De pronto, el olvido. Ya nadie se acuerda de que el periódico El País y, en general, todos los grandes medios de comunicación españoles eran favorables a la energía nuclear como solución a la dependencia energética. Nunca se habló, por supuesto, de los peligros altísimos del uso y destrucción de los residuos nucleares ni de los posibles efectos sobre la salud en caso de producirse un accidente, por pequeño que fuera.

Sin ir más lejos, en el año 2007 en la central de Ascó, una noticia que se intentó ocultar durante meses. En marzo de este año comenzó el juicio a los responsables de la central en el momento del suceso, y aún ningún medio televisivo lo ha recogido en sus titulares.Nadie recuerda o quiere recordar que Felipe González firmó en el año 2009 varios artículos a favor de la energía nuclear, al igual que otros compañeros políticos suyos que prestan servicio al crisol energético. José María Aznar y Felipe González, además, trabajan como asesores para empresas energéticas españolas.

Sin embargo, una simple espiral de silencio sobre ciertos datos, o una ausencia deliberada de ciertas fuentes políticas, parece proteger a los medios de comunicación españoles de su connivencia y, en ocasiones, su trabajo activo en favor de la energía nuclear. Intereses compartidos del accionaridado de ciertas empresas energéticas y grandes grupos mediáticos españoles sería una trama demasiado fácil de seguir y comprender. Me convence mucho más el argumento de que, simplemente, los medios de comunicación españoles no están haciendo su trabajo. Sin más. No bien o mal o por intereses perversos de sus jefes; no cumplen las funcione de las cuales se proclaman defensores y valedores, a saber, los derechos de la ciudadanía, el control de la separación de poderes, la alarma y la denuncia ante los abusos legales.

Ha hecho falta una catástrofe de la magnitud de Fukushima, cuyos efectos aún estamos por descubrir, para que la información más objetiva sobre los peligros de la energía nuclear llegue a los grandes medios. De igual modo, hasta que no se ha desatado el peligro, las voces de grupos ecologistas o contrarios a la energía nuclear no se han dejado oír, como si hiciera falta una tragedia en el sistema para que a los que censuran impunemente de “antisistema” se les permita participar en la arena pública.

Finalmente, y el peor síntoma de que los medios no hacen su trabajo: el accidente de Fukushima demuestra que el formato de la noticia no es el más adecuado para recibir una información precisa y completa de un proceso que requiere explicaciones previas, contextos y aclaraciones conceptuales. Muchos medios se limitaron durante días a reproducir los despachos informativos y las notas de prensa de TEPCO, la empresa propietaria de la central japonesa, sin cuestionar o poner en duda la veracidad de los datos. Muy pocos medios, además, ampliaron o explicaron en un tono divulgativo la terminología  de la información diaria, como, por ejemplo, a partir de qué nivel de radiaciones se pone en peligro a la población. Como tantas otras veces, los medios se limitaron a funcionar con rutinas informativas que privilegiaban las fuentes institucionales y gubernamentales.

La energía nuclear no es solo peligrosa por lo difícil que resulta de fabricar, almacenar y desechar; lo es también por la falta de información que la rodea. Y este silencio está lejos de ser accidental. Llama la atención que en una sociedad obsesionada por la salud de su población, como escribía Antonio Escohotado en Majestades, crímenes y víctimas, “fenómenos como Chernobil son descritos como accidentes y no como crímenes contra la humanidad”, esa locución nominal que se desentierra cuando ciertos intereses se concitan.

 

Anuncios