El último premio Pulitzer de narrativa de 2007, La carretera, de Cormac McCarthy,  encaja perfectamente en el género tradicional de novela, y es en gran medida convencional en su trama y en su voz narrativa. Pero que nadie se alarme: no es motivo para desdeñarla o para considerarla una obra menor. Es cierto que McCarthy lleva desde hace años indagando en las convenciones  procedentes de subgéneros como la novela del oeste (Meridiano de sangre) o la novela negra (No es país para viejos) para extraer historias pulidas y personajes extremos, siempre entregados a la épica de la supervivencia o de la huida. En esta ocasión, McCarthy ha depurado al máximo los materiales narrativos, siguiendo la condensación temática y estilística hacia la que camina su obra. De El guardián del vergel, su primera novela, en la que la yuxtaposición de capítulos se hilvana en una lógica morosa y errática, pasando por la inmensa Meridiano de sangre, cuyas voces narrativas juegan con un lirismo descriptivo en  plenitud, y la genial No es país para viejos, donde varias tramas y  narradores se entrecruzan (y su prosa, de frases cortantes, breves, de descripciones austeras, poco o nada tiene ya ver con la de Meridiano de sangre), hemos llegado, en fin, a La carretera, una novela corta, o un relato largo, con un solo narrador y una sola línea narrativa que avanza pausadamente, sin grandes elipsis, y que ordena con claridad su construcción narrativa a partir de escenas y de resúmenes de la peregrinación de  los protagonistas de la novela: un padre y su hijo, que caminan por una carretera interestatal en un país devastado, destruido por una guerra o un holocausto nuclear, hacia un punto impreciso, siempre hacia el sur, con la única obsesión de sobrevivir y encontrar comida y seguir vivos otro día más, mientras evitan los encuentros con otros supervivientes de la guerra.

El tono de la novela oscila, como una balada, entre la descripción de los escenarios—hipnótica según se avanza en la lectura: “la negrura era ciega e impenetrable… pecios de edificios esparcidos por el paisaje… La carretera, sembrada de escombros y desperdicios, que tenían que sortear con el carrito”—y los días que viven los personajes sin nombre, “pálidos como fantasmas”. Atrás quedan los experimentos con la estructura y las voces de otras novelas de McCarthy; todas sus dotes como narrador están volcadas ahora en la construcción de los personajes a través de la acción, o lo que es lo mismo, en las resonancias épicas de la historia.

A nadie se le escapa que la fuerza de una historia posnuclear nace de la desnudez de sus elementos. Como en los relatos de frontera, como en toda la obra de McCarthy, los personajes de La carretera están estigmatizados por un destino o un lugar o una vida que no han elegido, y con la que tienen que pelear; un mundo hostil, donde los personajes son guiñapos que luchan por encontrar unas latas de comida o por hallar un techo para no morir de frío, bajo un cielo que no protege sino que  maldice. Escenarios inmensos vacíos, caminos hacia la nada, un puñado de humanos que intentan sobrevivir donde lo humano se ha borrado. Igual que en la película de Michael Haneke, El tiempo del lobo, que gira sobre una comuna organizada para sobrevivir en una Francia posnuclear, y en la cual el personaje de un niño se ofrece como sacrificio a cambio de que termine la locura, La carretera plantea una pregunta para tiempos oscuros: ¿dónde queda la humanidad cuando el único fin es la supervivencia? Sin leyes, sin discursos moralistas, lo real engulle cualquier rastro de bondad. Todos, salvo uno: la mirada de un niño obliga a su padre a luchar. Los escasos rasgos de compasión que aparecen en la novela siempre vienen del mismo sitio: el padre actúa por el hijo, para el hijo. Para el padre, la vida carece de sentido, y se dejaría morir en cualquier lugar, como dice al principio de la novela, si no fuera porque el hijo lo necesita. “Sólo sabía que el niño era su garantía”, dice el narrador en la segunda página, “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”.

Y esa es otra lectura. El simulacro de realidad que ha escrito McCarthy está lleno de fuerza y logra emocionar hasta al lector más distraído, mediante un estilo sometido a la precisión, y en otras ocasiones a un lirismo desaforado, delirante. Pero es inevitable señalar que las resonancias bíblicas están ahí, toman fuerza a lo largo del libro, y sobre todo en sus últimas páginas, y merecen una lectura detallada que algún lector no sabrá perdonar. Este reseñista, en cambio, interpreta la “parábola con Apocalipsis de fondo” como una estrategia narrativa más, como un truco de contador nato, para universalizar la perdición y la soledad del padre de La carretera, quien se deja vivir porque tiene que proteger, con todo lo que tenga, a su hijo.

*Artículo publicado en el número 240, enero de 2008, de la revista El Viejo Topo.

 

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