La información elaborada, editada y distribuida desde los partidos políticos españoles ha entrado en una nueva fase: el mensaje político convertido en vídeo, la golosina audiovisual, que diría Ramonet, que usa tanto las redes de Internet  como la televisión, privada y pública, para diseminarse entre las audiencias y ganar en efectividad propagandística y en presencia mediática.

Desde aquí nos sumamos al análisis, que se ha hecho desde muchos ámbitos (Véanse las entradas de El síndrome de Ottinger o Periodistas21, por ejemplo), sobre las estrategias y trucos de la comunicación política que nos viene.

El uso y el manejo del vídeo o DVD como mensaje político no es nuevo en España. Se ha usado profusamente desde hace una década en la confrontación política, es cierto. Quizá la principal novedad, y la analogía que puede hallarse, es que  los recientes vídeos del PP y del PSOE han recibido una cobertura mediática brutal, excesiva: han copado portadas de periódicos nacionales, han sido el tema central de varios debates televisivos y han dado pie a numerosos editoriales y artículos en la prensa durante semanas. Hasta se han convertido en uno de los temas más buscados y discutidos desde los foros digitales de varios periódicos nacionales…

No parece entonces, pese a las acusaciones de manipulación política y de deformación de los datos, que estos vídeos hayan sido un fracaso o una afrenta para los partidos que los lanzaron. Más bien, todo lo contrario: los vídeos del PP y del PSOE han sido un terrible éxito. Los partidos que los diseñaron han conseguido lo que querían: más atención mediática y más propaganda política, pues ésta usa como legitimación a  todos esos fieles votantes y seguidores que  defenderán a sus partidos, desde los espacios públicos a los que tengan acceso, sin importar los hechos o los datos objetivos o las pruebas concluyentes.

Una vez más, tenemos un indicio de la comunicación política que se está haciendo en España: los medios de comunicación, acostumbrados a ser la correa de transmisión de los actores políticos, informan de los vídeos lanzados por los partidos. Días después, según la postura política del medio citado, asistimos a la crítica de la manipulación de la información de dichos vídeos, pero, claro, el objetivo ya está logrado: los medios ya han otorgado el distintivo de fenómeno mediático al asunto, así que van a la zaga del valor intensificado que ellos mismos han creado. Los espectadores, mientras tanto, saben que la noticia lanzada por su partido existe y, por tanto, siempre pueden argumentar que quienes manipulan y amplifican y elaboran los hechos son los medios contrarios a su partido, así que la propaganda del vídeo se hace aún más fuerte y efectiva. No hace falta más que revisar los foros digitales de El País o de el ABC para confirmar lo que sugiero: no hay discusión sobre la manipulación que hacen tanto el PP y el PSOE de los datos, sino una especie de partidismo incondicional.

La nueva comunicación política a la que estamos asistiendo es mucho más consciente y más hábil a la hora de anticipar los comentarios y las noticias que se darán sobre la misma. Los partidos han dado un paso adelante en su estrategia de comuniación, y pasan de ser fuentes privilegiadas, con acceso a los medios, a convertirse directamente en fabricantes de noticias para sus medios  y sus votantes incondicionales, quienes harán el resto del juego: discutirán sobre los hechos y las afirmaciones en el vídeo, y no sobre la conveniencia de usar, dentro del juego democrático, mensajes audiovisuales de propaganda, por más que quieran disfrazarse de información. [Resulta obvio que ambos vídeos fueron diseñados pensando en ser citados y fragmetados desde la televisión. En el caso del vídeo del PP, sobre el supuesto aumento de la violencia en los dos últimos años, el montaje veloz de las imágenes y su brevedad nos hacen pensar en un videoclip para las noticias de cualquier telediario ávido de imágenes impactantes; el vídeo encargado por el PSOE, sobre la tregua de ETA  durante los años 98 y 99,  es de mayor duración (unos siete minutos), pensado para ser material de montaje televisivo: no se explica de otra forma su reiteración discursiva y su escasa calidad visual.]

Desgraciadamente, el periodismo convencional no sólo difunde dicha propaganda política, sino que se alimenta vorazmente de ella, construyendo y elaborando noticias sobre el tema durante semanas. ¿Es que desconocen que están citando como información la propaganda más burda? ¿Es que la labor del periodismo no debe ser, precisamente, buscar la información rigurosa y objetiva, sin importar el bando político del que proceda? Parece que no, está claro, así que los partidos políticos se envalentonan con los relatos que disparan, conocedores de que los medios no podrán evitar citarlos y, por tanto, entrar en su juego político.

La conclusión a la que llegamos es que los partidos políticos no son los únicos responsables de la llamada videocracia (Véase el estupendo artículo sobre el tema de Periodistas21 ), sino que los periodistas, al no cumplir el trabajo que dicen hacer, facilitan la propaganda política: se convierten en amplificadores de la desinformación y de las consignas políticas, como si su trabajo consistiera simplemente en citar y fragmentar los discursos (pienso en el libro Cortar y pegar. La fragmentación audiovisual en los orígenes del texto informativo, de Gonzalo Abril).

Hay dos futuros posibles para esta nueva estrategia política que acaba de comenzar. O disponemos de medios convencionales (es decir, con una amplia difusión) que eviten el partidismo político y que se nieguen a dar cobertura informativa a la propaganda política, por muy suculenta que sea la rentabilidad mediática que ofrece (otro de los problemas); o, la opción más previsible, tendremos más mensajes políticos, más golosinas audiovisuales que, pese a que incumplen las reglas informativas y de objetividad más básicas, seguirán teniendo una amplia cobertura mediática. Habremos entrado, si esta última opción se produce, en una batalla en la que el periodismo se transformará, aun más si cabe, en el pregonero y en el bufón de los partidos políticos.