De qué sirve, quisiera yo saber, imaginar realidades y tiempos paralelos, un presente corrupto y tirano con los más débiles y un pasado cruel, plagado de infamias, si luego viene el cine a devolvernos a la sala, a la oscuridad del espectador emocionado y perplejo ante una historia que suena a verdad profunda, una de esas que saben a ficción basada en miles de historias vividas, a emoción que trasciende, pese a las convenciones de los finales precipitados.

Nos quedamos con ganas de acción, con sabor a rabia, por no poder actuar y estar allí, tomar decisiones que frenen las injusticias sociales, el pan nuestro de cada día, porque en esta película se llama la guerra del agua, pero puede adoptar diversas formas y nombres, como la lucha de Túnez, o el olvido de los más pobres en cualquier país cercano.

Quisiéramos saber si podemos hacer algo más y, a diferencia de los protagonistas de esta hermosa historia, superar las pequeñas batallas cotidianas para cambiar algún orden de cosas. Queda, eso sí, la convicción, como el personaje interpretado por Gael García Bernal, de que el cine no fue en vano, que la película quedará, que la suma de voces terminará siendo escuchada.

También sabemos que ese personaje descreído y algo cínico, que termina enfrentándose a sí mismo por algo por lo que merece la pena poner la vida en riesgo, es un héroe para tiempos de mercancías desechables.

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