Recuerdo una tarde en la que fui a escuchar una conferencia de Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, en La Casa Encendida. Ramonet habló de la cobertura informativa de los conflictos bélicos a lo largo del siglo XX, y contó cómo la información sobre la guerra del Vietnam había producido un punto de inflexión en el trato entre los periodistas y el poder. Desde aquella guerra, de la cual muchos generales norteamericanos afirmaron que fue perdida por culpa de los medios de comunicación, el poder intentó controlar y dirigir y vigilar la información emitida y seleccionada acerca de una guerra. Se habló de la guerrra de las Malvinas, por ejemplo; se habló de la guerra de Panamá; se habló, por supuesto, de las dos guerras del Golfo, y en particular de la reciente Guerra de Irak…

Cuando terminó aquella charla, que derivó hacia la inexistencia de las armas de destrucción masiva y las mentiras urdidas por la administración Bush para convencer a la opinión pública de la necesidad urgente de emprender una guerra contra Irak, me marché al metro, y de lejos escuché a una pareja hablando sobre la conferencia.

La chica dijo algo que me pareció terrible y certero. Pese a que se demostró que Bush había mentido acerca de las armas de destrucción masiva, pese a que la opinión pública—o, sobre todo, ciertos sectores mediáticos críticos con Bush—habían afirmado tajantemente que se había incurrido en una ilegalidad, y que se había engañado a la población en las verdaderas intenciones de la guerra, nada grave había ocurrido después. “La verdad no importaba”, dijo la chica. La administración Bush se empeñó en ocultarla, mintiendo acerca de las pruebas contra el gobierno de Irak. Pero cuando estas mentiras se descubren, nada cambia, ningún político es destituido, no existe crisis de gobierno alguna. La verdad, al final, había resultado inefectiva o inoperante o simplemente inútil para cambiar un ápice el poder del gobierno de Bush…

El poder, me atrevo a concluir, se hace aún más fuerte cuando descubre que su legitimación es tal que la verdad no daña su imagen, cuando es capaz de transformar la verdad en un artilugio o una estrategia más, que se puede usar y desmontar para cualquier discurso.

La verdad pierde pie y realidad engullida por un tropel de relatos que se presentan como irrefutables… No sorprende entonces que asistamos atónitos a una lucha de medios por desentrañar algo que unos llaman trama secreta y otros conspiración en torno a los atentados del 11-M: ¿no es la consecuencia de unos medios que manejan y juegan con la verdad como si fuera un guión de serie televisiva?

 

[Para saber más sobre los desvíos y manipulaciones del 11-M, os remito a la página Multitudes online, en el que aparecen varios capítulos del libro 13-M, (coordinador, Víctor Sampedro), donde se analiza el papel que tuvieron los movimientos sociales en el derrotero de los días posteriores al 11-M, fuera de la dirección que intentaron imponer medios y políticos.]