Corren malos tiempos para el periodismo reposado. De los tres o cuatro periódicos de difusión nacional que se publican en este país, el género de los reportajes pierde ante las elecciones que toma el márketing, reformas finas y elegantes para conseguir nuevos lectores y abaratar costes. El pasado domingo, por ejemplo, uno podía constatar asustado que los reportajes de signo político o social habían desaparecido del suplemento El País Semanal, y, en su lugar, temas variopintos, secciones de moda, mucha foto y poco texto. Al final resulta que El País no había renovado su formato o su línea editorial; había terminado de adaptarse a los nuevos tiempos, que requieren un periodismo de carga y ataque, un periodismo de tomar bando o de guardar filas. En los asientos, unos periodistas que trabajan a toda pastilla, que redactan notas de prensa como quien lee el teletexto y que, en el mejor de los casos,  hacen dobles páginas o reportajes para los suplementos tras años diligentes de servicio.  Todos ellos, eso sí, muy limpios, impecables en su estilo y factura, no vaya a ser que alguien se sienta ofendido.

Quizá estamos equivocados y siempre fue así: el reportaje es un género minoritario, las secciones de promoción y de réditos políticos o comerciales desde hace mucho que tienen billete preferente para las páginas de los periódicos. Puede ser. Pero una ojeada a números atrasados, a reportajes de hace cinco o seis años atrás nos permite comprobar que los artículos de fondo se apreciaban y se cuidaban (corríjanme si me equivoco, por favor, que la memoria falla). Ahora veo cómo las grandes fotografías, a veces anodinas, sin particularidad alguna, se comen decenas de páginas de los diarios, y otras tantas corresponden a los faldones o las medias páginas de publicidad. Al principio creí que era una decisión de diseño y de prestigio; el poner fotos tan grandes, digo. Ahora creo que ha pesado igual o más el criterio comercial, y el ahorro que supone sustituir páginas escritas por fotografías también cuenta en la balanza de costes y beneficios.

Los nuevos inquilinos en toda esta historia, en todo este periodismo apresurado, de paso corto y mirada baja, son acaso las noticias de crónica negra, que están inundando, y a qué ritmo, los telediarios. Basta seguir los boletines televisivos en sus tres turnos (mañana, tarde y noche) para saber que la crónica negra y las noticias moralistas perfilan el periodismo de bajo coste. Dicho de otra forma: este tipo de noticias siempre fueron materia prima del periodismo, de acuerdo, pero ahora se han absolutizado hasta convertirse en centro y agujero del debate público. Recordemos, si no, al Ministro de Justicia y sus injerencias sobre el caso del chico que golpeó a una inmigrante en un tren en Cataluña, o las prisas del presidente del Gobierno en salir en la foto tras la vuelta a España de las azafatas detenidas en el Chad.

Exceptuando el ascenso de las noticias económicas, las otras triunfadoras de los últimos años, las que han alcanzado el estrellato según subía imparable el IBEX, las noticias de anécdotas violentas y crueles, atracos, muertes y demás temores se están apoderando, a golpe de lógica comercial (bajos costes y grandes audiencias), de los contenidos de la parrilla informativa. Queda poco tiempo, a este paso, para que los telediarios devengan un nuevo subgénero de la crónica negra, salpicada, por supuesto, con noticias políticas, las cuales deberán ser fabricadas y contadas con ingredientes de thriller y de anécdota moralista si quieren tener acceso al prime time del telediario. Los discursos elaborados, los argumentos que exigen códigos previos, y, por supuesto, los análisis de fondo parecen estar siendo expulsados, a gran velocidad, y con permiso absoluto de la opinión pública (léase, códigos deontológicos de la información), de la televisión. Quien quiera información de calidad, que se la pague: ése es el mensaje diáfano que se está transmitiendo desde los telediarios de los canales en abierto.

Periódicos que recortan la calidad y la extensión de sus reportajes, telediarios que se embriagan de noticias sobre nieve, billetes de lotería falsos y cestas de navidad: el panorama no es halagüeño, para qué negarlo. Quedan, eso sí, los libros y la red, los dos grandes soportes donde está marchándose el análisis y las voces discordantes. No puedo, sin embargo, resistirme a exigir que las grandes plataformas mediáticas de este país deberían poner las cartas sobre la mesa y decir abiertamente, sin tapujos, que ellas no informan, que no es su función, que se encarguen otros, que esto va de vender productos y generar consensos públicos para partidos y otros pagadores. Si eso pasara, como en el cuento del emperador, desaparecerían, como por arte de magia, porque, como todos sabemos, el secreto, aunque sea “secreto a voces”, no debe ser nunca revelado.

 

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