelo de lector cambiará según el tipo de escritura que uno quiera ensayar: los cuentos de Borges no dibujan el mismo tipo de lector que los de Poe o los de Stephen King, aunque nada impide que ambos lectores coincidan en la misma persona a lo largo del tiempo o de una vida. Entonces, ¿simplemente basta escribir para satisfacer a esos lectores? Bueno, entonces no importa que haya decenas, cientos de escritores cuya única variación es que escriben tramas y personajes y desenlaces distintos.

La literatura, según esa idea, es un oficio más, y Stieg Larsson tiene todo el derecho del mundo a haber publicado su abominable, vacua y soporífera obra. Al fin y al cabo, la literatura nace, más que de un reto o de una ambición por pelearse con los clásicos, del puro y simple deseo de escribir, como quien quiere tocar un instrumento o actuar en conciertos, aunque las canciones no sean suyas o no suenen muy distintas a muchas otras. Es cierto, esa emoción es totalmente legítima, faltaría más, las editoriales y los talleres literarios están llenos de manuscritos de escritores noveles, y no publicar jamás o incluso escribir mala literatura (publicada o no) no debería privar a nadie de escribir si con ello disfruta, si se convierte en una afición más. Pues, ¿por qué demonios pensamos que la literatura pertenece solo a los escritores consagrados? ¿Solo ellos tienen derecho a contarnos sus menudencias vitales? Como pasa a menudo en ese terreno pantanoso llamado arte, el peligro es creernos que hay que sacralizar todo aquello que en ocasiones (y solo en muy puntuales ocasiones) se vuelve arte, y mientras tanto, o la mayor parte del tiempo, es puro juego, variaciones musicales sobre un mismo tema, copias sucesivas sobre el mismo objeto. Y ya está, no pasa nada, reconozcamos que muchos libros no tienen más valor cultural que muchos videojuegos o muchos programas de televisión, facturados para usar y tirar, para disfrutar y luego olvidar. Imagínense viviendo sin la industria cultural, solo con la presencia de Shakespeare o Borges o Nabokov.

Nadie soporta la grandeza constantemente; hace falta el juego, esto es, la repetición, el puro placer de volver a escuchar la misma melodía. Así que, ¿quiénes somos nosotros para negar al escritor novel su afición? En esto, como en tantas otras tareas, deberíamos ser capaces de desprendernos de la idea de finalidad, de propósito o de resultado, manías mentales de un pensamiento instrumental y tal vez mercantil. A lo mejor solo hay que hacer las cosas que se disfrutan, ¿qué más da que ese grupillo de jóvenes no vaya a sacar ningún disco memorable? Nada les quitará el placer inmenso de sentir la música cuando se juntan para tocar.

El problema viene, creo, cuando uno aspira a dejar algo tan cegador como el arte, a luchar, como decía antes, con los clásicos. Entonces ahí ya no basta el puro juego ni la simple emulación; además, hay que aceptar otra regla implícita: en el momento en el que se afirma que se hace literatura, hay que aceptar ser criticado, vapuleado, comparado o hundido frente a otros, porque los hay y son muchos: es la tradición, que no es fija ni inmutable: la forman los escritores que nos estremecen, sin más. Y aquí comienzan las dudas: ¿será uno capaz de enfrentarse a esos monstruos? A menudo el silencio es la única respuesta. Dicen que Rulfo se puso a escribir porque pensó en un libro que no encontró en su biblioteca, y por eso tuvo que inventarlo. Pero la verdad  es que  trescientas páginas después calló, no se atrevió o no quiso seguir luchando con la tradición. Así que, ¿para qué escribir?

La otra pregunta es básica en todo escritor: ¿qué escribo?, ¿de qué voy a escribir? Esa es la gran cuestión, y debe ser formulada con cuidado y respondida con una obra que se ajuste a las capacidades y los intereses y la experiencia del escritor. Todo escritor es absorbido por sus temas, no existe elección, dicen. Creo que hay muchos escritores echados a perder porque apuntaron demasiado alto; otros que se perdieron en el camino porque tomaron decisiones equivocadas o erraron el tiro cuando se alejaron de sí, en respuesta al éxito o a las tentaciones comerciales o vaya usted a saber por qué. Ser escritor, en mi opinión, no es serlo a secas; es ser el escritor que uno quiere ser, por duro que sea el proceso. De ahí que lo más difícil, lo más tortuoso y lo más doloroso sea encontrar esa voz en la que el escritor se reconoce, si es que alguna vez sucede por completo.

Intuyo que en esa búsqueda la cuestión del estilo es fundamental, porque escribir de una manera o de otra no estriba solo en la dificultad de la sintaxis o en la complejidad de un párrafo; es también una manera de querer hablar del mundo, es reconocer explícitamente a qué quieres dedicarle más esfuerzos mientras te peleas con la página. Leo a Guillermo Fadanelli y admiro su verborrea agresiva y desencantada de todo lo humano, pero, ¡está tan alejada de mí! Es como si uno leyera de otra forma cuando piensa como escritor, porque no le vale todo: los trucos y las habilidades que se quieren imitar son ahora las que dejan eco, las que se quieren adoptar como brújula. Escribir, en fin, para encontrar una voz, una casa en la que uno pueda hacer crecer el espacio sin límites, que después de todo no es sino la memoria que uno ha elegido contar.