Si la realidad fuera un telediario, ésta se escribiría con patrones muy básicos, con trucos propios de un guionista que copia trucos de supuesto éxito, ya saben: mucha violencia y un gusto enfermizo por la alarma social o, lo que es lo mismo, el relato de terror. El título de esta entrada va más allá de la aliteración: la información audiovisual parece haber encontrado su verdadera identidad en esa nueva rutina periodística, la crisis, el miedo al derrumbe del modelo económico vigente, una plantilla periodística exacerbada y omnipresente, con la que cada noticia es revisada y anunciada desde ese enfoque. Al mismo tiempo, los crímenes violentos—violencia de género, la búsqueda del cadáver de Marta del Castillo, la militarización de Ciudad Juárez—ocupan cada vez más espacio televisivo y complementan, de modo más deliberado que accidental, las noticias sobre la crisis económica. No basta con la amenaza y las profecías de catástrofe incubadas en tierras financieras; hacen falta cuentos de bosques impenetrables y hombres malvados, ciudades sin ley y violentos que transitan impunes. Es como si la crisis tuviera que transmutarse en hombre-lobo para que revele toda su carga mítica. Son los relatos de la peste: una simple enfermedad no tiene suficiente fuerza simbólica. Ahora, si los apestados son signo o encarnación del Mal, entonces la peste circula por todas partes, sentimos su presencia, lo contagia todo. La peste adquiere categoría de maldición divina.

Evidentemente, la peste es sólo una metáfora. Pero los efectos que dejan los medios de comunicación en los cuerpos, en los hábitos, en la manera de mirar, no lo son. Teun van Dijk en un libro imprescindible, La noticia como discurso, explica mediante pruebas empíricas, dentro del capítulo dedicado a  la comprensión de las noticias, que el recuerdo de la información que leemos o vemos es mínimo a corto plazo, apenas recordamos al día siguiente los titulares y el tema principal. Y sin embargo, la pregunta que van Dijk no formula es quizá la más acuciante: ¿qué efectos producen entonces las noticias a largo plazo en nuestra ideología o en nuestro imaginario de lo real? Un día de stress es soportable; años de stress pueden  derivar en patologías  en el carácter o en los hábitos. Que confluyan crisis y crímenes en algún telediario es mera coincidencia; que la mirada informativa se detenga a diario y exclusivamente en esos dos patrones, crisis y crímenes, es síntoma de enfermedad neurótica. Asustados de perder audiencias, ansiosos por recuperar la atención de un telespectador distraído, acabaron transmitiéndole a éste sus propios síntomas: ansiedad, neurosis, pánico. Y luego vuelta a empezar: si el miedo funciona, si el miedo atrae público, ¿por qué detenernos?

Esto no es una lectura psicoanalítica de los contenidos favoritos de los telediarios. Tampoco defiendo que haya intenciones perversas detrás de unas noticias que, quieran los periodistas o no, llevan dentro valores morales, como sabe todo aquél que cuente una historia(1), por más que reivindique objetividad o verificación. Sólo digo que si el mensajero sólo quiere hablarme de males y de resignación, de malvados que viven en el bosque, tal vez lo mejor sea mandarle a paseo, quitárnoslo de enmedio y recordarnos que, afortunadamente, la realidad no es un telediario escrito por un guionista sumiso y falto de humor. Que no se nos olvide.

1 Custodians of Conscience. Investigative Journalism and Public Virtue, James S. Ettema and Theodore L. Glasser.

 

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