Este artículo fue dibujado de varias maneras antes de adquirir su forma definitiva. Al principio, pensé que fuera una extensión o un complemento al artículo que escribió el amigo Carrillo hace unas semanas en su blog cercano, en las aguas territoriales de El Varapalo. Francisco hablaba de que la tan cacareada crisis hace mucho tiempo que está entre nosotros, en forma de salarios bajos, alquileres por las nubes, precariedad y temporalidad de trabajos y trabajadores. Sólo se habla de crisis, en definitiva, cuando afecta a los más fuertes, a las instituciones, empresas o inversores que generan la suficiente riqueza como para que la falta de ésta sea motivo de alarma; si el crecimiento macroeconómico, basado sobre todo en la construcción y en mano de obra barata para servicios, pasa por que un buen porcentaje de la población necesite en torno a treinta o cuarenta años para pagar su casa, eso no importa, ese debate no existe. Carrillo apunta y acierta en los rasgos de una década que, efectivamente, ha beneficiado extraordinariamente a unos pocos. Pensé entonces (pensando en ese artículo que al final no escribí) que no toda la culpa la debía asumir un Gobierno que ha actuado en la burbuja inmobiliaria más por pasividad que por acción; una buena parte de responsabilidad también está en toda esa población que hizo suya la ansiedad de enriquecerse con rapidez, que quería sumarse al carnaval de la especulación, que ahora acusa, pero que durante años calló. Es verdad que muchos ahorradores de este país se vieron alentados a especular con los metros de superficie y los años que necesitaría para adquirirlos la generación siguiente; ahora bien, ser alentados por otros, por mucha publicidad implicada, no nos exime de responsabilidad individual. El estallido de la burbuja inmobiliaria estaba anunciado; que todas las culpas se las iba a llevar el Gobierno, también.

Estuve luego dándole vueltas a un artículo sobre posibles recortes laborales y sociales que se avecinaban. En la década de los 90, la crisis que vivió España (tras los excesos de las Olimpiadas y la Expo) sirvió para justificar el tijeretazo a  numerosos subsidios o la congelación de salarios a los funcionarios. Más tarde, la necesidad de aligerar los presupuestos del Estado llevó a la privatización de numerosas empresas públicas, entre otras, las empresas energéticas o de telecomunicaciones. Así que cómo no imaginar que si la crisis  continúa, y lastra aún más los problemas financieros del sistema español, las justificaciones de recortes sociales volverán. Tiene gracia, de hecho, que Zapatero esté construyendo su defensa de los presupuestos del Estado del año que viene con el argumento de que “se mantienen y se refuerzan las políticas sociales”. Más de uno no olvida que las grandes privatizaciones de empresas públicas comenzaron con los últimos años de Felipe González en el poder, y parece que Zapatero quiere adelantarse a las críticas. Aquí, como hemos dicho tantas veces, son más peligrosos los silencios y los pactos económicos entre PP y PSOE que la crispación: habrá que leer la letra pequeña para saber qué es lo que se deja de hacer para que las cuentas del Estado cuadren.

Creo que, al final, escribiría un artículo sobre el “periodismo de crisis” como si fuera un subgénero narrativo más, como hablaba hace poco con mi colega Óscar. La crisis como género, cercano al thriller y a la novela negra, que asigna y distribuye categorías convencionales propias: el poderoso en la sombra, el especulador sin escrúpulos que, como en la película de Wall Street, de Oliver Stone, decide solo el destino de miles de trabajadores de una aerolínea; el investigador que desvela en el último momento la verdad, por más cabezas que rueden (y quizá, por eso, la película American Ganster es la perfecta metáfora de la crisis financiera, y la esperanza de que el codicioso terminará siendo rehabilitado), aunque en el caso de la crisis financiera poco se puede agradecer a periodistas o investigadores. La información llega en forma de datos de Bolsa, en intercambios a gran escala por miles de accionistas nerviosos y desconfiados. Hay otros personajes sumamente interesantes, sacados de otro género, más próximo a la novela fantástica o al mito: los hombres del Oráculo, el Banco Central Europeo y la Reserva Federal, unos tipos que, como sacerdotes, pronostican el futuro y, al hacerlo, lo transforman; decir a los que mueven el dinero lo que van a hacer, lleva a éstos a gestionarlo de una manera u otra. Este artículo debería centrarse también en las pautas de lectura de este tipo de información, en la tensión narrativa que lleva dentro: la alarma, el miedo o el suspense son inherentes al “periodismo de crisis”, pero también la sorpresa ante el próximo batacazo, quiebras financieras que, como cadáveres a horas intempestivas, acompañan en el desayuno a padres de familia recién levantados. Esta última imagen es, claro, otra convención, nacida del cine. Pero es que, ¿no sigue la información financiera todas las convenciones propias de su género? [Nadie dice que no haya crisis, ni que los datos económicos no sean desastrosos; tampoco queremos escribir un artículo posmoderno. Sólo decimos que hay muchas maneras de contar una crisis, y las dificultades por las que atraviesan miles de familias durante los años de supuesta bonanza económica son olvidadas, y ahora, de repente, omnipresentes.]

Un artículo sobre la forma, la estructura o las rutinas con las que se informa de la crisis financiera, porque quizá el mayor peligro de una crisis es la forma que tenemos de contarla, y a partir de este relato, el efecto que ejerce sobre nosotros. Igual que una llamada telefónica que nos cita en un callejón por la noche: puede hacer que nos partamos de risa del amigo o que cerremos con doble llave la puerta.