La condena, conocida ayer, del Tribunal Serbio de Crímenes de Guerra a cuatro paramilitares serbios por la matanza de varios presos bosnios musulmanes en Trnovo, Srebrenica, no nos debe hacer olvidar la prueba que al final los incriminó: un vídeo que los propios paramilitares grabaron y difundieron entre ciertos círculos, como una forma de orgullo abominable por dejar constancia de sus matanzas. Ese vídeo, que conoció por primera vez  la opinión pública en 2005, como prueba de acusación durante el juicio al ex presidente serbio Slodoban Milosevic, ha sido ahora la imagen irrefutable de la culpabilidad de los acusados. Lo triste, lo terrible, lo doloroso  quizá sea pensar que sin estas imágenes los culpables hubieran quedado impunes y libres.

El Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, que reconoció en febrero de este año el genocidio de Srebrenica (casi 8.000 muertos bosnios, en julio de 1995) y a la vez exculpó de las acciones al Estado de Serbia, al carecer de pruebas que demostraran “el control efectivo del genocidio por parte del ejército serbio”, censuró voluntariamente  las pruebas aportadas por el Tribunal Internacional de la Antigua Yugoslavia (TPIY), dirigido por la fiscal jefe Carla de Ponte. Aun existiendo dichas pruebas, El Tribunal de La Haya aceptó las protestas del Gobierno de Serbia y evitó estudiarlas para el sumario del juicio, como si nunca hubieran existido. Como si el peso del acusado hubiera vuelto ciego al Tribunal de la Haya.

El vídeo de Trnovo, grabado por los paramilitares serbios, pertenecientes a un cuerpo de élite llamado Los Escorpiones —financiados por el propio ejército serbio según algunas pruebas— no deja lugar a dudas: la impunidad de la matanza existió. Por más que ahora no queramos saber. En un excelente reportaje de Ramón Lobo, Joris Voorhoeve, ministro de defensa de Holanda en 1995, lo explicó con claridad: “Ésa es la palabra clave: pretender que se emprenden acciones. En política existen las decisiones farol, que se adoptan sin que exista una voluntad ni los medios para llevarla a cabo. Hay resoluciones de la ONU que caen en esta categoría. Ahora está sucediendo en Darfur”.

El caso de Trnovo viene a sumarse, de todas formas, a una extraña y maldita lista de eventos mediáticos, sin los cuales la opinión pública no se siente interpelada para exigir responsabilidades políticas. O, al menos, los grandes gestores de dicha opinión pública, los medios de comunicación, no se sienten obligados a provocarla a hacerlo mediante el consabido relato de “agravios, responsabilidad moral y responsabilidad política”.
Recordemos, por ejemplo, las imágenes de hace un año de aquellos soldados ingleses que maltrataban sin motivo a civiles iraquíes, que provocaron una ola de indignación en Inglaterra; o, por supuesto, las fotografías de las torturas y los maltratos que sufrían los presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib, el primer evento mediático que dejaba clara a la opinión pública norteamericana que Estados Unidos y sus aliados respetaban “el imperio de la ley” únicamente en sus discursos de justificación de la guerra.

Resulta poco creíble, sin embargo, pensar que necesitemos vídeos de crímenes  o fotografías terribles para cerciorarnos de la impunidad y la violencia de las guerras. Mucho antes del caso de Trnovo, los datos sobre la matanza de civiles en Srebrenica eran conocidos, y había cientos de fosas comunes que habían sido descubiertas. Pese a esto, hasta que el vídeo no se difundió por las televisiones de Serbia en 2005, amplios sectores de la sociedad civil no lograron ver y sentir, visceralmente, con el pánico que procura la atrocidad, en qué consistieron los fusilamientos de miles de bosnios, declarados culpables por ser, simplemente, musulmanes. No puedo imaginar tampoco que desde el inicio de la guerra de Irak, en Inglaterra no se conocieran ya datos sobre la impunidad y la ilegalidad de cientos de actos de las tropas británicas. ¿Era necesario un vídeo casero sobre un soldado que apalea sin motivo a un civil iraquí para crear un debate en la opinión pública?

Nos quedan dos posibles respuestas para explicar por qué sólo los relatos mediáticos más atroces (y normalmente, con atributos audiovisuales) nos convocan contra la impunidad. La primera respuesta es la obvia, y suele utilizarse como argumento en el periodismo: sólo las historias más contundentes, las más viscerales, las más emotivas son las que logran provocar a las audiencias. Los datos, los debates racionales, los argumentos objetivos palidecen ante el poder de las imágenes descarnadas. Hacen falta, entonces, relatos trágicos y, si es posible, con rostro deshumanizado, para comunicar la tragedia.

La otra explicación procede del campo del psicoanálisis y es mucho más arriesgada, pero también, a mi juicio, más plausible. Nosotros, los espectadores, los ciudadanos, los votantes, somos  cómplices de las guerras que emprenden los Estados. Y lo sabemos. Y sabemos que somos culpables por nuestra pasividad y nuestra ceguera. Por eso, aunque escuchamos datos y cifras de muertos, simulamos no saber, como el criminal que no reconoce en el testimonio de otros sus propias acciones. Sin embargo, las imágenes de la tragedia y de la atrocidad son pesadillas de lo real: irrumpen con un tajo en nuestro mundo simbólico, que diría Lacan, y desvelan toda la farsa. Las imágenes no se pueden borrar ni ignorar porque no son simbólicas: golpean directamente al inconsciente sin pasar por el filtro del discurso.
Al final, como en aquel verso de Borges, el vídeo de Trnovo no hace más que demostrarnos que “sólo una cosa no existe: el olvido”.