Gracias a un amigo, David Cruz, descubro uno de los últimos experimentos gráficos y narrativos de Gran Morrison y Frank Quitely llamado We3. Aunque la historia parece fácil de resumir, el fruto cosechado, con todos los genes comerciales que tiene, que son muchos, resulta asombroso, fascinante, y de una belleza única en el medio, lo que demuestra que un buen cómic es algo más que una historia profunda o sesuda sino también (o sobre todo) una manera inteligente de contarla a través de los recursos disponibles. Y en este caso el tándem Morrison-Quitely se ha lucido: el primero porque pone en funcionamiento la batería de sus obsesiones narrativas y saca oro con cuatro ideas, como son la explotación militar de la biotecnología, la acción al servicio del entramado narrativo, los mundos paralelos, las distopías… Tal vez, We3 difiere de las obras más conocidas de Grant Morrison, como Arkham Asylum o Animal Man, en que los diálogos juegan un papel secundario. Aquí hay un ingenioso juego con el diseño de página y el tempo de las viñetas, que saca jugo a un cómic marcado por la hiperviolencia visual deudora de Geof Darrow.

Por su parte, el dibujante Frank Quitely se muestra a sus anchas: maneja muy bien la puesta en escena, los detalles técnicos y el ritmo de la página. El acabado final recuerda a la estética fría y un tanto metalizada de muchos videojuegos y películas de animación. En esta ocasión, y por la historia que se trata, esas impresiones no son una crítica, sino un elogio a un sentido gráfico que potencia la sequedad de la trama.

Una historia mínima, pequeña, que dejará indiferente a muchos, sobre todo a los trascendentalistas. Pero We3 es una historia de ciencia-ficción, protagonizada por animales-soldado que se rebelan contra sus creadores, escrita y dibujada por dos profesionales que llenan de gracia una idea que, en otras manos, no hubiera pasado de zonaB. La diferencia entre talento y producto industrial.

 

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