La foto de portada de varios periódicos de este domingo, la primera noticia con la que se abrieron varios informativos televisivos en el mediodía de ayer, el relato personal y dramático que mayor eco ha tenido en los medios en las últimas semanas. El caso de Ana María Ríos, la española detenida en Cancún por supuesto contrabando de explosivos, ha vuelto a dejar boca arriba las cartas con las que se construye la figura del “culpable por accidente”.

Ana María Ríos ha encarnado, sin duda, un  personaje sacado de una película de Hitchcock que simboliza estupendamente los temores del nuevo ciudadano medio: ser encontrado culpable mediante pruebas y acontecimientos que rozan lo absurdo y lo kafkiano en un territorio que representa la nueva casa del terror de nuestra época, el aeropuerto, ese espacio de tránsito hipermoderno en el que el control de la población parece menos autoritario y menos represivo.

Situaciones como la que ha vivido Ana María Ríos nos recuerdan, además, que la presunción de inocencia puede desaparecer en un momento en ese escenario paranoico de la vigilancia y, de hecho, se ha aprovechado el tirón mediático de su caso para volver a discutir sobre el derecho a los datos personales de los pasajeros que quieren tener los gobiernos. No parece casualidad, por ello, que el reportaje que abría el suplemento Domingo de El País se titulara “Yo, pasajero (sospechoso)”.

Efectivamente, el derecho a la privacidad y a la autonomía parece volatilizarse en cuanto entramos en contacto con los que vigilan los lugares de tránsito (Véase El territorio fracturado en la película Código 46, en este blog), en una especie de tierra de nadie en la que el guardián, como en el cuento de Kafka, posee en exclusividad el acceso a la Ley… Se nos olvida la cantidad de veces que irrumpe el abuso de poder en los controles fronterizos, y muchas veces sin supuestas pruebas que inculpen al pasajero, como a Ana María Ríos. Una decisión repentina de un policia, arbitraria en muchas ocasiones (de nuevo el poder de la autoridad), puede ser más que suficiente para que los supuestos derechos a la privacidad o al desplazamiento desaparezcan [Leí hace pocos días en un periódico que a varios ciudadanos de un país sudamericano les había sido denegada la entrada en España porque así lo había decidido el guardia civil del puesto fronterizo. Sin alegar pruebas. Sin razones objetivas. Sencillamente, ese guardia civil tenía la “intuición” de que esos ciudadanos querían quedarse en España de manera ilegal y, por tanto, les denegó la entrada. La autoridad no necesita hechos ni pruebas, por lo visto].

Por otra parte, ha sido sorprendente la cobertura informativa que ha tenido el caso de Ana María Ríos, hasta el punto de que se ha convertido en una especie de personaje mediático, preparada y diseñada para el venidero programa de televisión que explota y haga rentable (publicitariamente) su caso. La foto que aparecía hoy en El País simboliza esa nueva situación: Ana María Ríos y su marido en el interior de una limusina enorme, tapizada en cuero rojo y con mueble-bar incluido. En la foto Ana María Ríos se vuelve hacia el fotógrafo y se ve en su mirada confusa el presentimiento de que algo terrible ha cambiado, de que no esperaban ser recibidos de esta forma y, mucho menos, ser aclamados como héroes… El poder de los medios queda, por tanto, demostrado en el relato de Ana María Ríos. Al terminar con un final feliz el cuento clásico del “inocente por accidente” (con su habitual estructura, planteamiento, nudo y desenlace) los medios (de una forma simbólica, por supuesto) se jactan de su responsabilidad en el excarcelamiento de Ana María y se congratulan lanzando un mensaje a la audiencia: nosotros la hemos liberado, nosotros la hemos hecho visible y le hemos recordado a las autoridades españolas que lucharan por su caso… Lo contrario, por supuesto, creo que también es cierto: cientos, miles de casos en los que la presunción de inocencia desaparece, y esta vez el medio de comunicación no está para soltar la alarma, para dar el aviso, para hacer más real y humano al detenido… Ana María Ríos ha tenido mucha, muchísima suerte: su caso era un relato estupendo, un cuento clásico, como decíamos, y seguramente es este hecho, el ser una estupenda protagonista de una historia mediática, lo que la ha librado de la cárcel…

Al final, quedan las imágenes, las palabras y a veces, en el caso de Ana María Ríos, el final feliz. Me pregunto si el tratamiento mediático hubiera sido el mismo si claramente las pruebras delectivas la hubieran inculpado (la figura del “culpable cazado”), o si no fuera española, sino una mexicana detenida en España por los mismos hechos y en la misma situación. En esta situación, claro, sería suficiente con rastrear en los medios mexicanos la información que se ha dado sobre Ana María Ríos para contrastar las perspectivas y los enfoques sobre este caso… Lo que parece evidente es que la la nacionalidad española de Ana María Ríos ha pesado, y mucho, en la atención que recibió de los medios españoles, lo que confirma, una vez más, que la identidad nacional sigue siendo un requisito fundamental para que los medios construyan y defiendan día tras día la figura del inocente (El mito del paraíso amenazado, en este blog).

Los que no son españoles, o no son vistos como tales, corren el riesgo de quedar fuera del relato, es decir, que las puertas de la frontera se cierren y nadie se pregunte por qué no debe ser así…

PD: (escrito el 9/1/07): La historia de Ana María Ríos finalmente tenía un epílogo mediático que no imaginaba: que se desnudaría en la portada de la revista Interviú. Lo gracioso del asunto no es que la gallega haya decidido rentabilizar su fama desnudándose en una revista (es muy libre de hacer con su cuerpo y de exhibirlo como quiera), sino que algunas personas de su pueblo, Arcade, ven mal que lo haya hecho de esta forma, “traicionando la confianza del pueblo”, dicen algunos. En fin: el relato mediático de la temporada pasada (y que ahora se erige en la noticia más leída del día en EL PAÍS) termina con una apostilla en la que la libertad sexual está peor vista que la posible culpabilidad. Dice Ana María Ríos en la revista que prefiere verse desnuda que con esposas; su pueblo (y todo lo que simboliza), sin embargo, parece que tiene otra escala de valores.

PD2: (escrito el 19/1/07). El relato sigue, y parece que puede estirarse aún más: ayer se publicó la noticia de que el marido de la detenida en Cancún tenía antecedentes por violencia. La figura del culpable por accidente se está transformando en una busca de culpables.

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