Las críticas, laudatorias en exceso, sobre Zodiac, la última película de David Fincher, olvidaron insistir en que no es un thriller: de los 158 minutos de duración, dos horas largas son escenas de tipos que hablan y discuten, interpretados por unos actores soberbios en una puesta en escena pensada por y para el diálogo. Zodiac gira sin cesar sobre las pruebas y los datos, lo que lastra su ritmo audiovisual, y concluye (de forma coherente con su discurso) sin catarsis posible. Y no le demos más vueltas: la propia matriz narrativa de la película, el flujo ininterrumpido de información entre policias y periodistas, es al mismo tiempo el gran acierto y error, pues termina ahogando la tensión dramática.

Ahora, eso sí, es una estupenda película a partir de la cual reflexionar sobre los puntos de frontera entre el periodismo y la investigación policial, campos que con frecuencia han confluido en el cine de género negro.  Y Zodiac quiere ser una revisión (demasiado atenta por no caer en sus mismos clichés) de esa clase de cine.

1. El dato

Zodiac es una película sobre datos. Mejor dicho: Zodiac es un dato. Desde el primer momento, los investigadores y los periodistas siguen búsquedas parecidas, y si los primeros quieren encontrar las pistas que les lleven a la identidad del culpable, los periodistas buscan la noticia para sus lectores. La obsesión es el único camino que queda: sin pistas que encajen dentro del puzzle del asesino, la investigación queda abierta, y los cabos sueltos apuntan a todas las direcciones, como si la ausencia del culpable nos volviera a todos culpables (“¿Qué tenemos? ¿2.500 sospechosos?” le dice el policía Dave Toschi a su jefe). Por su parte, los periodistas intentan encontrar explicaciones transitorias y precarias a unos hechos que les desbordan, con el fin de que el público encuentre algo de seguridad. El periodista cierra el camino a Zodiac mediante la noticia, poniendo cerco a los datos y a los indicios. De esa manera la película traza un rastreo exhaustivo (a veces sorprendente, otras, repetitivo) de las pruebas y las pistas que aparecen a lo largo de la investigación en orden cronológico. Y ése es tal vez el tema de Zodiac, su fuente temática y narrativa: el dato guía toda la película, es el verdadero turning point que la dramatiza y la impulsa. Así que ahí viene una de las preguntas que provoca esta película: ¿puede la información verbal ser el corazón de un drama?  Zodiac no escoge los trucos audiovisuales, o la escenificación dramática según aparecen las pruebas; se limita a enunciarlos mediante los diálogos de los personajes. Zodiac, en este sentido, está más cerca de la palabra y de la literatura que del discurso audiovisual. Ésa es su apuesta. Y ahí subyacen las dos lecturas para el espectador: el que verá la película desde el placer que procura la información y el rompecabezas lento, errático, de las pruebas; y el que la entenderá como la escenificación de unos personajes que van dictando con palabras un informe saturado de nombres.

2. El periodista y el investigador

En Zodiac, estos dos oficios se solapan el uno con el otro. Como hemos dicho antes, el periodista quiere encontrar la lógica narrativa; el policía, la lógica delictiva. Se encuentran, sin embargo, con el poder de los medios de comunicación, del que se aprovecha el asesino, quien envía cartas a varios periódicos y exige su publicación para incrementar el placer que le produce dar a conocer sus asesinatos, pero también para diseminar el miedo y la amenaza; de esa forma sus acciones adquieren más fuerza porque son vociferadas por los medios, que se debaten entre su compromiso con la información y su atracción irrefrenable por el asesino-espectáculo. En este aspecto el periodista y el investigador se distancian: el primero quiere dar un sentido a los datos y darlos a conocer cuanto antes al público, mientras que el policía no desvela a la luz pública su investigación hasta que tiene pruebas concluyentes. El peligro en ambos casos es el mismo: que las piezas no encajen, que los hechos no confirmen las sospechas o los rumores, porque el daño que se puede hacer desde un campo u otro (miedo y culpabilización del inocente) es enorme.

El narrador de Zodiac divaga entre ambos enfoques, aunque sabe que al final su trabajo le obliga a cerrar la historia, a darle forma, a otorgar alguna expiación de la culpa. El periodista (en la segunda mitad de la película, Robert Graysmith) convence al policía Dave Toschi: las pruebas, a las que debe someterse la investigación policial (como dicen numerosos personajes a lo largo de la película), no arrojan pruebas incriminatorias irrefutables; en cambio, la lógica de la concatenación de las pruebas existentes es el único código del periodista. Las pruebas retroceden ante el relato que suena convincente…

3. Zodiac y el misterioso código del cine

Por último, Zodiac utiliza el truco del cine dentro del cine, la cita a los mecanismos que suelen funcionar dentro del propio discurso. En esta ocasión, Fincher juega a la intertextualidad desde varios códigos, uno de los cuales, el más obvio, es la propia estética cinematográfica. Zodiac pretende emular, casi calcar, los planos, los ambientes y los clichés formales de las películas de los setenta (sobre todo, Todos los hombres del presidente de Alan J. Pakula), y el esfuerzo es tan deliberado que a uno le hace pensar si Zodiac no es, sobre todo, una película sobre lo que son los thrillers, una reflexión austera sobre lo que el cine nos ofrece, desde las acciones del asesino (que imita los discursos de un personaje salido de la película El malvado Zaroff) y los personajes escogidos (el detective Toschi inspiró el personaje de Bullit, se nos cuenta), hasta el asesino real en el que se fundamenta Zodiac, que sirvió de fuente de inspiración a numerosas películas (“Ya están haciendo películas”, dice Toschi cuando ve que Scorpio, el asesino de Harry el Sucio, imita a Zodiac). De este modo, la película de Fincher muestra los entresijos de las películas sobre Zodiac y, por extensión, sobre las de los asesinos, para intentar postularse como una película de documentación rigurosa, basada en los hechos reales (tal como se anuncia debidamente al principio y al fin de la misma), y contraria, por tanto, al espectáculo más maniqueo de los thrillers. Y, sin embargo, esa distancia con respecto a sus predecesores cinematográficos está construida de forma tan enfática que restringe, tal vez, el propio juego del cine, hasta transformar la ficción, como hemos dicho, en mero reportaje o informe. Como le pasa a uno de los policías de la película, quien aún no se ha atrevido a probar el pescado crudo de la comida japonesa, el espectador asiste a una ficción que, en su intento de huir de las convenciones más acusadas del género, puede atragartársele y resultar, sin más, una película larga y pesada. Y hay algo peor que no ser capaz de descubrir un código secreto; es que el proceso mismo de descubrirlo no resulte fascinante.