“[Parafraseando a Max Weber] El Estado es una X (por determinar) que reinvindica con éxito el monopolio del empleo legítimo de la violencia física y simbólica en un territorio determinado y sobre el conjunto de la población correspondiente”—Razones prácticas, Pierre Bourdieu.

Las últimas turbulencias en el sistema financiero mundial presagian un material inflamable entre las manos de los medios de comunicación de masasDesde el golpe informativo de primeros de agosto, cuando la importancia de las hipotecas subprime (con intereses muy elevados, que provocaron una elevada morosidad) saltó a la luz, la prensa y la televisión dedican a diario bloques informativos sobre los efectos que, despacio y sin pausa, la inestabilidad financiera puede provocar sobre las economías reales. Paradójicamente, en el proceso de contar y rastrear una crisis hipotecaria anunciada, los medios de comunicación sirven de eco atronador sobre cualquier pequeño desequilibrio económico. Y si la crisis hipotecaria estadounidense se agudiza, como así parece, el hambre de información aumenta, y con él las noticias de signo aún más alarmista, que incrementará otra vez el apetito.

Atentos a cualquier raro movimiento bursátil, expectantes ante las declaraciones de los gestores económicos, los medios disparan sobre cualquier hecho que conecte con la crisis financiera, aunque  saben, sin embargo, que las noticias de alarma económica perjudican el consumo y la inversión privada, tan necesitadas de una percepción social positiva, triunfalista o confiada. Hoy mismo el banco hipotecario inglés Northern Rock asiste a su desplome bursátil, pese a los continuos mensajes de solvencia económica. Demasiado tarde: la especulación, que anima tantas veces a los inversores inquietos, se ha transformado en desconfianza, y miles de ciudadanos ingleses retiraron sus ahorros del banco, sabedores de que el cash, el dinero contante y sonante, vale más que una promesa de difícil cumplimiento. Según esta misma lógica, los rumores de hoy, que provocaron una nueva bajada del IBEX 35, procedían de las declaraciones del presidente del banco Northern Rock, quien afirmaba en el periódico The Independent que tres bancos españoles también habían solicitado créditos urgentes al Banco Central Europeo. No importa que se niegue por parte del Banco de España o del Ministro de Economía. El daño está hecho, el rumor se ha extendido, la desconfianza nos hace dudar de la fiabilidad de las fuentes, por autorizadas que sean. Y los medios, por más que cubran con cautela los rumores, han cumplido su parte del trato, fagocitados por la alarma social, y la imagen de decenas de clientes haciendo cola ante una sucursal del banco Northern Rock les atrapa (nos atrapa) sin remedio.

 Al mismo tiempo, el poder de la sospecha es tan fuerte que los propios medios de comunicación caen en descrédito. Los lazos económicos que mantienen, la lógica empresarial que les nutre, no permite, no puede permitir, que la alarma social se descontrole, y los actores políticos o económicos que traen mensajes de optimismo encuentran refugio mediático con rapidez. Por el camino perdemos el contraste o el rigor de las fuentes; el medio se limita a servir de correa de transmisión para las grandes instituciones. Hace pocos días, el presidente de la CEOE dijo que no había motivos para la preocupación y pedía a sus sedes que no alarmaran sobre la situación económica. El País corroboró estas palabras con un editorial titulado “Llamada a la cordura”. Ahora bien,  si llegaran malas noticias, ¿cómo nos enteraríamos? ¿Seguiremos alabando los buenos resultados incluso cuando no lo sean? La propaganda quiere cumplir su cometido, y olvida el daño que ocasiona cambiar los hechos o las circunstancias reales, y nos ponemos, como si fueran una camiseta, ojos que no nos dejan ver.

 Perdidos entre juegos de percepción, los grandes relatos de crecimiento económico, que ahora parecen llegan a su fin, hace mucho tiempo que se desentendieron de una capa enorme de la población a la que ni le sobra el dinero, ni invierte en bolsa ni se sonríe cuando suben los pisos. Perdidos entre los catastrofistas y los satisfechos, estos medios que ahora cultivan a diario, y con gesto serio, espacio informativo sobre los problemas de crédito de los grandes bancos hace mucho que se olvidaron de las familias que, finalmente, sin remedio, incapaces de pagar unos créditos a un interés altísimo, originaron una crisis de impredecible alcance, como sugería un chiste afilado y certero de El Roto. Esas mismas familias que aguantaron, y que aguantan aún, bajo un silencio informativo atroz acerca de las condiciones (económicas, pero también de espacio y de desplazamiento) por las que han de pasar para pagar el derecho a una casa.