Uno se encuentra todos los días con el terrible drama de cientos, de miles de inmigrantes que intentan alcanzar las costas españolas y/o europeas a costa de poner en peligro sus vidas. Pasados los primeros días en los que periódicos y televisión explotaron dramáticamente estas noticias, ahora descubrimos que la cobertura informativa poco tiene que ver con la asistencia médica que reciben los inmigrantes, o con los dramas humanos, o con, simplemente, la desesperación que lleva a una persona a embarcarse hacia la ilusión o la muerte. Los medios insisten una y otra vez en que asistimos a una “invasión”, una “avalancha”, o una enorme “amenaza al paraíso”. No hace falta más que revisar los titulares de dichas noticias durante los meses de julio, agosto y septiembre, para constatar que los discursos de los políticos de las últimas semanas venían anunciados desde los distintos medios.Algo habrá tenido que ver entonces esta cobertura mediática, como apuntaba Manuel Rivas hace poco en un artículo, en que la inmigración se convierta en el primer problema o preocupación para los españoles, por delante del paro, la pobreza, la degradación de las ciudades o la educación.

Lo peor de todo, creo, no es ya sólo el tratamiento maniqueo, de alarma social que se ha dado al tema—alarma social que debería producirse, en todo caso, en torno a las condiciones en que llegan los inmigrantes ilegales y la explotación que muchas veces sufren, y no alarma en nuestras ciudades o “paraísos amenazados”, como se dijo de Canarias en un titular—; lo peor es que ha habido prácticamente unanimidad, tanto entre políticos como medios, en desarrollar este tema como problema, amenaza y miedo para el ciudadano español.

Podríamos atribuir esta tendencia de los medios a varias causas, aunque voy aquí a defender un motivo tal vez menos visible, que está en la raíz de una de las funciones básicas de los medios.

Es evidente que podríamos aludir a la función dramática (sería, mejor dicho, un instrumento o un método más que una función), característica prioritaria en la selección y tratamiento de las noticias, por lo que la tragedia humana de decenas de personas que llegan a España en cayucos o en patera sirve (y describo, no juzgo) como tratamiento de choque para el espectador, un modo de atraer su atención y provocarlo. Eso explicaría, sobre todo, la información que sobre este tema se ha dado en la televisión, la cual ha incidido en la llegada de los inmigrantes (imágenes de jóvenes deshidratados y con hipotermia, miradas confusas, la ayuda que ofrece la Cruz Roja), con muy poca información de las causas o del proceso que lleva a los inmigrantes a esta situación.

Por su parte, el valor del consumidor del medio como votante tampoco hay que descartarlo. Desde hace unas semanas, los principales medios siguen con detalle los eslóganes y las palabras de los principales partidos políticos, los cuales luchan por adueñarse de la opinión mayoritaria sobre el tema de la inmigración, y así sumar futuros votos—al principio, el PP simplemente hablaba de la inmigración como “problema”, sin dar más explicaciones . El PSOE recorrió la misma estela al señalar como el gran “problema para España” la llegada de inmigrantes ilegales—. No ha habido, por supuesto, ninguna disonancia mediática ni autocrítica en torno al discurso político que se había dado al tema, salvo casos aislados u opiniones de algunos columnistas.

Creo, aunque pueda sonar arriesgado, que el modo en que tanto medios como discursos políticos se han solapado de manera tan unánime e inflexible obedece, sin embargo, a un motivo más irracional.

Como sabemos, una de las funciones básicas de los medios es servir como una especie de espejo social—un lugar en el cual buscar nuestros valores, nuestras preocupaciones y nuestras aspiraciones como opinión pública—. Dentro de esta función de espejo social, destaca el valor de la nacionalidad, la pertenencia a una nación o un territorio. Ahora bien, en una época en la que la que la economía se ha vuelto veloz y transnacional, en la que cada vez cuesta más diferenciar las calles céntricas de Madrid de las calles céntricas de Londres, el concepto de nacionalidad (tanto en su sentido cultural como territorial) está, cuando menos, en crisis.

[Sí, de acuerdo, éste es un tema muy amplio, y no lo podemos abordar aquí, pero no hay duda de que el desarrollo de la globalización (en muchos aspectos, tanto el económico como el mediático o el cultural) hace más difuso el significado de la pertenencia a cierta nación o país. De hecho, la mayor parte de películas que consumimos, de la ropa que llevamos, de los lugares a los que empezamos a ir de vacaciones y del capital de las mayores empresas españolas es evidentemente… extranjero. ¿O no?]

Así que la pregunta es inevitable, ¿qué papel están jugando y jugarán los medios con este nuevo cambio? ¿Les bastará con recordar los triunfos de aquellos deportistas o científicos o personajes mediáticos nacidos en España? ¿La nación quedará reducida al lugar de nacimiento? ¿Y ya está?

Una posible consecuencia de este cambio o crisis en torno al concepto de nacionalidad puede observarse en el tratamiento mediático en España del tema de la inmigración, del que hemos estado hablando.

Debido a que cada vez sabemos menos lo que somos o lo que queremos ser como opinión pública, la función de espejo social de los medios, paradójicamente, reacciona con agresividad ante el extranjero, cuya irrupción, en definitiva, anuncia un cambio y cuestiona la durante mucho tiempo incuestionable “identidad nacional”. Eso explicaría que los medios, y con ellos los políticos, señalen al enemigo de la “identidad nacional” como al inmigrante, al extranjero, al externo a nuestra cultura. Es más fácil, de esa manera, culpar a algo o a alguien externo de nuestros derroteros o problemas. Es más fácil apelar al mito del “paraíso amenazado” o de la “invasión”. Lo contrario—buscar entre nosotros las razones de nuestros propios problemas económicos o sociales—tiene un coste político demasiado alto. Pero también un coste mediático que los medios no quieren afrontar.

[Para cualquier comentario, os remito al Foro]

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