Hay pasillos improvisados, como si de una casa con lonas de plásticos se tratara. La gente (curiosos, activistas, periodistas) circula de un lado para otro con sorpresa y admiración. Por todas partes están pegadas pancartas, carteles o notas con mensajes: “El conocimiento nos hace responsables”; “Lo queremos todo”, “Basta”. Vamos circulando alrededor de los stands que se han desplegado en torno a la estatua ecuestre de Carlos III. Uno piensa: Umm, parecen bastante organizados. Bueno, depende de a lo que uno llame organizados. De lo que no hay duda es de que una enfermería, una guardería, una oficina de información y decenas de comisiones están funcionando en un espacio antes yermo, antes concebido como lugar de tránsito (y a ser posible apresurado), y que ahora adopta su función originaria, la de plaza.  Sol tiene algo de happening, es cierto, pero es un evento sumamente radical, que ha roto todas las convenciones que los medios de comunicación  y los partidos políticos les quisieron colgar desde un primer momento: ni son antisistema, si por esto entendemos solo el perfil del activista de movimientos sociales, ni son un grupo de jóvenes que quieren una excusa para un macrobotellón. Es un puñado de ciudadanos que, casi por accidente, han iniciado un movimiento al que no ha dejado de sumarse gente, ciudadanos cabreados con un sistema político y económico que los ignora, que los vapulea y que incluso les niega cualquier derecho a manifestarse. Como en mayo del 68, que decía Lacan, las estructuras no querían bajar a la calle, y es la calle la que las ha obligado a bajar.

Se oyen consignas varias, aunque las más coreadas son “No, no nos representan” y “Lo llaman democracia y no lo es”, ejemplos de que por encima del enemigo de un partido concreto existe la base de un sistema que domina y ejerce su poder desde hace mucho tiempo, sin que la alternancia de partidos trastoque lo más mínimo lo fundamental. Decía hace poco Esperanza Aguirre que por qué esta acampada no se había hecho delante del Congreso. Se le olvidó mencionar que a ella le gustaría que fuera así, que no le importaría manipular este movimiento en su beneficio, como ha intentado su partido, dibujándolo como un movimiento “contra el Gobierno”. Pero no lo es; va mucho más allá. Es un movimiento que pide cambios en el sistema político y económico, y sabe, es muy consciente de que con los partidos mayoritarios no se va a conseguir. Y a los hechos se atienen. Lo han dicho muchas veces, y es bueno que no se nos olvide: no es un movimiento apolítico (más bien hiperpolítico, diría yo), sino apartidista, porque saben, sabemos que las estructuras tradicionales de poder, sus dinámicas, su manera jerárquica de organización, son pragmáticas y adaptativas al sistema, de tal modo que, una vez conseguido el voto, el ciudadano es ignorado, ninguneado y estafado.  ¿Cuál fue el último referéndum en el que usted votó? ¿Se acuerda?

Cae la noche. La plaza se llena de gente, que no deja de acudir y gritar y mostrar su apoyo. Hay un ambiente extraordinario en el lugar. Tiro de un cliché periodístico, que es útil ahora: se propaga el espíritu de Sol, y adolescentes encaramados a la salida de la boca de la Renfe llevan pancartas en las que se lee “¡Basta!” No se dice contra quién ni contra qué, pero es como si ese mensaje falto de contenido transmitiera esa indignación a la que no le faltan ganas ni rabia. Es un basta contra los que no quieren escuchar, contra los que no quieren entender que aquí se está expresando la gente, aunque no hayan votado, no voten o no sepamos lo que van a votar.

Mañana los partidos políticos mayoritarios dirán que están legitimados porque “el pueblo ha hablado con su voto”. Se les olvidará decir que están siendo cuestionados en lo más básico: que con el voto no basta, que la gente los está vigilando, que no dudará en salir a la calle si no los tienen en cuenta. Se los cuestiona porque el voto no es un cheque en blanco para hacer lo que uno quiera y escudarse con el argumento de que el rival es peor. Gane quien gane mañana, que no se nos olvide que el voto NO es la única manera de hacer política. Tomar la calle para que los gobernados le digan a los poderosos lo que no nos gusta y queremos cambiar, puede llegar a ser mucho más, infinitamente más efectivo que votar. El tiempo de la lucha lo dirá.