Veo, casi por accidente, en el auditorio de CCOO, el documental El Severo me duele, sobre el caso de las denuncias de irregularidades en el Hospital Severo Ochoa de Leganés (puede verse entero en la web www.elseveromeduele.com).

Riguroso en su aproximación, planteado como una serie de entrevistas a los personajes que vivieron de cerca el caso, “altavoz de los que no tuvieron voz”, como dijo uno de sus realizadores, el documental examina y repasa el caso del Severo Ochoa desde el relato de los médicos, enfermeros y gestores que trabajaban en el Hospital y que sufrieron la persecución mediática y administrativa por las sospechas de sedaciones ilegales.

Tres temas se entrecruzan  en este caso, tres temas que se producen, se empujan y dialogan en el documental.

El primero es la falta de la presunción de inocencia, que se incumplió desde el principio del caso, en marzo de 2005, cuando se dio credibilidad a unas denuncias anónimas que acusaron al servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de practicar sedaciones irregulares. Los cesados por el caso (como Luis Montes, entonces jefe de urgencias del Hospital, acusado de homicidios involuntarios) aún están esperando la sentencia judicial después de veintisiete meses. La respuesta de solidaridad unánime del Hospital (los inspectores enviados por el Consejero de Sanidad no hallaron prueba alguna de delito o de irregularidad y concluyeron  que las sedaciones fueron correctas) nada pudo contra el tejido mediático que se urdió desde varios frentes: no sólo buscaron denigrar la profesionalidad de los médicos del Hospital Severo Ochoa, sino que quisieron extender el temor y la desconfianza sobre toda la sanidad pública, con unos daños irreparables sobre la institución sanitaria, que sufre el acoso mediático (y el recorte presupuestario) desde hace años. Se llegó a decir incluso desde algunos medios (caso de La COPE) que las sedaciones se practicaban para que los enfermos terminales no ocuparan durante mucho tiempo las escasas camas del hospital… Como pasó en aquel otro caso del que ya hablamos, nadie se atrevió a pedir responsabilidades a los periodistas implicados.

El otro tema, seguramente el más importante y central de este caso, fue “el debate sistemáticamente distorsionado” acerca de los fines y las funciones de la sedación para enfermos terminales, defendido en todo momento por el grupo de Urgencias del Hospital Severo Ochoa, que, sin embargo, fue suplantado por el debate, ajeno a los hechos y a los sucesos investigados, acerca de la eutanasia forzosa. De nuevo la función deliberativa, que debe exigirse a los medios de comunicación, se rompe a favor de una especie de sectarismo dogmático o ideológico, sin importar las verdades, los hechos o los datos que sostengan las argumentaciones. Tal vez no vamos tan desencaminados, por tanto, si añadimos, como dijo alguien en el coloquio posterior a la proyección del documental, que el escándalo mediático acerca del Hospital Severo Ochoa sigue la lógica perversa de los “instigadores del ácido bórico” y las teorías de la conspiración detrás del 11-M. Cuando la realidad se resiste a someterse al relato mediático, no tengo más que hacerla desaparecer en la vorágine del simulacro que no deja de crecer y crecer….

Por último, el documental El Severo me duele apunta  algunas de las posibles razones que impulsaron las denuncias del Consejero de Sanidad Manuel Lamela y la posterior persecución mediática. Entre otras, un caso que permitía una vez más erosionar la imagen de la sanidad pública, una campaña de descrédito de la cual salieran fortalecidos los defensores y los gestores de la sanidad privada. Una voz en el documental sugiere que el caso del Severo Ochoa permitió legitimar la construcción y la financiación por parte de empresas privadas de los últimos hospitales levantados por el PP en la Comunidad de Madrid.

Es en este último punto en el que me permito disentir. Los medios de comunicación han demostrado con creces su fuerza para hacer debatir a la opinión pública sobre ciertos temas (incluidas las cortinas de humo), mientras otros se pierden en espirales de silencio o en los márgenes informativos. Sin embargo, creer que la manipulación mediática de un caso como el del Hospital Severo Ochoa ha sido exitosa, y que ha producido  efectos en un solo sentido, y con una sola interpretación (sin  tener en cuenta los múltiples sentidos colaterales que genera y disemina), es casi como un acto de fe o un principio que roza de nuevo las teorías conspiratorias. Por supuesto que los medios intentan hacer lecturas interesadas y arrimar el ascua a su sardina; otra cosa es que lo consigan. El receptor añade, en el proceso de interpretación, sus propias ideas y posturas, y que en ocasiones se exalte con ciertos relatos no significa necesariamente que el mensaje ideológico haya atravesado la piel de sus convicciones. Mucho más importante, si cabe, es la capacidad de reacción del receptor, que necesita información y discursos y relatos que le permitan hacerse una idea más cabal, y más deliberativa, de lo real. Y un ejemplo mismo podría ser el hecho de que exista, se difunda y veamos este documental.

Entre los asistentes a la proyección del documental se encontraba Luis Montes, el ex jefe de Urgencias del Severo Ochoa. Insistió en promover este documental. Al final, quizá, la única forma de combatir la infamia es dejar que surjan las verdades, los hechos y los datos, por marginales que nos parezcan, por escasa que sea la difusión de este documental. Como diría Orwell, es el silencio el mayor responsable de que la mentira se haga más fuerte…

PD del 22/6/07: Hoy se da la noticia de que se archiva el caso sobre las sedaciones de Leganés por falta de pruebas y de indicios de delito. ¿Ahora cómo se repara el daño causado durante el proceso mediático, que ha sido de mayor alcance y violencia permanente que el judicial?