Hay luz al final del túnel, no debemos abrir las heridas del pasado, es el triunfo de la democracia, hoy hemos ganado todos… Los clichés periodísticos o comunicativos, esos trucos formales con los que se redactan las noticias (y que abundan sobremanera en la televisión, el medio de mayor alcance informativo), se han convertido en el pan nuestro de cada día: la sombra de X es alargada, este partido fue un acto de casta, esto es lo que quiere un ciudadano normal. Como en una factoría de muebles de ensamblaje rápido, pero de catálogo limitado, los periodistas simplifican los hechos para enmarcarlos dentro de una serie de formatos y géneros, que exigen a su vez una serie de atributos repetidos, unas constantes que les den forma y significado. Si los hechos se resisten a adaptarse al cliché periodístico del género, no hace falta más que escoger aquellas opiniones o interpretaciones que lo permiten. Pensemos, por ejemplo, en los clichés procedentes de las noticias de crónica negra, que siempre retratan a un delincuente de rostro inhumano; o en las noticias de la prensa del corazón, festival esperpéntico del cliché, donde las noticias que más se difunden son aquéllas que mejor encajan dentro de unas marcadas convenciones de género (en su doble sentido). Por su parte, muchas veces las fuentes informativas que conocen bien los mecanismos narrativos del periodismo (políticos, portavoces, gabinetes de prensa) elaboran comunicados en busca de algún sagrado cliché, con el fin de facilitar la tarea al periodista y con el propósito de insertar sus palabras dentro de la pista imparable de la información, cuya cara, como sabemos, cambia de tono, profundidad y material con gran rapidez.

Para muchos periodistas e investigadores de la comunicación, el uso de los clichés periodísticos en la redacción de noticias no es sólo inevitable, sino también necesario. El antropólogo Lévi-Strauss, uno de los padres del estructuralismo, describió el uso de los mitos como una de las herramientas primarias para la construcción del imaginario social y moral de una cultura; los clichés, según esta idea, no serían más que los restos, aún enormemente productivos y creadores, del naufragio de los mitos y de los grandes relatos, y su utilización no es más que el resultado forzoso de una comunicación que se hace global y masiva. Los clichés son, por tanto, el estilo formulario, los mimbres, los trucos con los que están obligados a escribir los relatores contemporáneos del imaginario social y moral si quieren ser merecedores de dicho nombre, esto es, los medios de comunicación de masas. [Me pregunto qué sucede cuando las noticias sobre la vuelta a casa de los soldados tras una guerra no dibujan el retorno del hijo de la patria, sino al  muchacho que ha vuelto más perdido y menos hijo de la patria del que fue al frente. Me pregunto si no es, de hecho, este cambio de tendencia en numerosos diarios americanos uno de los factores que ha incidido en el revés de la opinión pública norteamericana frente a la guerra de Irak]

El otro argumento esgrimido para justificar los clichés periodísticos procede de la teoría de la recepción: sin estereotipos, ¿de qué forma transmitimos o comunicamos la realidad? Todos simplificamos a la hora de contar una información o un hecho, porque si no, nuestros receptores no nos entenderían. Los marcos de recepción que proporcionan los clichés periodísticos simplifican lo real, de acuerdo, pero a la vez amplían nuestros lectores. Como explican numerosas teorías del aprendizaje, aprendemos algo nuevo por relación con nuestros conocimientos previos, así que, si queremos entender ciertas noticias e historias, debemos inscribirlas dentro de un marco conceptual conocido y asumido moralmente. De ahí que los matices (de cualquier tipo) no encajen bien dentro de los relatos más populares. Evidentemente, esta teoría tiene una lectura perversa: cuantos más clichés use mi noticia, más fácilmente será difundida y comprendida, con todos los riesgos que esto supone para unos medios obsesionados con las cuotas de audiencia; de igual modo, aquellas noticias que eviten los clichés pueden quedar aisladas, perdidas en los márgenes de la pista informativa. No es la materia o el objeto de la noticia, lo que vuelve a ésta más popular o de mayor interés; la elaboración, la redacción de la noticia adquiere un peso decisivo a la hora de difundir masivamente un hecho, por minoritario que nos parezca en un principio. Que ciertos hechos tiendan a contarse informativamente siempre de la misma forma es una cuestión, en definitiva, de rutinas informativas o, incluso, de pre-juicios y pre-textos que tenemos muy interiorizados en nuestras estrategias cognitivas. No hay nada natural o racional que exija para informar de determinados sucesos, por familiares que nos parezcan, sus habituales convenciones periodísticas.

Tampoco nada nos indica, no obstante, que vayamos a desprendernos de los clichés* con los que construimos las noticias; se derrumbaría el concepto mismo de “comunicación de masas”, creo. Pero sí que es necesario preguntarnos cuál es el efecto, a medio y largo plazo, que causan en nuestros recursos discursivos, en nuestros prejuicios, en nuestros estereotipos. El estilo repleto de simplezas conceptuales tal vez crea tics ideológicos mayores de lo que queremos creer, y quizá una de las claves para entender la extensión del pensamiento hegemónico, del que tanto escribió Gramsci, no se encuentra sólo en qué noticias se seleccionan y cuáles son excluidas, sino en la forma (formularia, simplista, a veces abiertamente propagandística) con que se escriben y se redactan y se corrigen de estilo. Y en este caso, no sólo las noticias del periodismo convencional deben ser revisadas con ojos críticos. Como escribe Martin Amis en La guerra contra el cliché, un libro de críticas y reseñas literarias: “Idealizando: toda escritura es una campaña contra el cliché. No sólo los clichés de la pluma, sino los de la mente y los del corazón. Cuando desapruebo, suelo hacerlo basándome en la cita de un cliché. Cuando alabo, suelo basarme en citas que muestran cualidades totalmente opuestas: frescura, vivacidad, profundidad de pensamiento”.

*Los clichés o las convenciones formales son conceptos dinámicos: cambian y se transforman con el tiempo, según alteraciones de patrones que obedecen a causas diversas; luego no podemos estudiarlos como si fueran conjuntos cerrados. Por otra parte, los clichés también pueden designar otro fenómeno: en un determinado momento un rasgo formal propio de un autor, un hallazgo personal,  puede volverse repetido y predecible si el autor abusa de él dentro de su propia obra. Decimos entonces que ese hallazgo deviene “cliché de autor“.