Reagan, el primero que hizo del relato su discursoHay una escena memorable en la mediocre película Silver City, de John Sayles. La escena comienza con un periodista que pregunta a un candidato politico su opinión acerca de la pena de muerte. El candidato explica su postura y, para que no haya dudas acerca de la firmeza de sus convicciones, intercala un comentario acerca de los años del Far West y comenta: “Entonces no había que pagar impuestos, y los problemas con la justicia se solucionaban rápido. Sólo hacía falta un árbol y una buena soga. Ah, esos sí que fueron buenos años”.  De lejos, vemos cómo el asesor del candidato político sonríe al pensar en los votos que habrán ganado con esas palabras ensayadas.

Esta escena, creo, refleja fielmente la orientación que han tomado los discursos de los políticos: de un tiempo a esta parte (¿cuándo empezó?), el debate ideológico de un partido político, las ideas que defiende sobre el tipo de modelo social, económico y cultural para un país, ha desaparecido. No digo que se haya transformado o que se haya reducido; creo que el debate ideológico entre partidos es tan mínimo o nulo que podemos decir que el debate de ideas ha dejado de utilizarse como arma de persuasión del electorado. Lo ha sustituido en su lugar la confrontación y el enfrentamiento político mediante relatos, historietas o anécdotas que dibujan valores morales, pronósticos de futuro y, sobre todo, miedos.

Si hay que rastrear las verdaderas fuentes de los discursos de los políticos, quizá entonces no podemos ya recurrir a Weber, o Giddens, o Keynes; sería mucho más útil releer una buena antología de cuentos clásicos, de esos que se siguen contando generación tras generación para explicar las virtudes y los valores de una sociedad. En ellos tal vez hallaríamos pistas de los relatos con los que se construyen los discursos políticos a diario. El más reciente en nuestro país, por ejemplo, el de la conspiración en torno al 11-M, que ciertos políticos y medios disparan a diario, tal vez encuentra su fundamento en el miedo a ser terriblemente engañados, que las novelas de la guerra fría de Forsyth o Le Carré recrearon con gran éxito. Otros relatos, sin embargo, pueden ser mucho más banales y breves, pero pueden tener consecuencias  en el electorado mucho más profundas que las ideas defendidas durante una legislatura. Pienso, por ejemplo, en el caso Lewinsky, mediante el cual el relato protagonizado por Clinton y la becaria dañó más la imagen pública de Clinton que todos sus errores políticos. Evidentemente, Clinton respondió a ese relato protagonizando otro: mandó bombardear Irak a los pocos días “como medida de protección”. Inmediatamente, sus niveles de popularidad aumentaron, es decir, el relato de la seguridad y la victoria arrinconaba al del adulterio.

Decía Ricardo Piglia que un político nunca termina un relato, “sólo lo promete”, así que asistimos solamente a las “ruinas de un relato”. De alguna forma, ésa sería la gran estrategia de los políticos desde sus tribunas y sus mensajes: prometer relatos que suenen a triunfo o a miedo ante el otro, relatos de tibios morales (siempre en el partido opuesto) y de hombres de fortuna y talento (siempre en el propio). No les hace falta, por tanto, contar el relato, construir un desenlace convincente o unas escenas verosímiles; les basta con prometer el tono y la línea narrativa, sin llegar nunca a materializarlo. De esa manera podría uno explicarse el gran relato triunfalista, de tono épico y de estilo formulario, que se ha construido en torno a las OPAs sobre las empresas energéticas españolas: en lugar del debate que se podría haber generado sobre las consecuencias que tienen los grandes monopolios (extranjeros o nacionales) en los precios que luego paga el ciudadano, en lugar de eso, digo, los políticos y los medios construyen relatos de poder y de supuesto vigor de la economía nacional. Las notas a pie de página sobre la gran mayoría que no gana nada en el proceso se borran. Sin más.

Sería atrevido afirmar que el discurso político no puede sobrevivir sin recurrir a los relatos; lo que no hay duda es que perderían gran parte de su efectividad y, sobre todo, de su presencia en los medios de comunicación. Además, muchas veces esos relatos son torpes (prometidos sin convicción), y no hay nada peor que un lector que descubre la escasa credibilidad de un relato, como escribía Óscar Urra en un comentario en este blog (Véase La verdad como estrategia, en este blog). Recuerdo, por ejemplo, la promesa de pisos de 30 metros cuadrados de la Ministra de Vivienda, promesa que fue leída más como un insulto o un engaño que como una solución al problema; o los relatos sobre el empleo en España, convertidos en cifras y estadísticas, como si eso produjera algún efecto en un público sediento de relatos con personajes y ambientes amables.

Relatos voraces, relatos de éxito sin precedentes o relatos que retroceden… Los políticos han descubierto una veta en la persuasión por la emoción y la promesa, y no la van a soltar. Hay un último problema: como todo relato, como toda estrategia narrativa, las historias al final quieren hacerse autónomas y a alejarse de los que las crearon, para terminar siendo de los que las leen. Y cuando eso sucede, no se puede poner freno a la febril imaginación de los medios de comunicación, encargados de contar y recrear y reinterpretar esos relatos.