La relectura del precoz Retrato del artista en 1956, el diario de Jaime Gil de Biedma publicado completo a su muerte, trae una de esas curiosidades simétricas con el vergonzoso dietario político (mayo de 2008). La voz que cuenta el diario, alguien llamado Gil de Biedma, relata cómo el recorte de un artículo que le han remitido a Manila, donde estaba trabajando, le recuerda la España que ha dejado atrás. Dice: “Título bien franquista: “la conjura tiene nombres”, aparecido, como no, en El Español. Había olvidado el estilo periodístico de mi país y durante todo el día la ira casi me ha hecho daño.”

La noticia refiere el cierre de una asociación de escritores de la que formaban parte Enrique Múgica, López Pacheco, Claudio Rodríguez o Muguerza, los llamados “nombres de la conjura”, que fueron procesados y acusados por “conspiración comunista”. Biedma escribe entonces que “por primera vez he sentido la tentación de exiliarme”. Curioso comprobar cómo sus palabras se pueden aplicar al presente: “Otra vez la misma deliberada histeria ad usum hispaniorum, la misma absoluta, cerril, exasperante estupidez, la misma mala fe. No sabe uno si llorar de risa o reír de rabia. Por más que me vigilaba, caigo en la cuenta de que en la ausencia había idealizado a España; topetazos como éste le quitan a uno las ganas de volver y la ilusión de que algo sea posible.”

Pienso en cómo esas palabras describen la supuesta conspiración en la cúpula del PP, en cómo el estilo periodístico de este país tiene raíces franquistas, y  éstas salen a la luz en cuanto se mueven las cúpulas políticas. Pienso en cómo la histeria ad usum hispaniorum viene de lejos en el PP, pero muerde en el centro mismo del sistema de partidos de este país, sistema opaco, cerrado, con un exceso de núcleos de poder y una falta de asambleas deliberativas de base. La conjura tiene nombres: son los de aquellos que han mantenido vínculos franquistas  de los que no han podido o no han querido deshacerse. Y esos lazos no tienen por qué ser personales; basta con que se mantengan procedimientos franquistas, jerarquías inamovibles, pensamientos de fanático, que no necesitan dar explicaciones ni solicitar acuerdos.

Lo peor no es que le corten la cabeza al líder de un partido en público, con tribunas y micrófonos como hachas, tejemanejes varios a la sombra o al descubierto (no sería conjura sino lucha intestina entonces); lo que le quitan a uno las ganas de volver y la ilusión de que algo sea posible, digo, es que todo está sucediendo ahora mismo, ahí delante, en una supuesta democracia, y no en 1956.