Anita SnellmanA propósito de la exposición El saqueo del naufragio, sobre obra de Anita Snellman

“Una cosa es analizar pisadas, estrellas, heces (animales o humanas), catarros, córneas, pulsos, campos nevados o ceniza de cigarrillos, y otra diferente analizar la escritura, la pintura o el discurso”—Carlo Ginzburg, “Morelli, Freud y Sherlock Holmes: indicios y método científico”.

Documento 4

A fecha del 14 de febrero de 2006 doy comienzo a este informe.
En la tarde del 13 de febrero del año 2006, sobre las 17:00 horas, recibimos una llamada telefónica en la comisaría. La persona, un varón que no se identifica y que se muestra nervioso durante la conversación, informa al sargento Permano del derrumbe de una de las viviendas situadas en los límites del pueblo, cerca del acantilado de Homar. El informante desconoce si alguien se encontraba en su interior y dice que no se acerca a inspeccionar la casa por temor a lo que pueda encontrar. Después, titubea algo, suena algo parecido a un sollozo y se interrumpe la llamada.

En torno a las 19:00 horas del 13 de febrero de 2004, el sargento Permano y el redactor del informe, partimos al lugar referido en la llamada telefónica.

Tras un pequeño jardín que sirve de porche a la vivienda, se accede al interior, derruido, con el tejado derrumbado sobre lo que debió de ser la pieza central de la casa. Ésta es aún reconocible por su amplio tamaño, de unos treinta metros cuadrados, su forma rectangular, la chimenea al fondo de la pieza y las habitaciones que se abren a los lados. El suelo, de piedra granítica, aparece hundido en algunos de sus puntos, y está sucio, cubierto de diversos utensilios y objetos sin valor, como hojas de cuaderno, esquirlas de platos, cristales rotos, trapos de cocina y unos botes de pintura. Hay restos fecales humanos en algunas partes, lo que indica que uno o varios individuos han pasado por allí. Unas piezas de fruta están en avanzada descomposición en una hornacina.

El sargento y yo decidimos pasar a inspeccionar el resto de estancias, y no encontramos rastro alguno del propietario de la casa. En algunas habitaciones, los muros están caídos y la maleza del jardín se abre paso. Resto de ropa y papeles por el suelo, pero nada de gran valor. Nos parece que la vivienda lleva en ruinas más tiempo del que nos informó la persona del teléfono, pues en algunas zonas donde el suelo presentaba hundimientos, el agua de lluvia se ha estancado, y malas hierbas brotan cerca de los huecos de las ventanas, donde ya no hay cristales ni marco. En una de las habitaciones, tal vez la de mayor tamaño, hay restos esparcidos por el suelo de objetos propios de un pintor, tales como un caballete roto, lienzos arrugados, tres paletas de óleo, y distintos pinceles. En una de las paredes se alinean decenas de lienzos sobre tabla, algunos de los cuales superan los tres metros de anchura. Las lluvias, sin embargo, han hecho grandes estragos, y han diluido algunos cuadros; otros tienen rasgaduras o cortes, como si alguien se hubiera entretenido rasgándolas. La naturaleza se está apoderando del lugar: junto a la maleza y a los pequeños charcos que llenan el suelo, las termitas se comen algunos lienzos, casi con más ahínco que las vigas de madera. Entre algunas cajas y muebles rotos, vemos unos gatos. En cuanto nos acercamos a ellos, huyen a algún hueco impenetrable.

Después de rastrear el jardín y los alrededores de la casa, donde no encontramos nada llamativo o extraordinario, volvemos a la comisaría, en torno a las 21:00, a punto de terminar nuestro turno. Antes, comprobamos los datos de la vivienda. Pertenece a Anita Snellman, de origen finlandés, y nacida, según nuestros archivos, el 4 de septiembre de 1924. La casa aparece a su nombre desde el año 1971. En el archivo no se menciona nada acerca de un posible fallecimiento. Tampoco consta ninguna denuncia de desaparición y carecemos de datos sobre familiares cercanos o allegados a los que preguntarles, por lo que concluimos que debe de haberse marchado de la isla.. Por todo ello, cerramos este informe en la fecha que aparece debajo.

Documento 16

––Cuénteme––dijo.

––Sé poco, la verdad. Sobre cómo vivía y su casa, sé lo mismo que ustedes. Lo que he leído en los periódicos y lo que vi el otro día que me acerqué hasta la casa. No tengo mucha idea de por qué motivo podría haberse marchado así, de esa forma…

––Pero usted la trataba, usted la conocía.

––Sí, sí, coincidíamos en las exposiciones. En las inauguraciones, sobre todo. Ibiza es muy pequeña para el mundo del arte, y no me perdía ni una de las exposiciones de artistas locales. Ella tampoco. Era muy conocida en estos círculos. Yo no llegué a ver ninguno de sus cuadros. Quiero decir, que no vi ninguno hasta que se publicaron en los periódicos… La cosa es que Anita era muy popular como pintora, pero, ya ven, muy pocos la trataban de cerca, y muy pocos habían estado en su casa. Solía venir a las exposiciones en bici… Charlaba con la gente de la exposición, o de Ibiza o del turismo nuevo de la isla, y luego se iba. Nunca le oí decir nada sobre su trabajo. Tampoco decía ni una palabra si se tocaba la política… No tenía ni idea de que fuera tan pobre y que viviera como vivía. No tenía ni luz ni agua corriente en esa casucha, lo he leído…

––Sí, lo sabíamos. A ver, ¿nunca la vio con amigos cercanos?

––Alguna vez la vi en la plaza, tomando algo con gente extranjera. Imagino que eran extranjeros porque eran muy rubios y muy altos. Como ella. Y parecían contentos. A ella siempre la vi muy contenta, muy sonriente.

––¿Tiene idea de alguien que pudiera haber comprado su obra, alguien que la conociera más?

––Tal vez, Valkonen, el de la galería.  Él me habló un día de Anita, ahora que lo pienso…

––Cuente––dijo la voz, sonando impaciente.

––Me dijo que en los setenta esto era un nido de hippies, eso ya lo saben, lo sabe todo el mundo, pero que también vinieron artistas, chavales que querían quedarse a vivir aquí, a pintar, a dedicarse al arte y poco más. En aquellos años los extranjeros con poco que tuvieran vivían bien o, al menos, podían estirar el dinero durante meses. Y nadie les preguntaba ni les decía nada, eran bienvenidos. Luego, ya, a finales de los setenta, se fueron yendo los hippies y los artistas, o se convirtieron en otra cosa, no lo sé. Tiene gracia.

––A mí no me lo parece.

––La cosa es que quedaron muy pocos de aquellos hippies artistas de los setenta. Valkonen me dijo que Anita fue una de las pocas que se quedaron. Y siguió viviendo de la pintura exclusivamente. Ahora ya veo cómo se mantenía… Y claro, los amigos, imagino, que seguían viniendo, haciéndole visitas, pero ya de paso, para luego volverse. Ella fue la única que se quedó.

Eso es todo lo que sé, creo. Pregúntenle a Valkonen, seguro que él sabe más. ¿Les sirve de algo lo que les he contado?

––Nunca se sabe. Gracias de todos modos.
Documento 33

[…] Me cuesta acordarme de su voz o de sus palabras. Lo que no olvido, como si la viera ayer mismo, es su pintura. Unos colores fuertes, intensos, que asocio para siempre con los años de Ibiza, con la última infancia y la primera adolescencia. Los amarillos se salían de los girasoles y se comían el entorno de la naturaleza muerta; unos azules oscuros contagiaban las plantas, los rostros o las paredes; y los rojos servían de telón de fondo o de centro para muchos de sus cuadros. Aunque también recuerdo que uno de los cuadros que más me gustaban, Musas (volví a ver hace poco una reproducción en los periódicos), dejaba el color fuera de las figuras principales, y el blanco del lienzo llenaba los esbozos y las siluetas humanas. Recuerdo que le pregunté (una de las pocas veces que conversamos, supongo) que por qué no lo coloreaba. Ella me miró, señaló con el dedo al cuadro y dijo algo acerca del tema que no entendí: o hablaba muy mal español, o yo no comprendí lo que me explicó.

Mi hermana y yo íbamos a casa de la señora Snellman un par de veces por semana para las clases de pintura. No sé cómo se enteró mi madre de que enseñaba a niños, porque nunca me enteré de otros compañeros a los que les diera clase, y nunca la vi por el instituto ni por el pueblo poniendo anuncios. Es cierto que tenía un montón de dibujos de niños, o eso me parecían, así que imaginaba que había otros alumnos, aunque nunca los conocí.

Las clases eran siempre igual. Buscábamos un lugar agradable en la casa, normalmente el jardín o su estudio, donde entraba mucha luz, sacábamos el cuaderno de dibujo y los rotuladores, y copiábamos un objeto o un dibujo que ella nos propusiera. Recuerdo frutas como naranjas y peras. Otro día, uno de sus gatos. Dibujamos piedras, botellas de aceite, aceitunas o leños de madera. Una vez nos propuso dibujar uno de sus enormes cuadros, en el que se veía a un muchacho desnudo tocando una flauta. Ella no corregía los dibujos, pero sí que nos quitaba a veces ciertos rotuladores o nos ponía pruebas: intentad pintar un membrillo como lo mira un gusano desde dentro. Algo muy sencillo, como una hoja, pedía que lo dibujáramos en una hora; el salón entero, en no más de diez minutos. Los dibujos, claro, cambiaban por completo. Un día nos tuvo una hora sentados mirando un álamo blanco que tenía en el jardín. Luego nos pidió que entráramos en la casa y lo dibujáramos.

La recuerdo dibujando, pintando o trabajando en el jardín; siempre estaba regando o plantando nuevas hierbas o cortando maleza. Hablaba poco. Daba las instrucciones de la tarea y nos poníamos a dibujar. De vez en cuando venía y echaba un vistazo: nos cambiaba el dibujo, nos quitaba el cuaderno o nos pedía que nos sentáramos en otro sitio. A veces no decía nada. Se marchaba de la habitación y volvía más tarde. También nos dejaba mirar sus cuadros, algunos de los cuales estaban sobre el caballete durante meses. Otros, enormes, se iban amontonando sobre los muros, hasta prácticamente cubrirlos.

Sinceramente, nunca le tuve un afecto extremo. Ella no se comunicaba mucho, y nosotros desistimos pronto de intentarlo. Pero en mi recuerdo aquellas tardes son plenas, perfectas. Había un silencio absoluto. La señora Snellman no nos dejaba hablar nada, y al cabo de diez minutos de llegar, sólo existía el color y las formas que llenaban el cuaderno y no se oía nada más que el ruido de los rotuladores sobre el papel, el viento ligero, los pasos de la señora Snellman por el pasillo. Años más tarde volví a retomar la pintura, pero esa emoción (que sigue intacta en la memoria) ya no vuelve.

No pudimos despedirnos de ella cuando nos marchamos. Habíamos pasado el verano en Madrid, y antes de volver a Ibiza nos dijeron que volvíamos allí para hacer la mudanza, que nos íbamos a vivir a Valencia. Hacía meses que no veíamos a la señora Snellman. Recuerdo que casi no me acordé de ella hasta poco antes de irnos. Tampoco hice nada por verla ni le dije nada a mi madre. Ella tampoco mencionó nada.

Pasaron muchos años. Recordaba los cuadros, la casa, el olor a pintura y a humedad del estudio. Había olvidado su nombre, su voz, su rostro, casi todas sus frases, hasta que leí sobre ella el otro día en el periódico y supe, como a quien le viene de repente una idea, que a la señora Snellman no la conocía o, mejor dicho, sólo la conocía a través de sus cuadros. Durante aquellas tardes ella sólo quiso ofrecerme el teatro de la pintura.

 
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