El otro día, después de una larga jornada televisiva, empecé a discutir con mi amigo D sobre los blogs y su extraño futuro. Le conté a D que hace tiempo quiero escribir una entrada sobre el tema, que había pensado titular, pomposamente, “La frágil revolución de los blogs”. Creo que es así, que el cambio que ha traído la blogosfera es aún muy frágil, porque los medios de Internet no están luchando contra los contenidos de los medios convencionales. En lugar de asentarse una blogosfera basada en la información,  abundan, uno, los blogs que repiten contenidos y eventos aparecidos en los medios convencionales; y dos, los blogs de opinión, cuyo principal objeto de discusión procede de las noticias mediáticas. Es decir,  la blogosfera actual no deja de ser una cita, una paráfrasis, sobre los contenidos de los mass media. D está de acuerdo en parte del diagnóstico, pero difiere en la solución al problema.

Yo creo, le digo, que hace falta que los blogs se presenten como medios de información, que aprendan de las técnicas del periodismo para que una parte de la blogosfera lance y difunda sus propios contenidos. Lo que más me interesa, le cuento a D, no es sólo el poder que tiene la blogosfera para crear o dirigir opinión; es también el enorme potencial que tiene para alterar la agenda y los temas de debate, y todo lo que sea contrarrestrar el monopolio de la información de los medios de masas es bienvenido. “Debemos terminar con el periodismo como profesión”, le digo a D. “El periodismo es una actividad ciudadana, uno de nuestros derechos fundamentales, y los blogs lo demuestran“. Sólo necesitamos aplicar las técnicas y los métodos de trabajo del periodismo para ganarnos la legitimidad informativa que se echa de menos en muchos blogs y en muchas webs.

“Pero, ¿por qué hacer periodismo?”, me pregunta D. A él le interesa de la blogosfera lo que tiene de rupturista, de distinto, de nuevo, con respecto a los medios tradicionales. “¿Por qué tenemos que legitimarnos usando las técnicas del periodismo?”. Ahí empieza la discusión. Le contesto, repitiéndome, que si los blogs emplean técnicas periodísticas (contrastar fuentes, usar géneros periodísticos, redactar personalizando y dramatizando la noticia), tal vez se conviertan en verdaderas plataformas informativas; D argumenta que los blogs hacen información, pero sin usar el periodismo. Estamos demasiado acostumbrados a los medios tradicionales como para reconocer que un azaroso número de entradillas, con sus correspondientes comentarios, puede ser una forma mucho más práctica, plural y moderna de informarse que el artículo periodístico, cerrado, individual, cargado de autoridad y de auctoritas. Frente al monumento, la red o un montón de fragmentos sin modelo. “Los blogs están construyendo un nuevo modelo de información, distinto al que hemos conocido hasta ahora”, me explica D. Es cierto. Tengo que reconocer que, intentando encontrar vías para contrarrestar el poder de los medios tradicionales, tal vez haya defendido, sin darme cuenta, sus modelos comunicativos obsoletos y agotados. De hecho, la incorporación de numerosos blogs en las web de los medios tradicionales, puede interpretarse, explica D, como si el periodismo convencional hubiera encontrado en ellos un asidero para sobrevivir en la era de Internet. Son los blogs los que salvan a los medios tradicionales, y no al revés, aunque suene tremendo. Y la verdad es que me convencen sus palabras. No hay más que mirar el aburrido modelo comunicativo del periódico o de la televisión, medios que, pese a tener de su parte la difusión masiva, están condenados por los límites de sus contenidos, de sus páginas o de sus horas de emisión, y poco pueden hacer contra los blogs o las webs especializadas, que propician una mayor atomización de las audiencias (y, por consiguiente, de la publicidad), con todo lo que esto supone de revolución copernicana contra los medios de masas. La era neobarroca, como escribió Calabrese, ya está aquí, y la parte, el detalle minucioso, adquiere más valor que el conjunto, que se pierde en su desproporción.

Se ha hecho tarde, la botella de agua sustituye a la cerveza y el olor a tabaco ocupa más que el pequeño salón. Nos decimos, como es habitual, que a ver si nos vemos más a menudo.

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