K terminó la carrera de Biología hace años. Como no encontraba trabajo, hizo un curso de formación en el INEM y empezó como operador (un trabajo de supervisión de máquinas) para una subcontrata, que alquilaba a K a otra empresa por un precio superior. Además, para reducir costes, la subcontrata le hizo firmar un contrato de obra, que renovaba cada seis meses.  Su empleo, que tuvo durante tres años, consistía en un horario por turnos, con seis días seguidos de trabajo y cuatro de descanso, por un sueldo neto en torno a los 1.100 euros.K un buen día decidió formar parte del comité de empresa, pero se quedó fuera en el último momento. Pocos meses después, la subcontrata alegó un error que cometió–una mala actualización de un software–para despedirlo, y no quiso pagarle ninguna indemnización, que consiguió un año después tras un pleito judicial.

Y así mil casos. O cientos de miles en España. Y peores, seguro que los hay mucho peores. Pero, de todas formas, el trabajo de K es una muestra de la expansión del empleo precario y barato en una economía, la española, que dice estar en crecimiento imparable. Por ese motivo, el debate sobre la calidad del empleo en España parece haber sido borrado o excluido debido a la tasa de paro, que según los últimos datos sigue bajando, en torno ya al 8%. Es decir, las buenas noticias sobre el paro (la segunda preocupación de los españoles, detrás del terrorismo, según la última encuesta del CIS) nos están haciendo olvidar el tipo de empleo que se está generando en España y, sobre todo: ¿de qué forma está revirtiendo en los trabajadores y en sus empleos el crecimiento económico? Ésa es la pregunta que, a la vista de los programas electorales para las próximas elecciones municipales de los dos grandes partidos nacionales, que hoy algún periódico publicaba, ningún político quiere contestar.

 En este aula sin debate llamada España, la brecha social se está agrandando de una forma alarmante*: si la sociedad del espéctaculo muestra sin rubor a un sector social cada día más rico (los beneficios de la clase financiera en los dos últimos años, por ejemplo, han rozado el 30%),  miles de jóvenes, inmigrantes y trabajadores (tanto con estudios cualificados como sin ellos) reciben salarios bajísimos,  carecen de derechos laborales esenciales (como el respeto de sus horarios de trabajo) y sufren una inestabilidad pasmosa, porque, por más contratos indefinidos que se firmen, el despido en España sigue siendo de los más baratos de Europa.

Sin embargo, lo que más me llama la atención es que los medios convencionales no han silenciado el problema. Poco a poco, los periodistas  han ido acuñando el término mileurista o el inframileurista para referirse a ese nuevo grupo social, cada día más nutrido y más visible; se ha denunciado desde varios medios que la tasa de temporalidad española seguía siendo muy alta, y se ha demostrado con datos oficiales que la pérdida de poder adquisitivo no sólo afecta a los nuevos contratados, como muchos se empeñan en afirmar, sino a los propios pensionistas, muchos de los cuales viven al límite del umbral de la pobreza.

 Pese a las cifras  que muestran la creciente desigualdad social, la clase política le ha ganado la batalla al débil tejido social español, que no muestra con contundencia su voz sobre este tema, quizá  por culpa de los sindicatos de trabajadores mayoritarios, que han supeditado sus reivindicaciones al aumento de contratos, y no a una exigencia de inspecciones y de controles más rigurosos de las condiciones de los trabajadores.  José María Fidalgo dejó clara su resignación cuando dijo en una entrevista para el periódico Noticias de Álava “que los jóvenes cobren poco es ley de vida”.

 En cualquier caso, pese a algunas grietas que se cuelan, los medios de comunicación tienen que seguir trabajando por hacer mucho más real, más dramática y más personalista la realidad laboral. Muchos periodistas, imagino, son sensibles a ella porque, efectivamente, también la padecen y la viven de cerca, como puso de manifiesto el último Informe Anual de Profesión Periodística**. Y, sin embargo, también ellos son víctimas de las propias rutinas informativas, las cuales priman a las fuentes oficiales y a los datos macroeconómicos por encima de los problemas reales y diarios de los trabajadores. Al final, el trabajo periodístico que gira en torno a los comunicados de prensa y las citas oficiales y las reuniones pierde de vista historias como la de K. Y ahora no me digan que no la habían oído antes o no conocían una similar o, directamente,  no la han protagonizado. Pero, ya saben, los trabajadores precarios, los que ingresan en el magma social posindunstrial, no redactan notas de prensa…

  *Hoy una noticia afirmaba que la brecha social en Estados Unidos no ha dejado de crecer en los últimos 25 años, hasta el punto de que George Bush, para mejorar su nivel de popularidad, ha hecho unas declaraciones en contra de los desproporcionados beneficios de los grandes directivos. Una brecha social que convive, sin ningún problema, con una de las tasas de desempleo más bajas del mundo, la cual no hace más que allanar el camino a la desigualdad social, como explicó Richard Sennett en su libro La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo (Anagrama)—citado por Anthony Giddens en su magnífico manual   Sociología (Alianza editorial).

  **Según este Informe, elaborado por la Asociación de Prensa de Madrid, las tres mayores preocupaciones de los periodistas son la precariedad laboral (67,7%), el intrusismo profesional (45,8%) y la baja remuneración (42,4%)–visto en “Periodistas preocupados por el oficio” en el blog Periodistas 21.