De la tradición nace la violencia. En La cinta blanca, de Michael Haneke, una pequeña aldea, aparentemente idílica, encierra una enorme violencia, que se ejerce sobre todos sus habitantes. Hasta cierto punto, La cinta blanca pone en práctica la teoría de la microfísica del poder, no necesariamente jerárquico: el terrateniente manda y domina sobre los campesinos; éstos educan de forma férrea a sus hijos, los cuales aplican lo aprendido sobre sus compañeros. Acaso el maestro, el narrador en off de la película, es el único personaje que se escapa a las redes de sometimiento en que participa todo el pueblo. Tal vez porque es el único foráneo, tal vez porque su formación le permite salirse de los códigos ciegos de la tradición.Esa educación autoritaria o disciplina brutal oculta un montón de secretos. Como en Dogville, de Lars Von Trier, donde la supuesta bondad de la comunidad no hacía más que esconder rencor y malestar, La cinta blanca busca el origen del mal, y lo encuentra en lugares comunes, en actitudes y modelos de comportamiento demasiado extendidos. Inflexibles con sus hijos, carentes de un amor que tampoco ellos han recibido, los padres son el centro ideológico de esta película. Más allá de la responsabilidad de quienes cometen acciones terribles, irrumpe el vínculo de los que permitieron, educaron o defendieron esas mismas acciones terribles. Una vez más,  el cine de Haneke cuestiona la legitimidad de la violencia, proceda de quien proceda.

En la película  El bosque de Shymalan, una comunidad hallaba refugio en una aldea cerrada, clausurada contra invasores y extraños. La tradición aparecía entonces como un sortilegio contra el mal externo. La película de Haneke, en cambio, es la antítesis de ese planteamiento: el mal está en el centro mismo de la aldea, nace de ella, no procede de ninguna fuerza externa. De ese modo, la guerra que dará comienzo poco después de los hechos narrados en la película,  la Primera Guerra Mundial, se convierte en un telón de fondo para remarcar la parábola: el Mal no viene de lejos, germina en la tradición que lo alienta.