Hace unas semanas, The Economist publicaba un extenso artículo y un editorial titulado “Who killed the newspaper?”, que servía a su vez de portada(The Economist, 26 agosto-1 septiembre 2006). En él se reflexionaba sobre la evolución y el futuro del periódico impreso, así como acerca de sus perspectivas de negocio.

Se aventuran, sobre todo, dos posibles caminos: un periódico cada vez más especializado, centrado en la investigación y en el análisis, dirigido sobre todo a un sector de la población que estaría dispuesto a seguir pagando por una información de calidad; y otro tipo de periódico más cercano al entretenimiento y al relato dramático—el tabloide o la prensa amarilla, por ejemplo—cuya rentabilidad se hallaría sobre todo en una publicidad ávida de un público masivo y heterogéneo. Esta segunda opción hacia el que puede encaminarse el periodismo tradicional—y que, sin duda, gran parte del periodismo televisivo hace tiempo que ha escogido—provoca varias preguntas inquietantes.

Primero, si el periodismo debe recordar, ante todo, que nace y se desarrolla en el marco de una empresa privada, cuyo objetivo es el beneficio anual de sus accionistas, ¿podemos considerar este contexto o marco económico dañino para los postulados del periodismo?

Segundo, si la sección de Internacional o de Política Nacional de muchos periódicos tiene poco interés para la amplia mayoría de los lectores, tal como afirma el estudio publicado en The Economist, ¿debería prescindirse de ellas y sustituirse por Hogar o Salud, por ejemplo? Si los periódicos que buscan funcionar como cuarto poder, y, por tanto, como vigilantes de los poderes políticos—aunque esto en muchas ocasiones quede reducido a un simple valor simbólico—dejaran de venderse, ¿debe el periodismo prescindir de dicha marca de identidad?

Y tercero, ¿estamos seguros de que el periodismo de entretenimiento proporciona “información”, si es que ya sabemos lo que dicha palabra significa? No hay duda de que el caso de Natascha, la chica austriaca secuestrada durante ocho años (véase El País), es información en su valor narrativo: relato dramático que habla de valores morales de una sociedad. Ahora bien, ¿debe este tipo de información desplazar otros contenidos más analíticos o globales?

Así que volvemos a la primera pregunta: dentro del marco de una empresa privada, por supuesto que sí. El objetivo es el crecimiento, la rentabilidad, el aumento en la facturación, y por ello queda más que justificado el uso del relato dramático. Queda por ver cómo esos supuestos contenidos analíticos o globales (como la denominada sección de Internacional o la sección de Nacional) no se basan igualmente en acontecimientos dramáticos o que apelan a la forma del corte abrupto o la ruptura.