“De la ética depende la credibilidad de un periódico. Y sin la confianza de sus lectores, un periódico no puede existir”–Pepa Roma.

El libro Los elementos del periodismo (Ediciones El País, Madrid, 2003), de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, expone los principios básicos que deben guiar el trabajo del periodismo. Lo que convierte este informe en imprescindible, fruto de tres años de reuniones y encuentros por parte  del CCJ, Commitee of Concerned Journalists (Comité de Periodistas Preocupados), y del Project for Excellence in Journalism (Proyecto para la mejora de la calidad del periodismo), es la rotundidad y la fuerza informativa con la que se desgranan los principios fundamentales del periodismo, confeccionados mediante un riguroso trabajo de documentación y de entrevistas a más de mil doscientos periodistas. A partir de una descripción de los contenidos hegemónicos de los medios de masas, marcados por las pautas del entretenimiento y la diversión (el infotenimiento, dicen), Bill Kovach y Tom Rosenstiel, directores de las organizaciones mencionadas, recogen en Los elementos del periodismo las reglas de trabajo que hicieron del periodismo una de las herramientas fundamentales para la formación de la opinión pública, con el fin, como se reitera en numerosas ocasiones a lo largo del libro, de que la prensa libre e independiente “sirva para que la ciudadadanía sea capaz de gobernarse a sí misma”(p.271). La principal amenaza de ese objetivo, amenaza que lleva actuando desde hace años y por lo que este libro nació como respuesta, es “que la prensa acabe engullida por el mundo del discurso comercial” (p.265), o que el lucro privado de los propietarios de los medios de información devaste por completo “la información de interés público”. Bill Kovach y Tom Rosentiel no se han resignado y han lanzado voces de alarma y avisos para navegantes.

Las nueve reglas que deben guiar el periodismo, discutidas y elaboradas a partir de los foros organizados por el CCJ, son las siguientes:

1. La primera obligación del periodismo es la verdad.

2. El periodismo debe lealtad ante todo a los ciudadanos.

3. La esencia del periodismo es la disciplicina de verificación de los hechos.

4. Los periodistas deben mantener su independencia con respecto a aquellos de quienes informan.

5. Los periodistas deben vigilar al poder y dar voz al que no la tiene.

6. El periodismo debe proporcionar un foro público para la crítica y el comentario.

7. Los periodistas han de esforzarse para que la información sea sugerente y relevante.

8. Las informaciones deben ser exhaustivas y proporcionadas.

9. Los periodistas tienen una responsabilidad con su conciencia.

Y por encima de todos ellos, como matriz, el propósito principal del periodismo es ofrecer a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos. Una información basada en la verdad, sin coacciones, independiente de los condicionamientos externos, pues, como en una cita de Walter Lippman usada en el libro, “necesitamos la verdad para detectar la mentira”.

El periodismo se distingue de otros géneros como la propaganda o la ficción en su búsqueda exhaustiva y minuciosa de los hechos. “Aquí, nada es inventado”, dijo un novelista cuando trabajaba como reportero. Y al tiempo que nada debe ser inventado, bajo el principio básico de “no engañar”, el periodista tiene que esforzarse, investigar, rastrear y verificar los hechos, buscar las fuentes primeras, documentarse con rigor y transparencia. De lo contrario, las fuentes interesadas, los errores, las afirmaciones malintencionadas o la propaganda se cuelan en las noticias y se convierten en materia prima del periodismo. Lo que resta credibilidad a los periodistas y erosiona sus capacidades para informar a la opinión pública. Si se extienden en las redacciones estas pautas de mala praxis, estas rutinas de precariedad y falta de rigor, como empieza a suceder, ¿qué tiene el ciudadano para defenderse de las mentiras?

La conjunción de la búsqueda desesperada de audiencias y el uso interesado de los grandes grupos mediáticos por vender sus productos y sus figuras, han herido de muerte al periodismo. Tal vez estamos asistiendo al fin de la profesión del periodista, pues si, como dicen los autores de este libro, un periodista es quien ejerce los principios que hemos enumerado, y no cualquiera que tenga un “carné de periodista”, entonces  abundan sólo los comunicadores, los redactores de notas de prensa y los trabajadores dependientes de sus jerarquías. Escriben Kovach y Rosentiel: “los nuevos conglomerados internacionales, como AOL-Time Warner, han subsumido al periodismo en sus culturas empresariales, que son mayores que él. Las interdependencias son tantas que muy pronto cualquier periodista que apele a su independencia será tachado de poco realista” (p.174).

Los autores no defienden un modelo público o subvencionado que salve al periodismo de su desaparición; abogan por la responsabilidad que tienen los propios periodistas para con su trabajo y, por tanto, con la ciudadanía. Se propone la autorregulación, pero en ningún momento se habla de frenar política o legalmente el peso que tiene la rentabilidad económica sobre el derecho a la información, pese a que la mayor parte de los periodistas entrevistados sean muy conscientes de que la calidad de la democracia depende íntimamente del desarrollo de una prensa libre.

En un país como España, donde los marcos de autorregulación sobre el periodismo no funcionan, donde los medios públicos han entrado en la lógica del beneficio empresarial, donde la prensa actúa como guardian de partido político y no del poder, y donde, en fin, los intereses de la ciudadanía se han sacrificado en nombre de nichos de mercado, élites de poder y perfiles del consumidor, parece  probable que los principios fundamentales del periodismo se extingan lentamente en los medios convencionales. Creer que los periodistas van a reaccionar contra las condiciones vigentes de su trabajo suena ilusorio*, aunque libros como Los elementos del periodismo sean una muestra de resistencia. Mucho más eficaz sería si diéramos la espalda a los bazares y a los mercados en que se han convertido los medios, y llenáramos las redacciones con cartas al director para exigir mayor independencia al periodismo imperante. Mientras tanto, nos quedan los medios alternativos (aunque muchas veces se salten las reglas básicas del periodismo), las voces discordantes, las noticias sobre la terra incognita en nuestras ciudades, según una metáfora del propio libro, y la certeza sobre un principio fundamental: sin credibilidad, sin un respeto escrupuloso por la información verídica y de interés para la ciudadanía, el capital simbólico de un medio de información desaparece, y junto con él sus lectores o espectadores. Y ahora que sigan por el camino que han empezado.

*Juan Varela se hacía eco en su blog Periodistas 21 de los tres principales problemas de los periodistas, según los datos del último Informe Anual de Profesión Periodística de la Asociación de Prensa de Madrid: la precariedad laboral (67,7%), el intrusismo profesional (45,8%) y la baja remuneración (42,4%). Para el público, en cambio, es la falta de credibilidad, que sigue descendiendo según el CIS. Os remito al artículo de Juan Varela “Periodistas preocupados por el oficio”.