Parafraseando el título de la novela de Rafael Reig, Sangre a borbotones, nos adentramos en un febrero inestable y confuso previo a unas elecciones generales marcadas por las promesas, las frases de ritmo marcial y  la demagogia, cebos cuatrienales de una clase política acostumbrada a tratar a sus ciudadanos como menores de edad. Hace poco escribíamos que la crónica negra y las noticias económicas se comían el mínimo (o nulo) espacio deliberativo de los telediarios; ahora, viendo el rumbo que toman los acontecimientos, se me ocurre que quizá la propaganda de partido único, propia de las dictaduras, define mejor el perfil que adquiere la información televisada. Como casi siempre, se reflexiona mejor sobre lo que no se dice que sobre el ruido, se piensa mejor sobre lo que ha sido marginado o silenciado que sobre los dichosos temas de la agenda política, que poco tienen que ver con los problemas más graves de un sistema social depauperado. Enciendes el “ojo verdoso de la televisión”, como escribe Pynchon, y ni una palabra sobre la calidad del trabajo, sobre las políticas sociales que hacen agua, sobre la infraurbanidad y, sobre todo, ni una palabra sobre hábitos, costumbres o vidas que no pasen por el consumo.

Los ciudadanos escuchan y comprueban, decepcionados, impotentes, rabiosos, tristes y dudo que aliviados, que los discursos políticos, que las palabras sobre la transformación social de la polis, han llegado a su fin para dejar paso al pragmatismo* más atroz, a una ola de conformismo y realismo ramplón al que le bastan cambios minúsculos, parches sociales o  nuevas dosis del dogma “Que me quede como estoy”. Los políticos lo han entendido así, y por ese camino han comenzado a transitar, con tal arrogancia y desfachatez que parece que nos contentamos con que hagan lo mínimo que se espera de ellos. Creer, por otro lado, que la culpa procede exclusivamente de esta clase política y su coro de fieles, que han reducido la conflictividad social a grado cero, sería simplicar la cuestión. El modo en que la gran mayoría de la ciudadanía ha asumido el pragmatismo dominante (aceptar cambios siempre y cuando me proporcionen un beneficio inmediato) arroja síntomas de una anomia social galopante, de una sociedad que ha perdido mitos y cohesión. Si es cierto que el consumo produce una ética (mejor dicho: una ideología reforzada con justificaciones morales), aquí vemos algunas de las ruinas que deja a su paso:  las cosas se apoderan de las palabras, y nos nos dejan ver más allá  de lo tangible, de los placeres materiales.

Tal vez el signo más evidente de que hemos practicado, ejecutado e interiorizado plenamente el modelo social vigente, hecho de consumo compulsivo y pragmatismo liviano a partes iguales, es la forma en que hemos convertido el salario en el tema más sagrado, casi fundamentalista. Cuánto me pagarán por esta hora, cómo se notará la subida de tipos en mi salario, de qué forma puedo ganar más. Aspirar a un mayor poder adquisitivo o poder de compra, al fin y al cabo, olvidándonos de todo lo que no entra en mi salario y que repercute notablemente en mi calidad de vida. O quizá por pragmatismo volvemos a creer que, después de todo, aquellas cosas a las que no puedo acceder con mi salario también tienen un precio, y si puedo accederé a ellas. Pagando, claro. Quién nos iba a decir que los principales indiferentes ante el desmatelamiento de los servicios públicos y los servicios sociales son los ciudadanos que confían en escapar de éstos gracias a sus salarios. Bienvenidos, en fin, a la tiranía del individuo que se cree autosuficiente.

*”Para los pragmatistas la verdad y la bondad deben ser medidas de acuerdo con el éxito que tengan en la práctica. En el pragmatismo no existe el conocer por conocer. Si algo no tiene un fin o uso determinado no hay razón para que tal cosa exista.”. De la definición de pragmatismo de la Wikipedia. Para más información y para un estudio filosófico detallado del término, fuera de las connotaciones peyorativas que tiene en el habla, consúltese la entrada del Diccionario Crítico de Ciencias Sociales