Una historia de amor ambientada en el futuro; un hombre y una mujer separados por leyes que intentan controlar los estragos causados por la experimentación clónica; un relato futurista y también (como casi toda la ciencia-ficción) tremendamente político, pues el territorio—y los mecanismos que se usan para vigilarlo, controlarlo e, incluso, fragmentarlo—es quizá el gran protagonista de la película, lo que nos hace recordar todas esas narraciones futuristas cuyos escenarios principales se caracterizan por espacios fracturados en dos, en una dicotomía irreconciliable entre un adentro y un afuera. Hablamos, sobre todo, de esas ficciones que retratan la separación abismal entre una ciudad cerrada e hipervigilada y el territorio inmenso y caótico que se abre extramuros, fuera de las fronteras militarizadas de la ciudad.En el caso de la película de Winterbottom, además, se acentúa esta separación con dos espacios plásticos radicalmente opuestos. Por un lado, la gran urbe, que en el film es Shanghai—rascacielos de fondo, autopistas superpuestas, desarrollo tecnológico omnipresente—; por otra parte, un desierto inmenso y despoblado que rodea a la gran ciudad. En medio, tierras de nadie que circundan las fronteras de la gran ciudad, y en las cuales viven agolpados miles de desplazados, refugiados o inmigrantes. En la película de Winterbottom no se dice por qué están allí, aunque tampoco hace falta. Podemos fácilmente intuir sus razones, y asociar esa imagen con situaciones actuales.

De hecho, otro de los temas de Código 46 es el control exhaustivo del desplazamiento de la población. En la película, una megacorporación, que es llamada La Esfinge, concede una especie de permisos o pases especiales que están limitados a unas ciudades o zonas durante un tiempo restringido. Sin estos pases, las personas no pueden abandonar sus naciones desarrolladas, ni, por supuesto, acceder a todos los otros países que en la película son nombrados con el término de “ el afuera”. La sugerencia parece clara. Frente a unos países cerrados y vigilados casi como cárceles, seguirían existiendo países pobres y subdesarrollados, en los que, eso sí, no importaría el control exhaustivo de la población. Como dice uno de los protagonistas de la película: “No borraron mis recuerdos. Afuera a nadie le importa lo que pienses”. De nuevo, la dicotomía: el territorio abierto y desconocido frente a la urbe regulada, en la que los personajes tienen que exhibir sus señas de identidad en todo momento para poder circular de un lado a otro.

[El tema del territorio fracturado no es nuevo en la ficción, por supuesto. Philip K. Dick, por ejemplo, abordó esta idea en su novela El hombre en el castillo, en la cual los alemanes y japoneses han salido victoriosos en la Segunda Guerra Mundial y se reparten Estados Unidos.

Pienso también en la novela El país de las últimas cosas, de Paul Auster. Aunque la obra de Auster se centra en un vagabundo que busca minuciosamente objetos por las calles de una ciudad arrasada por alguna guerra no nombrada, de fondo también se habla de una frontera y de unas muros que separan el único mundo que conoce el narrador de un hipotético lugar de prosperidad al otro lado.
Es inevitable citar El castillo de Kafka, y las parábolas sobre construcciones cerradas de cuentos como Ante la ley o De la construcción de la muralla china, aunque en este caso los personajes kafkianos se empeñen en buscar la esperanza y la libertad en lugares que les están vedados por completo.]

Código 46, que sigue la estela de estas narraciones (¿quién conoce más ejemplos?), se ha inspirado, no obstante, en el presente geopolítico más actual y cercano para hablarnos de un control de la población y del territorio que ya está aquí, que hace mucho tiempo que sucedió. Nos choca imaginar, tal vez, a un ciudadano de país desarrollado que tiene dificultades en entrar o en salir de un país; no nos llama la atención, en cambio, la población que se agolpa en las entradas de la autopista hacia Shanghai, pues hemos asumido con naturalidad que es un fenómeno corriente o de la actualidad más cercana.

[Una posible paradoja mediática: ciertos hechos se vuelven invisibles y superficiales, de tanto hacerse visibles, de tanto reiterarse sin articulación narrativa, sin solución al final del relato. Parece que eso ha pasado con las noticias sobre la población inmigrante que espera entrar en Ceuta, o con las imágenes de los atentados diarios en Irak. Desaparecen de la atención del espectador porque no hay por ninguna parte discurso político; sólo imágenes cortadas y fragmentadas, como si se hubieran soltado de alguna historia que no parece nunca tomar cuerpo o avanzar].

Si en una de sus películas anteriores, la hermosa In this world, narraba el viaje y las dificultades de unos refugiados afganos por entrar Europa, en Código 46 habla de las dificultades de salir de un territorio y de explorar el afuera descontrolado y caótico, pero también libre y terroso y humano, placeres que, tal como sugiere el final de la película, bien podrían borrarse de nuestra memoria para que no los echáramos de menos.

En este presente de ahora mismo, creo, esa borradura de los placeres del afuera tal vez sea una de las misiones de los medios de comunicación…

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