En la primera escena de The Dream Catcher (Ed Radtke, 1999; aquí traducida como Persiguiendo sueños), un joven, Freddy (Maurice Compte) se marcha de una ciudad,  subiéndose a vagones vacíos de trenes de mercancías. No importa la dirección ni el rumbo: sólo la huida. En The Squid and The Whale (Noah Baumbach, 2005; Una historia de Brooklyn según nuestros distribuidores), la separación y la lucha de una familia al borde del divorcio comienza con un partido de tenis que enfrenta a los padres, con una tensión que trasciende las reglas de juego. Dos películas, poco conocidas para el gran público (y difícilmente encontrables en las deuvedetecas modernas), que dialogan sobre la familia, esa institución en crisis permanente, y sobre el principio y el fin de la misma: una toca el miedo a la formación de una familia; la otra, el daño irreparable que causa su disolución en los hijos.El Freddy de The Dream Catcher, un joven que no llega a la veintena, huye de su ciudad espantado ante la noticia de que su novia acaba de quedarse embarazada; la familia de The Squid and The Whale decide divorciarse casi a los cincuenta, con dos hijos en plena crisis de adolescencia. En la primera, una extraña conjunción entre road movie y bildungsroman, el protagonista, desorientado ante su propia falta de identidad, busca a su propio padre, que lo abandonó cuando era un bebé. The Squid and The Whale es más estática (localizada por completo en torno a Brooklyn),  pero no menos intensa: frente a sus padres egocéntricos, los hijos tienen que encontrar, igual que Freddy, su propia identidad y superar las exigencias familiares, veladas y omnipresentes.

En ambas películas, los padres son dibujados como figuras distantes, para los que importa más el camino individual que el cuidado de los hijos. The Dream Catcher trata el tema de forma más acusada: Freddy va tras los pasos del padre, no para ofrecerle un reencuentro feliz y reparador, sino para pedirle cuentas por sus años de olvido y de indiferencia. Freddy, de hecho, se ve ante el mismo dilema que su padre: sabe que él mismo podría llegar a abandonar a su hijo, aún en la tripa de su madre. Ante el miedo a estar marcado con ese destino, el protagonista busca alguna respuesta que le explique qué hacer. En The Squid and The Whale,  la ausencia del padre deja su impronta imborrable en sus hijos. El padre falta en esta ocasión “no por abandono de hogar”, sino por “abandono de afecto”: Bernard (Jeff Daniels) y Joan (Laura Linney) están demasiado obsesionados por triunfar como para dedicar tiempo a los temores y las inseguridades de un par de niños que crecen divididos. En una escena soberbia, el padre muestra  más rabia y frustración porque su mujer acaba de publicar en The New Yorker (lo que él nunca ha conseguido en su carrera profesional) que por escuchar los problemas de su hijo de 12 años. El retrato de Bernard es aún más mordaz que el del padre de Freddy, pues al menos éste puede apelar a su reclusión en la cárcel o a su inadaptación social; el otro sólo tiene la excusa del desarrollo de su ego.

Y es ese miedo a ser un mal padre, o a no saber llevar una familia, o a equivocarse completamente de decisión, lo que lleva a Freddy a huir y a buscar alguna certeza, que encuentra sin querer en el propio camino: un chico menor que él, Albert (Paddy Connor), que se ha escapado de un reformatorio, se une a su huida, y el protagonista se encuentra actuando como padre y tutor cuando le salva de algún acto delictivo. Freddy tiene que recriminar las acciones de Albert porque sabe que, sin reglas morales, Albert está perdido. Freddy aprende de ese modo que, sin esa responsabilidad, no hay aprendizaje, que el error es el que lleva a la fatalidad. Así que por más que Freddy quiera huir, al final termina afrontando lo que es. Para cambiarlo. Para solucionarlo.

Bernard, la figura paterna en The Squid and The Whale, tampoco queda en muy buen lugar (que en esta película sería como ese niño grande que se pierde en cuanto pierde los referentes de su espacio básico). Por esa razón, el hijo mayor, que admira enormemente a su padre por su faceta de escritor y sus citas eruditas de Kafka, olvida, sin embargo, todo lo que éste no ha hecho por él. Está dentro del estadio del espejo, que diría el otro, y aún no ha sido capaz ni de pensarse a sí mismo.

Los finales de las dos películas quieren ofrecer, sin embargo, resquicios de salida. En The Dream Catcher, Freddy pierde a su amigo, que es detenido por la policía por un robo, pero encuentra, accidentalmente, una historia sobre las acciones y los resultados. En la última escena de la película, una pareja de chicos jóvenes lo cogen haciendo autostop. En la parte trasera de la furgoneta, Freddy mira curioso y sin miedo a un bebé que sonríe con la mirada perdida. En The Squid and The Whale, la familia se rompe por completo, y el desencuentro entre padre y madre aumenta. Pero el chico mayor recuerda, de pronto, ante las preguntas insidiosas de un psiquiatra que su padre, al que tanto admira, nunca estuvo a su lado mientras crecía, que su madre fue la que le acompañaba en aquellas tardes felices y sin rumbo por el Museo de Ciencias Naturales, paseando entre los esqueletos de una ballena y un calamar gigantes… Allí acude impaciente para comprobar que no ha sido un sueño: la ballena y el calamar siguen en su sitio.

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