El Mes del Cine Solidario proyecta el documental Paisajes Transformados (Manufactured Landscapes), de la directora Jennifer Baichwal. Más cuadro que película, más retrato panorámico que naturaleza viva, Paisajes Transformados es una pequeña muestra del trabajo del fotógrafo Edward Burtynsky, dedicado a rastrear los nuevos paisajes que genera el ser humano, a veces a una escala descomunal, como en el plano-secuencia de cuatro minutos con el que comienza la película, durante el cual la cámara se desplaza a lo largo de una factoria ilimitada. China, el país que mejor ejemplifica, según el propio Burtynsky, esa desproporción en la que la fábrica humana ha entrado, se convierte en el centro principal de la película, y la directora Baichwal acompaña a Burtynsky en un viaje de trabajo a este país, no para trazar la crónica vital del artista o de los pormenores del viaje, sino para que tomemos consciencia, mediante el método distante que adopta la película, sin apenas juicios morales, del escenario y de los personajes que luego habitan las fotografías de Burtynsky: innumerables rostros anónimos volcados sobre un trabajo sin fin, un horizonte cuyo sentido no tiene más valor que el de la hora del trabajo o la marca de separación ante el trabajador contiguo, un individuo que deviene masa, hasta desaparecer entre los engranajes de una máquina que ni entiende ni puede controlar. Esa máquina, simplemente, es, existe, y adquiere más realidad que esos desheredados que luchan por encontrar un hueco dentro de ella.

Como en la parte final de la película, que aborda la construcción de la Presa de las Tres Gargantas, (unos 630 kilómetros cuadrados de superficie), queda un hombre que ni siquiera imagina ya el desajuste o la desproporción entre su vida y la obra en la que participa. No puede perder el tiempo; está abocado a encontrar refugio o supervivencia frente a un supuesto progreso que lo devora o lo arranca de su tierra, lo maneja a su antojo y le borra toda huella o vestigio de origen, como ha sucedido con los dos millones de desplazados afectados por la construcción de la presa.

Tal vez el Piglia de El último lector, o el Kafka del cuento De la construcción de la muralla china o el Borges kafkiano de Del rigor en la ciencia nos ayuden a entender el tamaño de un paisaje manufacturado, a escala inhumana, que se impone al individuo: el inventor que inventa una ciudad exacta a la ciudad real, una trama que se superpone a la naturaleza; el fabricante que sueña una fábrica tan ingente que al final ésta termina soñándolo a él. O los personajes del cuento de Kafka: deambulan de un lado a otro de una muralla que no deja de construirse para un fin que desconocen o que, sencillamente, no existe…

De esos temas habla esta película, que ya está condenada a convertirse en un clásico sobre la máquina-mundo, sobre una civilización que podrá reflexionar o plantearse sus pasos, pero que ya está aquí, tiene lugar en el sentido más estricto de la locución verbal, y con una belleza tan estremecedora e inquietante como la que captura el ojo de la fotografía de Burtynsky.

 

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