Dudo que Conrad imaginara que El corazón de las tinieblas, aquella novela corta que escribió en el último año del siglo XIX, poco antes de escribir Lord Jim, se convertiría en su obra más popular, en un viaje a los horrores del colonialismo y en una visión premonitoria de la oscuridad del siglo XX. Heart of Darkness, El corazón de las tinieblas, cuenta una búsqueda y un hallazgo indeseado. El capitán Marlowe remonta el río del Congo para hallar a Kurtz, “el mejor comerciante de la Compañía mercantil”, del que no se tienen noticias desde hace meses. Marlowe cumple con su misión y encuentra a Kurtz, pero éste no desea ser encontrado, incapaz de abandonar el poder que ha alcanzado en la selva, entre tribus y  hombres salvajes que lo veneran como a un dios. La novela, construida precisamente sobre una voz oral que quiere confesar un secreto, termina con la confesión de una mentira, una artimaña que Marlowe urde para la viuda de Kurtz y, de algún modo, para el lector, quien descansa tranquilo ante la eficacia de la mentira y del desconocimiento. Marlowe calla, la noche se hace sobre el barco en el que ha estado hablando durante muchas horas y el lector escucha como la oscuridad habla.

Décadas después, varios directores intentaron sin éxito llevar la historia al cine. Orson Welles quiso que su primera película fuera una adaptación de El corazón de las tinieblas, pero no fraguó el proyecto, así que tuvo que conformarse con copiar la estructura que vertebra la novela de Conrad. Si en ésta, Marlowe comienza su búsqueda a partir de poco más que un nombre (Kurtz), en Ciudadano Kane, la palabra “Rosebud”, pronunciada por Kane poco antes de morir, desencadena la historia:  los periodistas entrevistan a los amigos íntimos de Kane con el fin de desvelar el significado de la palabra. Rosebud funciona así como un secreto que todos quieren conocer y que no logran averiguar. Y si en la novela de Conrad  Kurtz se transforma en personaje muy lentamente, perfilado solo a través  de las opiniones que emiten sobre él los demás, el espectador también conoce a Kane mediante el recurso del perspectivismo: las voces de los personajes que lo han tratado reconstruyen a pedazos su pasado. Así que la historia contada por  Kurtz o Kane desaparece: la voz de Kurtz es sustituida por la de Marlowe; la voz de Kane, por la de muchos otros, y de hecho su última palabra, su secreto, Rosebud, nunca es descubierto por ninguno de éstos, muere con Kane.

El otro proyecto cinematográfico vinculado con la novela de Conrad es Apocalypse now, con guión de John Millius. La película de Coppola toma del libro el hilo argumental y, al igual que en la película de Orson Welles, la obsesión por un personaje del que comenzamos sabiendo poco más que un nombre, el comandante Kurtz, desaparecido en la zona de Vietnam donde estaba destinado. La película narra el viaje físico, mental y moral que lleva a cabo el capitán Willard (Martin Sheen) tras los pasos de Kurtz, pero, al igual que en la novela de Conrad, el verdadero protagonista es el horror. La guerra de Vietnam, que mató a más de cinco millones de vietnamitas y cerca de cien mil soldados norteamericanos, tenía un nuevo nombre y un nuevo rostro: el Kurtz interpretado por Marlon Brando. Y es a éste a quien debemos precisamente la última trampa intertextual de la película, pues durante uno de los encuentros entre Kurtz y Willard, el primero recita, como por casualidad, partes del poema de The Hollow Men, de T.S. Eliot, un poema que comienza con una cita de El corazón de las tinieblas que dice “El señor Kurtz—muerto”. De esa forma la voz de Kurtz contamina el poema de Eliot, una elegía sobre la desesperanza y el vacío tras la Primera Guerra Mundial, y el poema de Eliot también contamina la voz del Kurtz interpretado por Marlon Brando:

“Somos los hombres huecos
Somos los hombres rellenos
Apoyados uno en otro
La mollera llena de paja. Ay
Nuestras voces resecas, cuando
Susurramos juntos
Son tranquilas y sin significado
Como viento en hierba seca
O patas de ratas sobre cristal roto
En la bodega seca de nuestras provisiones*.

Y aunque creímos descubrir a Kurtz al final y desvelar sus máscaras, su verdadera voz aún no la hemos escuchado, y como sucede en la novela de Conrad, pero también en el destino final vivido por el Kane de Welles y el Kurtz de Coppola, la mentira, el silencio o la muerte ocultan el secreto.

*Cito según la traducción de José María Valverde: T.S. Eliot, Poesías reunidas, Alianza Editorial, Madrid, 2006

 

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