En la novela Cosecha Roja, de Dashiell Hammett, un detective de borroso nombre llega a la ciudad de Personville llamado por su cliente, un director de periódicos enfrascado en investigar la corrupción y los trapos sucios de su ciudad. No le da tiempo ni a conocerlo: lo asesinan la noche en que llega. El detective busca entonces al asesino… En alguno de los periódicos norteamericanos de 1927, fecha en que se publicó Cosecha Roja, algún periodista rastrea las últimas acciones de la mafia y descubre vínculos con cargos políticos… Está naciendo el periodismo de investigación, y los “rastreadores de basura”, como los llamaban entonces, encuentran en el ritmo y en las técnicas de la novela negra de folletín, de la pulp fiction, un modelo para tramar reportajes sobre la corrupción política del momento. ¿O fue al revés? ¿Encontró la novela negra las señas de su oficio en la fuerza con la que el periodismo de investigación sacudía América al final de la década de los felices años 20?

La deuda que contrajeron la novela negra y el periodismo de investigación es mutua, y no se sabe si el gusto por el dato escondido, por las figuras de doble rostro o por las cloacas del poder comienza en un género u otro. Al tiempo, tanto la novela negra como el periodismo de investigación influyeron y se dejaron influir por un nuevo medio de comunicación y de entretenimiento, que habría de revolucionar la cultura y la manera de contarla: el cine. La industria del celuloide aún estaba en ciernes en los años 20, y será en las décadas sucesivas cuando desarrolle todo su potencial narrativo, gracias al montaje y a la secuenciación por planos. Bajo estas condiciones, el género negro le sienta al cine estupendamente, y películas como Underworld de Sternberg, de 1927, muestran una manera trepidante, a golpe de acción, de atrapar al espectador. De la misma forma, la novela negra se esforzó en describir visualmente, con detalles calculados, las escenas de acción, tal vez la materia prima del género negro, como dijo Raymond Chandler en El simple arte de matar (1950). Los personajes entran y salen, se mueven, se desplazan en busca de un objetivo, pero el ritmo queda marcado por las escenas de acción, que condicionan el resto de los elementos. El género negro es acción, y la prosa y los personajes y la estructura viven para esa idea. Y esa idea, esa obsesión, es la misma que impulsa al cine.

No podemos imaginar al cine sin las películas de serie negra; no imaginamos tampoco la novela negra sin el corte y pega del cine, sin la elipsis, sin la urgencia por contar una historia en poco tiempo, en un par de horas a lo sumo. Atrás quedarán los escenarios cargados de detalles para que el personaje puesto en acción, con un punto concreto hacia el que ir, tenga lugar.

¿Dónde queda el periodismo de investigación en todo esto? En un sitio salpicado por el poder. Mientras el cine dejaría progresivamente el género negro en favor de otros géneros de acción, y la novela negra reducía su difusión, el periodismo de investigación bebió durante décadas de las técnicas y de los mecanismos narrativos del género negro. Donde había un detective de sombrero y mirada oscura, ahora un periodista de borroso nombre, escondido, arrojaba luz sobre acontecimientos que no encajan, sobre tierras mal vendidas, sobre tratos de favor; donde había una persecución y disparos, ahora los datos contrastados y fiables podían aplastar a más de uno.

El periodismo de investigación se comprometió a hacer su trabajo, y aguantó el tirón todo lo que pudo, en un entorno que no le era nada favorable. El peligro es, como en esas películas-pastiche de serie negra (que hacen un homenaje tan exagerado al género que no resultan creíbles), que el periodismo de investigación acabe convertido en imagen de marca y en señuelo, y no en raíz fundamental del periodismo. El periodismo cultiva entonces la investigación para dar imagen y prestigio al periódico, pero lo domestica  dentro de unas secciones y con miras interesadas, sólo a estos tipos, olvídate de aquellos que no nos interesan, dentro de unos tratos de favor que impiden el tramado de muchas noticias. Y cuando eso sucede, como ya nos hemos acostumbrado, el periodismo de investigación deja de tener como raíces la novela negra para tomar como nuevo modelo el pastiche, el molde y no la figura. Ya no inspira el detective sino el que aparenta ser detective, pesa más el eco atronador que la validez de lo dicho. O quizá, paradójicamente, el periodismo de investigación alcanzó su verdadera esencia: ser más ficción que la pulp fiction que la inspiró, ser más inhumanos y amorales que esos detectives que no dudaban en usar la violencia, pero que mantenían en su vida tres o cuatro principios inquebrantables.

 

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