“Nuestro viaje es enteramente imaginario. De ahí su fuerza”. Viaje al fin de la noche, L. F. Céline

Su vida fue, como su prosa, misteriosa, errabunda y vital, y cuanto más se le lee, más se descubre que fue un caso raro de escritor, un desplazado al que no le importaba la fama ni el destino, absolutamente convencido como estaba de la necesidad de una “alternativa nómada” a esa vida sedentaria y tediosa, hecha de rutinas precisas, en que vivimos.

Nacido en Birmingham, hijo de una ama de casa y un capitán de marina, Chatwin habría de representar a lo largo de su vida ese papel de hombre errante, reacio al destino, que tanto le gustaba. Con un bagaje cultural inmenso sobre arte y literatura, al poco de terminar los estudios secundarios entró a trabajar en la galería de arte Sotheby´s, donde llegaría a ocupar un puesto de directivo a los pocos años, hasta que lo abandonó para matricularse en Arqueología, en la Universidad de Edimburgo, con el firme propósito de empezar de cero, de errar un poco más. No concluyó los estudios, sin embargo, decepcionado por una “triste disciplina”, que le alejaba, como antes la pintura o el arte, de lo vivo. Como él mismo escribió, “por segunda vez lo abandoné todo”.

Como si no supiera donde se encontraba su lugar, o temiera resignarse a uno, Chatwin practicó, mientras tanto, la actividad que ya siempre le acompañaría: el viaje. Primero Afganistán, y después Sudán y otros países africanos: Chatwin los recorrería durante meses sin ninguna finalidad profesional, ni siquiera turística; por puro placer, o por rastrear los pasos de esos escritores de viajes a los que tanto admiraba, lo cierto es que el viaje y el nomadismo se integraron en su vida de forma extrema, hasta el punto de preparar un libro que estudiara la genealogía de esa forma de vida llamada nomadismo, y que él defendía como alternativa posible y vigente al sedentarismo. Ambicioso y desaforado, el libro no logró convencer a ningún editor.  Así, a los treinta y tres años—era “un fracaso total”, escribía—, logró un trabajo como articulista de arte y literatura para el Sunday Times londinense.

No será, sin embargo, hasta su próximo gran viaje cuando el Chatwin escritor comience a nacer: empeñado en rastrear un recuerdo de infancia traído de la Patagonia—un trozo de piel de brontosauro, según le había contado su abuela—Chatwin abandona su trabajo con un escueto telegrama, “Marcho a la Patagonia”, y se embarca en un viaje de seis meses al confín del globo. De ahí surgirá su primer libro, En la Patagonia, un inventario genial, plagado de cientos de personajes, en el que se quiebran muchas reglas del género de viajes: aquí el Chatwin viajero desaparece, como si su personalidad o lo que a él le sucediera no tuviera importancia, y toman fuerza los contadores de historias que va encontrando en su camino, y que él utiliza para hacer un itinerario histórico y fantástico de los marinos, vaqueros, forasteros, anarquistas, vagabundos, escritores, arqueólogos y hombres que han habitado y habitan la región de la Patagonia. Relato de relatos de muy diversas formas, desde el reportaje periodístico hasta estudio de mitos y leyendas, En la Patagonia es un libro impresionante por su erudición, que está lleno, por otra parte, de momentos de enorme emoción—el modo que tiene Chatwin de recrear las historias de otros, dándoles un tono clásico y a veces trágico, como el mejor Melville, estremece—. Sin darse cuenta, Chatwin había encontrado su otra pasión: la escritura.

A partir de aquel momento, Chatwin se consagraría a la “literatura nómada”, muy poco prolífica, de la que nacerían sólo dos novelas—El virrey de Ouidah, Utz—y algunos libros de viajes más—Los trazos de la canción, ¿Qué hago yo aquí?—, hasta que el SIDA le sorprendió en 1989. Tenía cuarenta y nueve años.

Es evidente, como mencioné al principio, de qué manera el viaje y la escritura, el nomadismo y su forma literaria, se integran en la vida de Bruce Chatwin; lo curioso o lo misterioso es por qué razón sucedió así, qué motivo le llevó a entregarse sin límites al viaje, incansablemente, como si tuviera miedo a estar quieto o  a echar raíces. Él decía que había dos tipos de escritores, los estables y los itinerantes, y que él pertenecía a esta última categoría. A mi juicio, sin embargo, su vida no es más que una muestra de que hay dos tipos de hombres, los estables y los itinerantes, los sedentarios y los nómadas, y que él no podía dejar de ser así, vagabundo, escribiera o no. Al final, quizá, logró persistir en la literatura porque sintió que sólo las palabras son nómadas, portátiles, y se pueden desplazar de un lado a otro, de boca a boca, sin conocer fronteras;  sólo necesitan un espacio en la memoria, o un hueco en un papel. Lo que viene después, el destino de las palabras, como dijo Chatwin de su propia vida, es incierto.

Los libros de Bruce Chatwin, así como su excelente biografía, escrita por Nicholas Shakespeare, están publicados por la editorial Muchnik, ahora llamada El Aleph.
 

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