La serie de televisión Mujeres, (los lunes por la 2, a las 22:30), en cuya producción participa la productora de Pedro Almodóvar, saca a la luz unos cuantos tópicos costumbristas que, curiosamente, parecían ya desterrados de la tele.Es de agradecer, en primer lugar, que los personajes vivan en casas y en barrios que reconocemos como cercanos. La decoración de la casa de la protagonista, por ejemplo, es estridente y familiar, con problemas de espacio, que guarda escasa relación con esas casas de diseño que tanto han abundado en ciertas series en los últimos años.

Igualmente, los trabajos que tienen los personajes principales no son de arquitecto ni de periodista viajero ni de actriz en ciernes; la madre-protagonista tiene una panadería, y mantiene ella sola a su madre y a sus hijas (en una escena veloz, de claro homenaje almodovariano, la protagonista trabaja, limpia la casa y hace la compra para toda la familia, y aun le queda tiempo para dar cariño y ocuparse de sus hijas). Asistimos así a unas vidas muy normales, en las que pasan cosas muy normales, desde los típicos malentendidos entre las distintas edades de mujeres que confluyen en la serie (la gran baza dramática por el momento) hasta la convivencia con los rumores y el qué dirán de la vida de barrio cerrado.

Y lo mejor de todo: se busca que los personajes nos parezcan naturales y cercanos, pero también que algunos de ellos sean irreverentes por directos, por hablar sin tapujos de algo tan común y tan velado como la vida sexual de una viuda o la automedicación contra la depresión tras los cuarenta.

Aunque acaba de empezar, esta serie ya anuncia que el costumbrismo puede también ser un género en el que conviven lo más común y trivial junto con lo más disparatado y esperpéntico.