Slavoj Zizek, uno de los pocos que se atreve a filosofar a martillazos en los tiempos del pensamiento débil, pasó por Madrid hace unas semanas. Acudió a unas conferencias en el Círculo de Bellas Artes tituladas “El Otro entre Nosotros. Alteridad e Inmigración”. Una sala desbordada por un público heterogéneo en sus perfiles y edades dejaba claro el interés que despierta su trabajo, que busca un pensamiento–heterodoxo en su estilo y en sus ejemplos, pero radical en sus diagnósticos– que revitalice la izquierda y sus discursos muertos, que busca con impaciencia nuevas señas de identidad para los derechos sociales, cada día más arrinconados bajo el peso de las instituciones-fantasma.El título de la conferencia, “Teme a tu vecino como a ti mismo” (a la que puedes acceder en vídeo desde la página del Círculo o pinchando aquí), dejaba intuir algunas de las premisas de la ideología de Zizek: avisos contra los discursos multiculturalistas con los que se justifica al final el laissez faire del liberalismo económico; sospechas contra términos como “tolerancia” o “racismo” cuando, al final, sólo sirven para lavar la imagen de un sistema económico que no defiende los derechos sociales de sus inmigrantes. Zizek lo dijo con total claridad en una respuesta a un asistente: “Uno puede poner todos los gays que quiera en el Gobierno,  puede permitir todas las películas subversivas y transgresoras; toda esa crítica es bienvenida e integrada. Ahora intente usted mover un sólo ápice del funcionamiento del capitalismo, intente frenar el liberalismo económico desde su Gobierno en beneficio de los derechos de los trabajadores. Ahí es cuando todo el poder capitalista se le echará encima”. ¿Por qué reivindicamos con tanta frecuencia una postura antiracista o tolerante? ¿Por qué creemos salvarnos con esa fórmula o máscara moral? La cuestión no es el respeto de tus diferencias o de tu color de piel, sino lo que nos une, radicalmente, profundamente. Y es en este espacio de entendimiento y de relación (que Zizek interpreta desde el materialismo dialéctico) donde la reivindicación de derechos sociales comunes se produce, de forma activa, y la tolerancia debe transformarse en activismo político, en lucha social. Sí, en lucha social, aunque parezca ya una momia conceptual, que decía el otro, gracias a un sistema político que favorece los goces individuales, atomizados, excluyentes.

La tolerancia, por tanto, se vuelve una coartada perfecta para aumentar la disgregación social. Aunque suene paradójico, la tolerancia genera las bases de la pasividad ante las injusticias sociales, pues ¿no somos tolerantes al permitir que los inmigrantes tengan menos derechos laborales y sociales que la mayoría de los españoles? ¿No somos tolerantes al permitir que la contratación sin cobertura social esté de forma más acusada entre inmigrantes y sin papeles? Cuando informaron sobre los incidentes ocurridos en Alcorcón, los medios se dividieron entre el discurso contra el racismo y el discurso de la xenofobia; ninguno se atrevió a plantear los problemas sociales y de espacios de relación que sufre Alcorcón, que afectan por igual a todos sus habitantes, sean inmigrantes o no. Pero, claro, eso suponía hablar de derechos sociales exigidos, y es mucho más fácil (y más rentable políticamente) jugar a la diferencia.

En la era de “las creencias descafeinadas”, como ha escrito Zizek, la lucha social se desmembra, precisamente por la tremenda cercanía y simbiosis en que entran los discursos de los partidos políticos. Éstos, que saben que ofrecen un solo modelo económico, el capitalista, juegan a la diferencia mediante simulacros y mapas morales, para al final, en ese “placer de ser terriblemente engañados” que decía Wilde, entregar el mismo secreto: te doy todo, mientras nada cambie. Dentro de esa esquizofrenia en la que han entrado los partidos políticos de izquierdas, no les queda más remedio que ofrecer esto y lo contrario, prometer bajadas de impuestos y mejoras sociales, beneficios fiscales para unos pocos y a la vez prosperidad social para todos, Estado de derecho y ausencia de derechos fundamentales… Como explicó Zizek en una frase rotunda, fundamental, sobre la que hay que reflexionar despacio: “No nos enfrentamos al capitalismo por nuestra fe en la democracia”. Efectivamente: son las democracias liberales en las que precisamente el capitalismo está reproduciéndose con más fuerza que nunca, sin freno. Y aquel que lo intente parar, será tachado de totalitario o de dogmático. Pero, ¿no necesitamos ciertos dogmas universales, innegociables, indiscutibles, para seguir construyendo derechos sociales? Dice Zizek que si usted ve que algo es injusto, inmoral, destructivo, ¿por qué permitirlo? ¿Por qué hay que discutir sobre ello? Se suprime y punto. Pues esa es la idea latente en un proceso de izquierdas más combativo, más radical, que tenga una base moral sin miedo al antagonismo social ni al conflicto. No podemos tolerar lo que suprime los derechos sociales. Y punto.

Tomemos como ejemplo, para terminar, el caso de la vivienda en España, días antes de la manifestación convocada por la Asamblea de Vivienda en toda España. Los poderes económicos han especulado con furor ante la mirada impasible del poder político, que en lugar de trabajar por una vivienda pública en alquiler (como recomendó al Gobierno la propia Comisión Europea) o de intentar corregir la subida desproporcionada de precios, la ha alentado por los beneficios que aportaba a las cifras macroeconómicas. Pero, ¿estos beneficios se han distribuido socialmente? ¿Se han regulado fiscalmente? En lugar de partir de un dogma básico–que la vivienda es un derecho social y no una estrategia para el beneficio económico–, los partidos políticos miran para otro lado y siguen sumando simulacros y relatos de diferencias, mientras, de fondo, se dibuja un campo de batalla basado en una frase que se recorta del discurso de Zizek: “Olvidemos las diferencias: busquemos lo universal simulando que existe”.

Anuncios