Scott StulbergAyer falleció Ryszard Kapuscinsky (1932-2007), un periodista combativo, inagotable y humilde. Desde aquí nos sumamos a todos los homenajes que se merece, que siempre serán pocos. Que quede su figura como un ejemplo de que, como él decía, los cínicos no sirven para el periodismo y que, pese a las muchas dificultades, se puede seguir escribiendo sobre la resistencia y el dolor de los invisibles, de los que no tienen voz.

Publico un artículo que escribí sobre él hace dos años, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias. Ryszard Kapuscinski  se ha convertido silenciosamente en uno de los escritores más destacados del reporterismo, crónica, literatura de no-ficción o como quiera llamarse a ese género que acepta las coordenadas de la realidad y de los acontecimientos políticos y sociales vigentes con el propósito de obtener un artículo político, un testimonio, un reportaje de investigación o, simplemente, un relato humano. 

Kapuscinski (que comenzó en el periodismo a los dieciocho años) siempre lo tuvo muy claro: su objetivo era acercarse a la realidad, meterse en ella a partir de la propia experiencia vivida, y desde ahí trazar historias contadas por la gente más común, contadas por los que normalmente no tienen voz ni rostro ni gabinete de prensa. Frente al periodismo construido a partir de las fuentes oficiales, que habitualmente sólo da cobertura informativa y, por tanto, legitimidad a las instituciones y representantes de los poderes políticos y económicos, Kapuscinski plantea una manera diferente de hacer periodismo, que entronca con el utilizado por autores como Truman Capote en A sangre fría o Norman Mailer en Los desnudos y los muertos. El autor polaco es heredero y alumno aventajado de toda esa corriente literaria—que acaso nace en Hemingway—que pretendía jugar con técnicas del periodismo  para escribir literatura. Kapuscinski, sin embargo, procede de forma inversa: juega con recursos y procedimientos propios de la literatura para construir reportajes lúcidos, acerados, que cortan como una navaja por su precisión y dureza.

El segundo rasgo de personalidad de la obra de Kapuscinski es, sin duda, su faceta de viajero infatigable y de  testigo voluntario de su tiempo. Desde muy temprana edad trabajó como enviado  extranjero y buscó siempre estar cerca de esas masas de las que luego hablaría en sus reportajes. Es famosa la anécdota, que él recuerda en las entrevistas de su libro Los cínicos no sirven para este oficio, de su insistencia en vivir en un barrio pobre en una de las ciudades africanas donde trabajaba, pese a todos los problemas que le acarreaba no vivir en el barrio colonial. Conocedor de la potencialidad de su trabajo, Kapuscinski dedicó la mayor parte de su vida a trabajar en países pobres y subdesarrollados: su intención final,  como él mismo ha señalado, era mostrar a sus lectores que Europa es la excepción, y que estamos rodeados de “un inmenso y creciente número de culturas, religiones y civilizaciones diferentes”, razonamiento que, pese al peso de la evidencia, no deja de ser ignorado y anulado en una espiral de silencio por los medios de comunicación de masas repetidamente.

A lo largo de su vida y de sus viajes, Kapuscinski fue recopilando notas, ideas e informaciones varias procedentes de muchas voces y hombres con las que escribía sus reportajes; estas notas le ayudarían para escribir los libros que le otorgarían fama internacional muchos años después, libros como El Emperador, sobre la crueldad y tiranía del último emperador de Etiopía; El Imperio, que recoge diversos viajes y experiencias en la antigua URSS; El Sha, libro-reportaje sobre el Irán previo al surgimiento del chiísmo de Jomeini; o, finalmente, Ébano, que es para el que redacta estas líneas su texto más impresionante y rotundo. En este libro, Kapuscinski reúne sus experiencias y reportajes como corresponsal de guerra durante los numerosos procesos independentistas que tuvieron lugar en África en la segunda mitad del siglo XX. Lo que en un principio parece un texto a caballo entre el reportaje testimonial y la crónica de viajes, pronto se desvela como un ambicioso borrador sobre los orígenes inestables y tambaleantes  que dieron lugar a la mayoría de los regímenes políticos africanos. Kapuscinski, además, no escatima en incluir relatos de experiencias propias, como los pasajes inolvidables en los que el autor nos cuenta el valor de una simple botella de cristal en África o la penosa e imposible tarea de emprender un viaje en autobús, lo que da al texto un tono humano, de cercanía y humor. Al final, el lector sale de la lectura del libro con la certeza de haber asistido a algo más que un testimonio de un continente fracturado: hemos sentido cómo la vida palpita bajo todos esos viajes que cruzan y descruzan la Historia, como si el silencio de los desiertos hablara.

 Y luego nos dijera buenas noches.