La hegemonía se construye a diario, pero no es un bloque cerrado o monolítico, sino una tensión continua, un conflicto entre intereses, una negociación tranquila o violenta según sus distintos contextos y actores.

La pregunta que se hizo Gramsci (¿Cómo se construye la hegemonía de los valores dominantes?) sigue tan vigente como en la fecha de su formulación, allá por la década de los treinta, en unos diarios y cartas que el ensayista italiano escribió desde la cárcel. Y, al mismo tiempo, la pregunta por el andamiaje de los valores dominantes nos conduce, sin remedio, a pensar en sus inestabilidades o en sus grietas inherentes: ¿cómo contrarrestrar esa hegemonía? ¿cómo levantar una contrahegemonía, o una guerrilla de dudas, contra el pensamiento dominante? Gramsci lo vio claro, y parafraseo a un gallego: no hay dominación sin consentimiento, las “clases subordinadas”, según el término de Gramsci, participan activamente en los valores dominantes, porque se identifican con éstos, los adoptan como propios, los asumen como naturales y comunes –zapar “el pensamiento del sentido común” exigía Gramsci a sus lectores–. Pero, y seguimos con el principio de la dialéctica, el pensamiento dominante no puede dar un solo paso a menos que tenga un camino ya marcado por el que seguir avanzando (la dominación absoluta aniquila la necesidad de dominación). A riesgo de simplificarlo: no hay dominación sin resistencia, no existe el más mínimo atisbo de autoridad sin voces discordantes, la risa burlona del dominado, la mano que se niega a obedecer, el campo abierto.

Durante mucho tiempo, los seguidores de Gramsci y los estudiosos de las trazas de la hegemonía se han preguntado por los distintos mecanismos que funcionan o colisionan a la hora de mantener los valores dominantes. El propio Gramsci habló de la importancia de ciertas instituciones como la iglesia o la figura de los intelectuales; décadas más tardes, los “estudios gramscianos” se han aplicado al análisis de los mass media y han producido resultados decisivos en el rastreo de la producción de sentido de los medios de comunicación.

El énfasis se ha puesto en gran medida en la intencionalidad del emisor, en los objetivos perversos que defiende la clase dominante para mantener su status quo. De nuevo, los defensores del significado han querido demostrar que la hegemonía se mantiene gracias a la producción de significado: la figura de la clase obrera se difumina en un discurso hegemónico que la ignora o la borra por completo; el valor de la propiedad individual como valor sagrado nace de un discurso que la ensalza y la protege y castiga con fuerza a quien osa cuestionarla u oponer alguna objeción (piénsese en el tratamiento de la okupación en España por parte de los medios de comunicación convencionales); el dinero gana a la ética desde el momento en que lo ético queda arrinconado si no viene acompañado de un buen abogado, un buen discurso o una buena posición social, es decir, de más dinero.

Sin embargo, pensemos a contrapelo:  ¿de qué forma la hegemonía echa raíces a partir de prácticas cotidianas, de puro desenvolverse en lo real y sus acontecimientos? Lo que carece de significado (y a veces hasta de rasgo alguno de discurso) adquiere primacía y condiciona en mayor medida los significados producidos bajo su influjo. Lo que no se ha estudiado dentro del ámbito del pensamiento es al final lo que genera y marca y dirige el pensamiento. Escribe Peter Burke en el prólogo a su libro La cultura popular en la Edad Moderna, que “[Y el ferrocarril habría contribuido] a erosionar las peculiaridades culturales de cada provincia y a integrar las regiones en las naciones, mucho más si cabe que el servicio militar obligatorio o la propaganda gubernamental”. La máquina de vapor, un invento, al fin y al cabo, es el responsable revolucionario de cambiar para siempre  la frontera y la nación, por encima de los discursos y las palabras.

Ésa es nuestra tarea pendiente, un trabajo del que queda mucho por hacer: preguntarnos, diseccionar, pegar con cola las prácticas de poder (a veces, puros efectos, de los que derivan otros; a veces, causas que generan incontrolables sentidos) que mantienen y refuerzan y consolidan la hegemonía. La ciudad, por ejemplo, convertida en un texto en el que buscar sus interpretaciones perversas, lugares en los que el espacio físico es un problema y un motivo de desigualdad, donde la reducción y el alejamiento de la naturaleza produce más sentidos en nuestra manera de pensar que los libros leídos. O el tiempo como delimitación y corte: ¿de qué forma cambio, me transformo, yo es otro, desde el momento en que sé que la mañana o la tarde no me pertenecen sino que están pautadas?

Buscar el origen de esas pequeñas producciones de sentido que, casi sin darnos cuenta, sin pasar por nuestra conciencia, van trazando una piel que decide por nosotros.

 

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