586 horas, Santiago SierraDescubro accidentalmente la página web de Current.TV, un proyecto auspiciado por Al Gore en el que los propios usuarios son los que crean los contenidos, según el sello Viewer Created Content (VC2), que aparece por todas partes. Después, esos mismos usuarios votan los vídeos para el espacio en televisión de Current.TV. A diferencia de otros programas que ofrecen el servicio de “espacio virtual de contenidos”, Current.TV se caracteriza por que los vídeos deben seguir patrones periodísticos, desde el reportaje hasta el relato dramático, y por que  la calidad media de los vídeos  es muy alta. Es sorprendente la capacidad que tiene este proyecto de recoger las iniciativas de miles de ciudadanos convertidos en periodistas temporales y, quizá aún más importante, de lograr conducir toda esa energía hacia la comunicación, lo que no resulta nada sencillo. Entre los enlaces de la web, encuentro una sección de training o formación, que ofrece vídeos explicativos sobre  nociones fundamentales de producción, narración o montaje de vídeo. Será un programa comercial e interesado, todo lo que quieran, pero en Current.TV, al menos, han ofrecido recursos, ideas y herramientas para que los materiales de los usuarios mejoren, ganen en eficacia narrativa o comunicativa. ¿Conocen algún medio convencional, uno de esos que predican la participación del usuario, que lo esté haciendo?

Estos recursos de formación que ofrece Current.TV entroncan con una práctica extendida en el mundo anglosajón, de hecho: el esfuerzo por la divulgación y la didáctica en los conocimientos más avanzados, de la que en España no sólo carecemos, sino que incluso muchos se atreven a despreciar por considerla poco seria o rigurosa. No hace falta más que comparar cualquier manual de Sociología escrito por autores españoles y el que escribió Anthony Giddens. Y aunque Giddens ha escrito numerosos artículos científicos sobre ciencias sociales, cuando publica su manual sabe en todo momento la finalidad que persigue (la divulgación basada en la claridad y la utilidad práctica) y se atiene estrictamente a dicho principio; los académicos españoles, sin embargo, la mayor parte de las veces confunden manual con ensayo breve, como si atenerse a principios de claridad y utilidad práctica fuera rebajar la calidad del discurso. Y ese desprecio por la divulgación, por una didáctica mejor ajustada a los conocimientos del receptor,  tiene consecuencias nefastas en nuestras herramientas de comunicación.

En primer lugar, no puede existir periodismo, del tipo de sea (escrito, audiovisual o radiofónico) sin una formación mínima y, sin embargo, debido a que muchos de los usuarios que lo practican no han recibido ninguna formación en este campo (o la que recibieron, no les ha servido de mucho), se ven obligados a aprender de forma autodidacta o a recibir una formación mediante cursos que el propio usuario tiene que costearse. Dentro de esa costumbre empresarial tan generalizada en España,  es habitual, por tanto, que el comunicador o el periodista no reciba nunca una formación costeada por su propia empresa, sino que sea él o ella quien la pague. Ahora bien, ¿qué pasaría si el periodismo no fuera una profesión sino una característica fundamental de ser ciudadano, como muchos obreros de la blogosfera creemos? ¿Por qué tengo que permitir que sólo esta profesión, atemorizada por el intrusismo profesional, tenga derecho a hacer periodismo? Quizá no hacen falta tantos periodistas profesionales; sí, en cambio, más ciudadanos que quieran hacer periodismo.

Y ahí es donde entra en juego la labor de los colectivos preocupados por ofrecer herramientas para que los ciudadanos tomen la palabra y la acción para expresar sus problemas y sus experiencias. Creo que éste es el gran reto que tiene por delante el periodismo ciudadano: ofrecer esas nociones básicas para que el periodismo deje de ser un estado (soy periodista) y se convierta en un proceso, en una acción o en un puente (estoy periodista), que el periodismo ciudadano deje de ser comentario o reseña de noticias de los medios convencionales, para convertirse poco a poco en información de fuentes de primera mano, en noticias propias (como el blog Desiertos Lejanos). Pienso, por ejemplo, en colectivos como Sinantena, que ofrecen cursos gratuitos para personas interesadas en la producción y edición de vídeos; o pienso en las acciones que podrían llevar a cabo desde la web colectivos como la Universitat Pirata o la Universidad Nómada para cubrir ese vacío dentro de la formación que muchos periodistas amateurs demandan.

Mientras tanto, prolifera el autodidactismo y la precariedad bienintencionada, que intenta suplir los vacíos de formación produciendo noticias para las que uno cree estar capacitado, con lo que volvemos al punto de partida: seguimos estando atados a nuestros conocimientos, en lugar de ampliarlos, para lo que nos debe servir la formación. Y aquí no hay manipulación posible: nos formamos para aumentar nuestras capacidades, para trabajar en más campos, para mirar de forma más abierta. ¿Por qué no hemos exigido, por tanto, una formación de mayor calidad? ¿Por qué la formación universitaria se ha vuelto, por ejemplo, un lugar de paso o, a lo sumo, un sitio de conferencias, y no un taller mecánico en el que aprender a manejar las herramientas? Creo que ahí todos tenemos una responsabilidad ineludible si queremos conseguir que el periodismo ciudadano adquiera una voz más firme y se acerque al periodismo de precisión, tal como defiende José Luis Dader.