Después de esa estupenda obra sobre adolescentes mutantes e inadapatados, Black Hole, Charles Burns se descuelga de sus imitadores (que son legión) y experimenta con otra maravilla, Tóxico, recién editada por Reservoir Books, la rama de la editorial Mondadori que se interna en el mercado del cómic español.

Lo último de Burns deslumbra, rompe moldes y, al mismo tiempo, como no podía ser de otra forma, conecta con sus inquietudes gráficas y temáticas. La experimentación con la líneas temporales de la narración, de la que se había hecho eco en Black Hole,  tienen un papel decisivo en este tebeo, el cual acabaremos entendiendo (si es que es posible) cuando lo leamos completo, pues este es el primer volumen de una serie y solo anuncia cabos sueltos y senderos recién abiertos. De la misma manera, el mundo adolescente y sus miedos (sin duda, el mutante encuentra en él su piel) es el centro de la trama principal, salpicada por un mundo onírico que actúa de contrapunto y otras de metáfora de las angustias de un chaval desorientado en sus deseos.

Es una pena que la obra de Burns se asocie a tipos sudorosos y misterios de la carne; su estética, que es inconfundible, nunca pretende alejarse de las raíces más primarias del lenguaje del cómic. Burns hace tebeos, y no le importa si le tildan de artista (underground) o no. Y seguir, después de tantos años en el medio, con el listón tan alto y con ganas de riesgo, está al alcance de muy pocos.