Alguien llama a la puerta. Crees que son tus hijos, que vuelven de la escuela, y abres confiado. Allí delante hay un cartero con un paquete para ti. Lo despides, entras en la habitación, compruebas que el contenido del paquete es lo que habías pedido, y vuelves a tus cosas: tocas el piano, o riegas las plantas, o preparas las clases de informática de mañana. Poco después, suena de nuevo el timbre de la puerta. Abres y te encuentras con un policia, con una sonrisa espléndida y una orden de registro en la mano. Estás confundido y no entiendes muy bien lo que te comenta, soy la misma persona de antes, sólo me he cambiado de ropa, no sabes lo que quieren, pero ellos sí, ellos tienen muy claro a quien acaban de detener. Lo ves en un fogonazo: han seguido la pista de la revista que habías pedido por correo. Es cuestión de horas que encuentren todo el material que guardas en casa, detrás del piano, y que comiencen a interrogarte y a atar cabos. Te preguntan por las clases privadas de informática que das en casa…Éste fue el principio de la caída de Arnold Friedman, un padre ejemplar, casado y con tres hijos, profesor de un prestigioso college del Estado de Nueva York, quien a finales de los ochenta se enfrentó a uno de los juicios más sonados de la historia judicial estadounidense. Arnold fue inculpado de más de trescientos cargos de abuso sexual, tras haber sido acusado de sodomizar y violar a varios adolescentes que acudían a sus clases privadas de informática. Jesse, uno de sus hijos, quien ayudaba a su padre en las clases privadas, también fue acusado, juzgado y condenado por cargos similares. Hasta aquí los hechos o el resumen torpe del caso Friedman.

Muchos años después, el director de documentales Andrew Jarecki, en el proceso de preparar una película sobre payasos profesionales, entrevista a David Friedman, otro de los hijos de Arnold, que trabajaba en Nueva York como animador de fiestas. David le esboza supercialmente su pasado y su vida, sin entrar en detalles acerca de su familia; no obstante, según Andrew vaya ganándose su confianza, David irá contándole detalles mucho más precisos y puntuales de sus recuerdos, hasta llegar a su tragedia personal, al juicio por el cual su padre y su hermano fueron condenados.En ese momento, Andrew Jarecki ya ha decidido cambiar el tema de su película y filmar una acerca del caso Friedman. El resultado es Capturing the Friedmans, un documental estremecedor y lúcido–el título juega con los significados de “capturing”, capturar, atrapar en un sentido policial, pero también en uno informativo–, que ha recibido numerosos premios como el Gran Premio del Jurado, del Festival de Sundance, una nominación al Óscar o el Primer Premio en el festival de documentales Documenta Madrid.

Durante meses, el director Andrew Jarecki entrevistó a los protagonistas del caso, a los policías e investigadores, a los abogados de la defensa, a varios ex-alumnos de las clases privadas de informática y, en particular, a la familia de los Friedman, con el fin de hacer un documental que, en poco más de hora y media, habla, más que del proceso judicial, de los efectos devastadores que tuvo el caso sobre los Friedman. Andrew Jarecki consigue con sutilidad mostrarnos la bondad y crueldad de unos y otros.El director utiliza, además, un recurso inestimable, que le llega caído del cielo: David Friedman era un entusiasta videoaficionado y, durante los meses bajo fianza de Arnold y Jesse, antes de ir a juicio, grabó en decenas de cintas los últimos días que compartió con su familia, antes de que el encarcelamiento de Arnold y Jesse la cortara de un tajo. El director recibió todo aquel material en bruto y seleccionó escenas del proceso de disolución de la familia Friedman, en los que el dolor y el resentimiento no puede mantenerlos unidos, pero también aquellas secuencias donde se cuela el amor y la complicidad que existía entre los hermanos y su padre… De esa manera nos volvemos espectadores de la intimidad de personas de carne y hueso, que afrontan su destino con humillación, rencor y miedo, y que nada tienen que ver con los estereotipos o peleles de columnas de crónica negra,. Quizá sea ése uno de los temas fundamentales de este documental: el miedo a perderlo todo y a ser borrado por la mirada ciega y torva de unos medios de comunicación que nada saben de víctimas reales.

Andrew Jarecki ha creado, por esa razón, una película necesaria e imprenscindible. Por medio de una narración ágil y trabada, constituida en su mayor parte de las entrevistas a los implicados en el caso, Andrew encaja diversas piezas de un puzzle delictivo y emocional para el que no hay respuestas precisas ni concluyentes. El espectador asiste a voces que en un principio parecen convincentes y argumentadas, pero que, posteriormente, se revelan dubitativas y contradictorias, llenas de datos imprecisos. El propósito de la película no es descubrirnos quiénes fueron los culpables del caso Friedman, como en un episodio de una teleserie de investigación, sino más bien invadirnos de dudas, cuestionarnos el retrato simplón y maniqueo que solemos imaginar de los culpables y sus perseguidores. De hecho, el epílogo de Capturing the Friedmans, montado con la emocionante música de Andrea Morricone, corrobora el sentimiento que se extiende a lo largo del filme: más importante que enseñar al culpable es enseñar a la persona.

[El ejemplo inverso y manipulado de este hecho serían las torturas y abusos a presos en la cárcel iraquí de Abu Ghraib. En este caso vemos en los medios informativos decenas de fotos de abusos y torturas, con los correspondientes testimonios de los soldados norteamericanos que los cometieron; en ningún momento escuchamos o asistimos al testimonio de las víctimas, cuyas caras han sido borradas o tapadas bajo bolsas de plástico, como si anular la identidad concreta de la víctima hiciera menos vergonzosa la tortura…]

Resta señalar un último aspecto: el éxito inusitado que ha tenido la película en Estados Unidos, convirtiéndose en el documental con más espectadores del cine norteamericano después de la ácida Bowling for Columbine. Algo debe de estar pasando en la sociedad norteamericana cuando, de pronto, películas críticas y aparentemente minoritarias destacan por sus éxito. Quizá simplemente sea el resurgir del género del documental; quizá, la calidad de los documentales comentados. Sin embargo, puede que encontremos alguna explicación en esa inmensa sima que parece abrirse desmesuradamente entre la realidad diaria, la de las barriadas periféricas y gigantes, y la realidad televisada. Como un bicho raro que se abre paso dentro de la industria cinematográfica, el éxito reciente del documental demuestra que existe un público que quiere rastrear las carencias y los olvidos de las noticias de los medios de masas. Capturing the Friedmans apela a ese público.

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