Veo por fin Funny Games, de Michael Haneke.Quería verla desde hace tiempo por opiniones que había escuchado: es una película angustiosa, roza el género de las snuff movies, es una película durísima, no pude soportarla, habla de la banalidad de la imagen de la violencia, no hace concesiones al espectador. Tiene que ser buena, como las otras de Haneke, me dije.El resultado de lo que vi es desconcertante y sorprendente.

La trama inicial parte de una familia que se dispone a comenzar sus vacaciones en una idílica casa de campo. De la manera más absurda, unos jóvenes irrumpen en su casa y empiezan a jugar con ellos. Dentro de unas horas estaréis muertos, dice uno de los personajes. De eso trata Funny Games: del juego, de la crueldad con la que atemorizan a la familia estos dos jóvenes aburridos y sedientos de juegos, de la banalidad y superficialidad con que se toman su tarea…

La película empieza, se desarrolla y termina bajo el mismo ritmo narrativo: como si estuviera a punto de comenzar la acción, como si en la escena siguiente uno estuviera a punto de sentir por fin la esperada angustia, el asco del que nos habían hablado.

Pero eso no sucede. El ritmo es distanciado, los personajes son borrones y la cercanía que sentimos hacia ellos es extraña y poco clara. El sentimiento de angustia o de horror se transforma a lo largo de la película (o, al menos, en mi caso) en una especie de sensación de lejanía o de distancia ante la imagen. No creo que sea casual; Haneke lo potencia y lo acentúa en ocasiones: la sensación de estar ante una pieza teatral por la falta de dinamismo, el escaso juego con el montaje audivisual, las miradas y los guiños de los personajes hacia el propio espectador… La distancia brechtiana es muy evidente, casi impuesta (el juego con el mando a distancia en una de las últimas escenas consigue extraer por completo al espectador del juego de la ficción).

Haneke ha jugado a provocar una reflexión distante, menos visible y menos convencional, sobre la violencia banal que nos suele ofrecer el cine de gramáticas hegemónicas.[Pienso en la trilogía de Dogville, de Lars Von Trier, que parece buscar y jugar con los mismos referentes brechtianos].

La cuestión ahora es si Haneke sale victorioso de su apuesta, pues, como decíamos antes, Funny Games se convierte en película tiempo después de haberla visto. Se transforma en un discurso, en una reflexión sobre la violencia. Pero no se disfruta como película. Falla en su articulación visual, en la distancia que nos provocan sus personajes y, sobre todo, en el subrayado brechtiano, nada sutil y muy forzado, que recuerda insistentemente al espectador que está viendo una película seria y reflexiva sobre la violencia.

Sí, de acuerdo, ese es el propósito inicial de la película: distanciarnos del objeto cinematográfico, romper el círculo convencional de la mirada complaciente ante la violencia. Pero si a la película se le notan las costuras para su posterior interpretación, ya no tenemos cine, sino ensayo, discurso, tesis y cuerpo argumentativo.

Ahí es donde veo la principal debilidad de la película: en su falta de consistencia como material ficcional autónomo. Funny Games necesita las conversaciones de aficionado y las ruedas de prensa y las explicaciones del director para desarrollarse en la imaginación de sus espectadores.

Señal identitaria y estigma a la vez.