¿Quién nos iba a decir que los escaparates se volverían lugares artísticos, acontecimientos transitorios que rozan la categoría de performance? Por lo general, ya lo sé, son instantes congelados de ropa vestida por maniquíes sin cabeza y sin sexo. Supongo que la lista de escaparates que podrían entrar en la categoría de espacios horrorosos y brutales sería larga. Pero, y que me perdonen los anticosumistas de boquilla, los escaparates de Diesel llegan a la categoría de arte. El último que he visto es el de su tienda en la calle Fuencarral, de Madrid. Escombros en el suelo, pasamontañas en el rostro, ropa para modernos nihilistas: la moda copiando los modos y la estética de la guerrilla urbana.

Sí, de acuerdo, es un espacio para mirar, provocar y, sobre todo, vender, ya lo sé, no me recordéis la retahila de evidencias del marketing.  La cuestión es que el escaparate puede ser anacrónico, aburrido o, como es el caso, hermoso  y sintomático de nuestros tiempos. Puede que estén sucediendo más fenómenos artísticos en ellos que en muchas de las galerías de esta ciudad.