Llevo siguiéndolo desde hace años, desde que descubrí un reportaje suyo en El País dedicado a los asesinos de un niño de tres años.  El reportaje, firmado por un tal Enric González, retrataba a los asesinos (por entonces adolescentes de doce o trece años)  como seres humanos, como chavales que se habían equivocado y que iban a pagar por sus errores toda su vida. No necesitaban ser caracterizados como monstruos, como habían hecho los medios de comunicación ingleses cuando ocurrió el caso, para que uno pudiera comprender la locura y el sinsentido del asesinato de aquel niño.Enric González es uno de esos pocos periodistas por los que merece la pena seguir creyendo en el género del reportaje, en los matices del buen articulismo e incluso en el estilo personal e inconfundible, aunque parezca imposible, que se esconde detrás de sus noticias. Recuerdo algunos de sus últimos artículos, como el que dedicó a Primo Levi, o el que escribió hace poco sobre Magnum. Las cosas son así: uno lee muy pocas noticias hasta el final; busca las firmas de los periodistas que le merecen respeto y confianza y las sigue con secreta admiración.

Descubrí también, en un tiempo en el que buscaba referencias de estilo para escribir reportajes y otros textos periodísticos, su magnífico libro Historias de Londres. Comienza con humildad, con una voz narrativa que cuenta en primera persona los avatares de un periodista llamado Enric González. Poco a poco, el libro pasa de ser una crónica íntima a  convertirse en una lectura personal de los espacios míticos y de los personajes insustitubles de Londres, durante  la estancia que vivió allí Enric González como corresponsal. Aún no he leído su libro Historias de Nueva York, pero sé que lo acabaré leyendo. Hay más aprendizaje y contención y lirismo sin trucos baratos (“contra los poetas” que diría el otro) en la prosa de Enric que en la de muchos escritores que se jactan de su etiqueta de autores de ficción. ¿Todavía no se han enterado muchos escritores que la escritura no anida siempre en lo oscuro?

Ahora tiene un espacio dominical en el suplemento DOMINGO de El País, una columna dedicada a temas diversos tomando como pretexto un libro, no necesariamente una novedad. Es de las pocas páginas que merecen una lectura atenta, a veces casi devota, de El País, después de que este periódico se haya convertido en el pilar más fraudulento de la élite cultural y económica de este país ensimismado. Su último artículo, el de este domingo, lleva como título “El festín del icneumónido”, y ya se ha convertido (o eso espero, si existe la justicia periodística) en un ejemplo perfecto del articulismo mínimo, una miniatura exacta, una pieza con la que se construyen los patrones y surgen las imitaciones. Sólo Enric González era capaz de construir un texto tan desolado y tan lleno de humor trágico y que el lector apresurado llegara hasta la última línea y pensara: “Umm, esto es más de lo que estoy acostumbrado”. Así es Enric González: siempre entrega más de lo que uno está acostumbrado.

 

Anuncios