A Oliver Stone le pierde la verborrea. Ya en Nixon o en la delirante Asesinos Natos, practicaba un cine de la acumulación y del exceso. Su última película, la segunda parte de Wall Street, donde dio a conocer al estupendo personaje de Gordon Gekko, sigue la misma estela. Solo habría, de hecho, una forma de salvarla: si existiera un género de geeks que se dedicaran a recortar, a pulir y a limpiar las películas de sus concesiones superfluas y buscaran su narración más esencial. Tal vez así se salvaría esta Wall Street, donde, pasada la primera media hora, todo sobra: sus tonterías visuales, el subrayado de muchos diálogos, el sentimentalismo y la moralina que empañan caracteres que se quedan en simple promesa. Es una pena que lo que prometía ser una historia épica sobre la maldad de Wall Street acabe transformada en una redención familiar en la que no puede faltar, vaya, la consabida lluvia de dinero.

Aun aceptando que nunca segundas partes fueron buenas, hay que lamentarse de que el equipo de Oliver Stone no haya sabido exprimir mejor a un personaje como este, convertido al final, como en varias imágenes de esta película, en una simple pompa de jabón.