Tal vez encontremos en la poética brechtiana las causas que han llevado a Belén Gopegui  a preferir el discurso argumentativo, en detrimento de la narración,  en su última novela, El padre de Blancanieves (Anagrama, 2007, Barcelona), la cual gira sobre uno de los temas principales de su obra: la disciplina económica que se ejerce sobre los cuerpos. “Nosotros trabajamos para que unos pocos se apropien de los beneficios. Pero no se trata de una anomalía sino de las reglas de un juego tan absurdo como dañino”, dice un personaje al referirse al funcionamiento de las empresas privadas. Esta novela polifónica sobre personajes que, por encima de todo, argumentan sus opciones políticas y sus críticas a un sistema desigual, pronto se ve frenada por los propios límites que la autora se ha fijado y, más por torpeza que por compromiso estético, el discurso argumentativo ahoga la narración y los personajes devienen voces políticas y no humanas, meros signos de una postura ideológica. De tanto defender sus opiniones, de sólo escucharles con ese rostro, se acartonan y resultan forzados o a veces, simplemente, tediosos.

Da la impresión de que Belén Gopegui no ha querido dejar sueltos y vivos a sus personajes con el pretexto de crear una suerte de género bastardo entre el ensayo, el panfleto y la narración, pero tampoco ha sabido dar un paso sólido hacia la distancia brechtiana, ya aludida, porque precisamente el tono de la novela deteriora el recurso de la polifonía: las voces de los distintos personajes suenan igual, en sus soliloquios de metáforas visuales y en sus ejemplos de problemas concretos, se confunden en un único narrador sólo preocupado por expresar juicios o, peor aún,  que moraliza sin dejar espacio a que el lector lo haga por su cuenta. Del actor sobreactuado, al director teatral que explica al público las claves con las que debe leer la obra.

De ese modo, y rozando la novela de tesis, El padre de Blancanieves presenta los efectos y las causas de varias historias humanas golpeadas por el sistema de mercado, el modelo económico del que, sugiere el libro, somos víctimas y verdugos, engranaje y motor. Es el caso de Manuela, una de las protagonistas del libro, una profesora de instituto que decide cambiar su vida y pasar a un mayor compromiso político tras ser consciente de la responsabilidad ante su vida cerrada de clase media, feliz en su dichosa ceguera. El marido de Manuela, Enrique, decide en cambio defender su burbuja y su aislamiento, como un padre encerrado por voluntad propia en una torre, como el padre de Blancanieves, hasta que llega al conflicto con su familia y, en particular, con su hija, quien acentúa su activismo político. Cruzándose con esta línea narrativa, las acciones del colectivo social en el que milita Susana (en concreto, la narración sobre la construcción de una planta de cultivo de algas para reducir los gases contaminantes de una chimenea y así denunciar la impasibilidad de los poderes políticos), personajes que entran y salen, la historia de amor de Goyo y Eloísa truncada por los miedos, la necesidad de que “preguntemos ahora” a quien no quiere afrontar verdades sobre la desigualdad social, sobre un modo de vida levantado sobre “propietarios que calculan sus beneficios”.

Sin juzgar el acierto o la fuerza de las opiniones que inundan el libro, muchas de las cuales son contundentes en su precisión, la novela no resuelve bien la plausibilidad con que deberían moverse y actuar los personajes por la ausencia, precisamente, de una mirada que vaya más allá del enjuiciamiento. Además, la estructura del libro necesita una revisión profunda. Valga como ejemplo que la intención de elaborar “informes sobre el mundo”, la idea brechtiana con la que arranca el libro, los informes sobre lo que ocurre en los institutos, en los hospitales, en las empresas, “pero también en las habitaciones”, guía los primeros capítulos y de pronto se pierde hasta brotar, doscientas páginas después, en sólo un par de hojas que resumen algunos casos sobre la tensión desigual entre trabajadores y empresas. Poco más queda de la ambiciosa puesta en escena inicial de la novela; ésta se declara partidaria de elaborar dichos informes, pero finalmente se conforma con mostrarnos (o mejor dicho, explicarnos) sólo uno, el referido a Manuela y Enrique.

Los compromisos materiales que adquirimos y las pérdidas personales que implican:  el tema central de El padre de Blancanieves, ineludible en cualquier sociedad que quiera reflexionar sobre su deriva, no asegura, sin embargo, un tratamiento formal adecuado. Frente al “narrar para comprender” de la novela La conquista del aire, donde Gopegui demostró que sabe narrar con gran habilidad, El padre de Blancanieves postula “el narrar para argumentar”, lo que produce una retahíla de opiniones y argumentos diseminados entre voces, a veces sorprendentes, otras repetitivas, y todo el tiempo políticas, hasta llegar a extremos extenuantes. Acierta Gopegui en señalar un camino imprescindible para devolver a la literatura su función de bisturí del tejido social, pero se olvida o se niega a colocar ese tejido social en unos lugares, en unas habitaciones, en unos espacios que adquieran credibilidad y que no parezcan, vamos, un simple teatrillo para que el moralista se explaye.

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