Esta no es una película sobre la filosofía de la red social, o sobre las razones que han llevado a millones de personas a crearse un perfil y juguetear con su vida o su personaje; tampoco trata de la irresistible realidad paralela que facilitan las redes sociales en Internet. Quienes esperen esa historia, saldrán decepcionados. La red social es el relato de un ascenso y unos pocos obstáculos, de una ambición por acceder, como la metáfora de la primera parte de la película, a un club de exclusividad, donde el éxito y el reconocimiento de los demás son la llave. Con un estupendo ritmo, suprimida cualquier pausa molesta, Fincher rueda el proceso que lleva a Mark Zuckerberg a imaginar Facebook y a convertirla en el cumplimiento de una ambición. Como en el libro en que se inspira, ese éxito parece más un accidente genial (y tal vez producto de un robo) que el fruto de un visionario.

Desafortunadamente, La red social no es un drama shakespeariano, como dice su guionista, ni una obra maestra, pese al talento desplegado: al final comprendemos menos al protagonista absoluto de la historia de lo que nos gustaría, y se echa de menos un dibujo más nítido del supuesto genio. Pero no hay duda de que es una buena película, en la que Fincher demuestra, como ya había hecho en Zodiac, que maneja como pocos la información, sin apabullar ni aburrir,  para convertirla en el sentido mismo de la narración. Un monumento a la entropía, que anuncia una poética que ha llegado para quedarse.

 

Anuncios