Escribió una novela que algunos tachan de maldita y otros de culto, contagiada del misterio de los clásicos, que se publicó hace cincuenta años y que se sigue leyendo con admiración de adolescente; escribió un puñado de cuentos perfectos, con los que comienza en la literatura norteamericana el minimalismo narrativo, el silencio del narrador y la sutilidad de los gestos, y sin los cuales es difícil imaginar a John Cheever, Raymond Carver o Tobias Wolff; escribió una novelita más (que no he leído o que he olvidado), algún manuscrito apócrifo, que circula por Internet desde hace años, y algunas páginas más. En total, no más de quinientas. Y luego calló. Durante más de cincuenta años. Un narrador dotado, talentoso, lleno de magia, con miles de lectores fanáticos que descubren (consciente o inconscientemente) que la belleza del estilo no tiene por qué estar en el barroquismo verbal, pues puede ser común y cercano, latente en unas frases cazadas al oído o en una respuesta simple, que parece ocultar una verdad terrible. Pese a todo, ese escritor decide dejar de publicar (tal vez de escribir) y así ingresar en el territorio de los barteblys silenciosos, tal como escribió Vila-Matas en uno de sus ensayos literarios más conocidos.

Y hace unos días, ese escritor, Salinger, ha muerto. La sociedad del espectáculo  quiere chupar de su leyenda, de la que intentó huir durante tanto tiempo, apartado del mundo en un pequeño pueblo, un lugareño  celoso hasta el extremo de su intimidad, que ocultó a los periodistas mientras pudo. Un escritor que elige el camino de la discreción: retirarse del mundo y dejar a solas sus páginas, sin recurrir a la figura pública machacona, a la manera de Kavafis, quien esperó hasta su muerte para dejar seleccionados y listos para la publicación un centenar de poemas pulidos, nunca alterados así por su presencia o sus comentarios.

Salinger ha muerto. Imagino que su literatura le sobrevivirá porque habla de la condición humana con palabras transparentes. Pero  creo que, sobre todo, el silencio que rodea las pocas páginas que escribió, el mito que cultivó durante su retiro al no patalear en el circo mediático, hacen aún más grandes sus libros. Que hable la literatura y que calle el mortal charlatán.

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